Las epístolas recibidas iban siendo de lo más variadas y por otro lado interesantes y gratificantes. Amigos que se interesaban por mi salud mental, amigos lejanos de allá, amigos de la infancia que me habían encontrado por diversos medios, algún lector y un largo etc.
Una de ellas es la que me llevó a salir de mi caverna para poder saludar en persona y felicitar a Antón Castro por su maravilloso nuevo libro de relatos. Esa mezcla entre realidad y ficción. Sueños y viajes. Cierzo y viento del Atlántico en sus: ?Fotografías veladas?.
La especie de maldición cibernética que me persigue con Ángel Petisme con el que tengo el placer hasta de compartir Editorial pero no hay manera de vernos la cara si no es en una foto.
Tambien comencé a mantener relación epistolar con una persona anónima, pero con la pasión común por las letras. Estas epístolas fueron cada vez más interesantes y fueron creciendo en número y cantidad. Alguien que me pareció especial, con un talento innato aunque desconocido por ella misma y a la que si podía brindar aunque fuera el mínimo apoyo, no sólo no me importaba, sino que me parecía lo más loable que podía hacer.
Más epístolas. Un día como una sorpresa inesperada y más que grata recibí una de Fernando Iwasaki. Escritor al que admiro por su inteligente sentido del humor, (no me importa los que critican la frase: ?sentido del humor inteligente?) su ironía, su maravillosa manera de mezclar esos insondables conocimientos históricos que posee con el día a día. Y su más que demostrado talento. A esa primera épistola de Fernando y para mi sorpresa número dos, llovieron más, que nos llevó a un entrañable y maravilloso intercambio de libros. En mi caso mi única novela publicada, que sólo pude aderezar con el dvd de su banda original particular e imágenes, y por su parte con dos obras geniales: ?Libro de mal amor? y ?El descubrimiento de España?.
Entre letras y páginas que discurrían no siempre certeras y acertadas de mi novela, también seguían las epístolas con esta persona anónima. Ayer me encontré una suya, y no me pregunten por qué, eran unas líneas cargadas de amenazas de todo tipo, insultos, graves acusaciones, que acababan en algo tan dañino y barato de utilizar como que he vendido la enfermedad, la agonía de 21 meses que sufrió mi padre hasta que murió en el submercado editorial. Que no me importó, que ni siquiera lo he sufrido, que sólo me ha servido para poder airearlo a los cuatro vientos.
Vientos que en direcciones erroneas y absurdas recorren las mentes del que quiere hacer daño y no puede. Al menos no con él. Está por encima de subproductos venidos vete a saber de dónde.
Una no puede evitar tener que sentarse, aunque ya lo esté, a reflexionar que realmente esto de las epístolas por Internet tiene algo de surrealista. Te puede proporcionar el placer y la suerte de contactar en un segundo con gente tan grande como Antón, Iwasaki, o ese amigo de la infancia que nunca olvidaste y jamás habrías encontrado, pero también con estos subproductos que como garrapatas se pegan entre la gente. Estamos curados de espantos, al menos yo, que mantengo ese límite que nunca hay que perder entre realidad y ficción. Internet y carne y hueso. Pero están ahí agazapados, no podemos engañarnos.
Y releyendo todas las epístolas maravillosas recibidas los últimos meses y borradas las absurdas, me pregunto qué no habrán recibido tanto grande que hay suelto por el mundo y que abre sus puertas como me las abren a mí, que en el fondo no dejo de ser también una simple desconocida.
Sigo sentada y con más preguntas aún. Qué fue de los cafés, de la cervecita, de las mesas donde te podías mirar a los ojos y en dos patadas ver a quién tenías sentado enfrente.
Porque esto de Internet a veces me hace pensar que viene a ser como los CDS y los vinilos. Hemos avanzado, o en el fondo habremos retrocedido?