Por Miguel Gutiérrez el 08-Jun-2008 |
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¿Podemos?
Por enésima vez, la Selección comparece en un gran torneo rodeada por una mezcla de euforia y fatalismo. Dos Españas, la forofa y la resabiada, que se asoman con similar curiosidad a una Eurocopa que les brinda de nuevo la oportunidad de invertir el signo de su historia.
Se dice que España siempre cae en cuartos, pero en las dos últimas citas ni siquiera fue así. En Portugal 2004, con un grupo muy similar al de este año (otra vez Rusia y Grecia), el equipo de Iñaki Sáez se estrelló en la primera fase. En Alemania 2006, ya con Luis Aragonés, cayó en octavos ante Francia. Aquel duelo sirvió para desnudar algunas carencias históricas; por ejemplo, la falta de oficio y de músculo.
España parte en desventaja en eso que su entrenador, de forma cansina, denomina “condición física de base”. Sirva un dato: es la selección más bajita de las 16 que disputarán el torneo, y la única cuya media no alcanza el 1,80. Históricamente, ha contado con jugadores buenos pero poco acostumbrados a marcar la diferencia en sus clubes. Aragonés cuenta ahora con dos futbolistas que, en tiempo récord, se han convertido en la referencia de dos equipos punteros en Europa. Sin embargo, por algún extraño motivo, a Cesc y Fernando Torres el rojo de Arsenal y Liverpool les sienta mejor que el de la Selección. Como falta de actitud no parece, se supone que algo tendrá que ver el seleccionador.
Apagados ya los debates sobre Raúl y Guti, conocida la renuncia de Bojan, en la convocatoria no se echan de menos grandes apellidos. Sí falta algún especialista de banda, más aún si el plan consiste en adueñarse de la pelota y hacer que el contrario recule. Tampoco hay abundancia en la delantera: Villa, Torres y Güiza. Punto. En cambio, Luis ha convocado hasta tres mediocentros para guardar las espaldas a Xavi, Silva e Iniesta, los tres centrocampistas que amenazan con relegar al banquillo a Cesc.
A falta de músculo, España se agarra a lo que mejor sabe hacer: tocar, tocar y tocar. Y a veces, toca tanto que se olvida de que al fútbol se juega con porterías. Resulta a menudo superficial y previsible. Se echa de menos profundidad, intensidad, remate. Instinto asesino. Si a su gusto por la pelota consigue unir la necesaria mentalidad ganadora, España podrá firmar un buen papel con el que enterrar sus traumas. De lo contrario, se ahogará en la autocomplacencia de su estilo y nos obligará a entonar, como cada dos veranos, el ya clásico “jugamos como nunca, perdimos como siempre”.
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