Por Pol Gustems el 21-Aug-2011 |
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Apareció Samir Nasri en el once en una posición de privilegio. La mediapunta. La manija del partido a su disposición. Era la forma que tenía Arsène Wenger, el técnico de la Premier League que puede repartir menos responsabilidades entre sus jugadores, de pedir un año más. Una súplica a un futbolista con las maletas hechas, destino Manchester, ciudad del éxito y del dinero. Una súplica tentadora, ofreciéndole galones y posición. También divertimento. Le espera un carril en el City, donde se pueden ganar muchas cosas, pero se juega poco. La escena bien puede representar que la negociación con el Manchester City no fructifica, que el príncipe marsellés será un gunner más en la presente temporada. Sin embargo, la experiencia de los casos anteriores invita a pensar justo lo contrario. Antes o después, los grandes jugadores del Arsenal que han mostrado intención de salir, se han marchado.
Cesc Fábregas, el último en tomar la salida, dijo a su llegada a Barcelona que se tenía una imagen equivocada de la personalidad de Wenger. Más allá del papel de enemigo público en quien algunos le quisieron convertir, había una sensación común. Una imagen de solitud. Cesc Fábregas quería irse, Wenger respondía. Otra portada, nuevas declaraciones del técnico. Un movimiento más, ¡Cesc está cerca!, rueda de prensa de Wenger. No hay nadie más en el club gunner que haya asumido un rol de fortaleza. Ni en la directiva, ni en la plantilla. Únicamente Jack Wilshere, a través de las redes sociales, se atrevió a cuestionar la voluntad de Fábregas. Wilshere es un joven centrocampista de 19 años que lleva diez en el club del norte de Londres y que tiene más carácter que el resto de la plantilla junta. ¿Quién más podría asumir una posición de fuerza? ¿Arshavin? Nasri, el segundo en importancia tras Fábregas, también se moría por largarse. Se me ocurre Robin Van Persie, nuevo capitán, pero no un líder capaz de asumir ese peso. Esas cosas se intuyen dentro del terreno de juego. Aún cuando el holandés está en racha goleadora no participa todo lo que debiera.
Pongamos una situación parecida en Liverpool, Chelsea o Manchester United. En su momento, varios de los mejores futbolistas de estos clubes han estado cerca de marcharse. Gerrard, Lampard, o Rooney, este último el año pasado. Da la casualidad que los tres son ingleses, pero este es un tema al que iremos más adelante. Cambiemos por Torres, Drogba o Vidic. En un momento dado, han tenido grandes ofertas para salir del club. Aunque es posible que el traspaso se llegue a producir -el de Torres finalmente se hizo-, hay muchas menos posibilidades de que eso suceda. En parte, porque un Jamie Charragher, un John Terry, o un dúo aterrador Ferdinand-Ferguson, acompañados lujosamente por el entorno del club -exjugadores, por ejemplo Kenny Dalglish en su día-, les han cogido por la oreja, hablado las maravillas del club al que representan y efectuado una presión vital. En el Arsenal eso no existe. El futbolista con más ascendencia, el capitán, estaba a disgusto porque soñaba con Barcelona. Que le va a decir este futbolista a otra estrella que quiere irse. ¿Qué afortunado? El jugador con más años en el club, Gaël Clichy, ha fichado por el Manchester City. Incluso titulares mediocres han dado el paso con sencillez.
Arsène Wenger llegó al Arsenal en 1996. Le querían en verano, pero no se incorporó hasta el día 1 de octubre, pues esa era la fecha en la que vencía su contrato con el Grampus Eight de Nagayo, el equipo japonés al que entrenaba. Full commitment. El técnico alsaciano ha luchado porque sus jugadores también mostraran ese compromiso. Primero con éxito. Si querían llevarse a las perlas había que pagar por ellas. Así cayó el Barcelona, una y otra vez, soltando morterada por Overmars y Petit. Más tarde, con la puerta de salida entreabierta, ni una oposición implacable de Wenger ha conseguido que Fábregas, Kolo Touré, Adebayor, Hleb, Flamini, Reyes, Henry, Ashley Cole y un largo etcétera, se quedaran en el club en su etapa de madurez.
Wenger se ha quedado solo en su búsqueda del compromiso total. No tiene aliados, ni parece que la dirección ejecutiva del Arsenal esté descontenta con tanto ingreso por traspaso. El Emirates Stadium, inaugurado en julio de 2006, ha servido de excusa -convincente- para no gastar todo lo recibido. El técnico está acompañado por unos pupilos que le agradecen la oportunidad, pero no le juran amor eterno. Si el entorno de club se pronuncia, generalmente lo hace desde una perspectiva crítica. Como ayer George Graham en la BBC.
Graham fue un gran delantero centro del Arsenal de finales de los sesenta, protagonista del histórico doblete de la temporada 1970-1971. Más tarde también entrenó al club, y unos años después se sentaría en el banquillo del Tottenham, el máximo rival. ¿Qué le pasa al Arsenal, que incluso estas figuras tienen una lealtad cuestionable? El último peso pesado en el central, Sol Campbell, fichado de los Spurs, se comprometió por dinero a la causa gunner. No será porque su afición no sea desesperadamente incondicional. Fiebre en las gradas. Alta fidelidad. Lo escribió Nick Hornby.
La crítica de Graham se refería a los fichajes. Quiere ingleses. Quiere futbolistas consolidados. En definitiva, quiere futbolistas ingleses consolidados. Y es en ese punto donde el solitario Wenger ha errado el tiro. Con Graham el Arsenal jugaba a otra cosa, un equipo antipático, batallador, que concedía pocos goles y que ganó dos ligas, 1988-1989 y 1990-1991. En esa etapa el emblema del equipo era un joven central de 20 años, nacido en Romford, durísimo y alcohólico, llamado Tony Adams. Hornby describe la antipatía que generaba esa plantilla al resto de Inglaterra. ?Ian Wright escupió una vez a los seguidores del Oldham, el lateral Winterburn se enzarzó en una pelea con un fan, las borracheras de Adams eran continuas??
La llegada de Arsène Wenger, en 1996, cambia por completo la filosofía del club. En el juego, también en las contrataciones. Los primeros seis años son mágicos, con la temporada de los invencibles, la 2003-2004, campeón de la Premier League sin perder ningún partido, un fútbol atractivo, combinación perfecta entre elaboración y verticalidad. En esa plantilla había dos titulares ingleses, Sol Campbell y Ashley Cole. Diez en plantilla, una cifra que se ha mantenido más o menos equilibrada hasta la temporada actual. Seis, tres de ellos titulares: Walcott, Wilshere y Gibbs. Son los futbolistas a los que se les puede suponer mayor implicación. No cambia mucho el número, sí la edad. No es problema de número de ingleses, sinó de carnet de identidad. En esta última etapa, el Arsenal es un equipo de jóvenes simpáticos con una apuesta por el fútbol aseado, pero que nunca gana un trofeo.
La juventud es una virtud, pero también un problema si la goza la totalidad de la plantilla. Los veteranos: Arshavin (31), Rosicky (31), Squillaci (32), no son piezas angulares. El Arsenal tampoco tiene al mejor futbolista del momento, como tenía anteriormente a Thierry Henry, capaz de arrastrar a otros jugadores. Seguramente un vestuario de jóvenes es más fácil de gobernar que uno con grandes egos, jugadores parte del escudo. Estos últimos años Wenger ha hecho una apuesta clara por lo primero. Ha jugado maravilloso. Pero en el momento de asegurar un once, ha perdido sus jugadores más valiosos temporada tras temporada. En parte porque no cuenta con un núcleo duro. Tan angustioso y difícil de llevar en los malos momentos como necesario en este tipo de situaciones.
El compromiso se construye, ficharlo es caro. Lo ha hecho el Liverpool con Charlie Adam, Andy Carroll y Jordan Henderson. Se dice que es inaccesible para el Arsenal competir en la puja, pues la situación financiera no es la más agradable, pero en cambio han invertido 15 millones de libras por Alex Oxlade-Chamberlain, un extremo de 18 años que jugaba en el Southampton, en segunda división. Lo que ha intentado Wenger es dar todas las facilidades a sus apuestas para crecer y construir futbolistas de primer nivel. Su problema es que una vez maduros le han dejado. El último puede ser Nasri. Se ha llegado a un punto donde la voluntad del Arsenal es la de alargar la estancia de sus estrellas una temporada, no para siempre. Un año más, a ver si este ganamos. El compromiso se corta con las ventas.
Ayer, con tres jugadores sancionados y seis lesionados, el Arsenal perdió en el Emirates ante el Liverpool (0-2). Los gunners fueron inferiores en el global del partido, y además les acompañó la mala fortuna habitual, en forma de un cómico primer gol protagonizado por Ignasi Miquel y Aaron Ramsey. El futuro obligado a rendir en el presente. El enésimo intento de Wenger de construir, desde la base, un núcleo de primer nivel. Mientras tanto, los que ya ha se han formado se cansan de esperar a los de abajo. Esta temporada el equilibrio y los trofeos parecen más lejanos que nunca. El full commitment en construcción, una vez más.
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