Por Enrique Ballester el 03-Jul-2010 |
Foto 0 en España alcanza las semifinales (1-0): pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
Gerard Piqué es un central alto y jerárquico que aglutina un catálogo de virtudes. Es más veloz de lo que aparenta, poderoso en el juego aéreo, clarividente en la salida e instintivo como delantero ante la portería contraria. Pero, además, tiene un don todavía más valioso y particular. Piqué está iluminado. Sus errores nunca, o rara vez, terminan en catástrofe. Recuerden su debut internacional frente a Inglaterra, cuando derribó al poco del comienzo a un rival que encaraba a Casillas. No fue expulsión, porque el asistente levantó el banderín, inventándose un fuera de juego. Recuerden, también, la noche de Stamford Bridge, histórica por el gol de Iniesta, y no por el destrozo de Drogba en punta, rescatado Piqué por Valdés, a veces, y por el colegiado noruego, otras. En todas las piruetas posibles, resumiendo, en partidos clave para la carrera de un futbolista, a Piqué le acompaña la buena estrella de los elegidos. Por eso, hace un rato, en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica, cuando agarró en el área a Cardozo, con torpe e insistente descaro, hasta que el colegiado señaló los once metros, nadie perdió la calma excepto el propio Cardozo, que en octavos había marcado sobrado de clase y tranquilidad el penalti definitivo. Ante Casillas, el paraguayo golpeó duro pero apenas orillado, y el portero atrapó el Jabulani. Iker, tirándose a su izquierda, cumplió con el ángel de Piqué, salvado, apareció por fin en el torneo y mantuvo a España en un partido que nació tenso y pesado, se desbloqueó con la entrada de Cesc y los penalties que la siguieron, y se decidió gracias a un solitario y agónico gol de David Villa, siempre al quite, matador, disparado hacia el “pichichi” del campeonato.
Fue una España chata, sin aristas, una versión menor de la selección la que compareció en Johannesburgo ante Paraguay. Especialmente en un primer tiempo olvidable, no tuvo ni velocidad en la circulación, ni arranques de ingenio, ni soluciones en el uno contra uno. El partido avanzó a ritmo sostenido, por inercia. Los de Del Bosque no tiraron entre los tres palos hasta pasado el descanso, y los de Martino, que avisaron en el minuto 1 con un saque de banda que culminó Santana desde la frontal, no supieron más, o se conformaron, con desactivar al rival, ordenados en la presión, y sin errores en la zaga. En uno de los escasos estirones, Valdez encontró la red cerca del intermedio tras controlar un balón cruzado, pero la acción fue anulada por fuera de juego previo de Cardozo.
Y es que la línea entre el éxito y fracaso anduvo más caprichosa que nunca. En el 55, entró Cesc por un Torres mediocre, y los acontecimientos se precipitaron de modo increíble. En el 56, Sergio Ramos concedió un córner. En el 57, Piqué cometió penalti, por agarrón a Cardozo. En el 58, Casillas detuvo el lanzamiento del paraguayo. En el 59, un pase profundo de Xabi Alonso habilitó a Villa en el área, donde forcejeó con Alcaraz para cobrar la pena máxima. En el 60, en el minuto más largo, marcó Xabi Alonso, pero el árbitro ordenó repetir. A la segunda, Villar frustró a Alonso, y Cesc cazó el rechace, siendo derribado con estrépito por el portero, negándole a Ramos el gol una pierna bajo el arco. La acción terminó en córner, tal y como empezó todo, con cero a cero, en cinco minutos para el recuerdo.
El resultado no se movió, pero ningún corazón regresó ya a su sitio. El juego no podía ser igual después de tremenda sacudida al caparazón emocional de los equipos, y no lo fue. En el punto de incertidumbre, España dio el paso al frente que la situación requería y en el alambre, no le quemaron las riendas. Pedro sentó a Xabi Alonso, y el premio llegó en el minuto 81. Cesc, Xavi e Iniesta mezclaron con entendimiento natural en la medular, hasta que el manchego rompió la jugada, modélico en el cambio de ritmo, la conducción y el pase filtrado a Pedro, que disparó raso, a la madera. Villa, al acecho, recogió el balón en área pequeña, sin portero, lo domó y se acomodó para la diestra. No sin suspense, el poste izquierdo dijo no, y el poste derecho dijo sí. Fue gol, la carambola más bella de una noche sin lírica. Al límite, Casillas salvó la penúltima con una doble intervención ante Lucas Barrios y Santacruz, y Sergio Ramos la última, dejándose partir la cara de un botazo, tras despejar valiente la pelota.
Llegó el final y la turba del banquillo, con Reina a la cabeza, corrió para abrazar a Iker Casillas. Es el portero titular, y el capitán, y desde lejos se ve que no estaban siendo unas semanas cómodas para él, bordeando el error definitivo, forzado en sus gestos, instalado en la urgencia en cada una de sus actuaciones. Casillas, como los más grandes, apareció en el torneo justo cuando se le necesitó de veras. Atajó el penalti a Cardozo, clave, escribiendo un nuevo capítulo de su leyenda y acentuando su rol de líder en un grupo en el que todos bracean, ni una mala palabra de los orillados, monumentales las aportaciones del banquillo, unidos hacia el objetivo común.
A esto, a todo esto, lo bueno y lo malo, lo brillante y lo mate, debe ser lo que llaman competir.
foto:fifa.com
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