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Literatura, Arte, Cuba y todo lo demás... Blog de Lien Carrazana Lau
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Visitar 'Habana light', para fumadores 'Habana light', para fumadores en General
Por La china fuera de la CAJA
el 26-Sep-2009

Llevo días bloqueada. No puedo escribir. Corren muchas ideas por mi cabeza, parrafadas enteras que jamás escribo, que no sé si vaya a escribir. Quizá no vale la pena. ¿O sí?

Me gustaría contar tantas cosas, hablar de lo que nos cuesta contar, de eso que escondemos por pudor, por tristeza, por costumbre. Pero ahora mismo las palabras están entrecruzadas, mudas, y yo me dejo caer frente a la tele como una más, me fumo par de cigarros al día y duermo para que pase el tiempo. Hasta el próximo amanecer que tenga ganas de escribir.

Mientras les dejo con un cuento viejo, light y presumo que nada satisfactorio. (Ah, y la mea culpa correspondiente: Fumar es malo muchachos, no repetir en casa.)

Habana light*

Empeñarse en curar a alguien de un "vicio", de lo más profundo que posee, es atentar contra su ser. Y así lo considera él mismo, puesto que nunca nos perdonará que hayamos pretendido que se destruya a nuestra manera y no a la suya.

Desgarradura. E. M. Cioran.

La primera vez que me llevé un cigarro a los labios tenía 12 años. Indira le robó dos cigarros de la bodega a su abuela y los transportó camuflados entre los lápices de la escuela. Los encendimos en el comedor de mi casa. Estábamos solas y tosíamos expulsando humo por la nariz y la boca. Los cabos delatores los envolvimos en una hoja de libreta y los lanzamos al techo.

Fumamos así por un tiempo, escondidas de todos, robándole los cigarros a cualquiera. A veces embarrábamos los pitillos con mentol chino para que fueran mentolados, jugábamos a que éramos chicas sexys en motocicleta, estrellas de cine, cantantes famosas; a que éramos como la gente grande. Ocultábamos la peste del tabaco roseando perfume en el aire.

En la secundaria fumaba algún cigarro que le pedía a cualquier muchacho en una fiesta ?sobre todo a alguno que me gustase?. Veía sexy el acto de empinar el cigarrillo, mirarle a los ojos y decir: have you got a light? La frase era hipnotizante, pocas chicas sabían inglés en esa época. El muchacho en cuestión me daba lumbre y yo absorbía profundamente para luego soltar el humo sobre su cara ?eso lo había visto en muchas películas?; después le ofrecía el cigarrillo marcado con mi lápiz labial. Era un método infalible. Gracias al cigarro siempre fui muy popular entre el sexo masculino.

Parecer mayor de la edad que en realidad tenía era también una suerte, podía comprar cigarros en cualquier cafetería sin que el dependiente me mirara atravesado. Los compraba sueltos con las monedas que me sobraban de la remesa de mis padres. Fumaba escondida de ellos, en la beca, las fiestas, los campismos. En el preuniversitario fumar me ayudó a concentrarme para las pruebas en las largas madrugadas de autoestudio. Me relajaba cuando estaba estresada por las notas, los amores, la incomodidad de los albergues, el deseo de escaparme de todo, de estar en mi casa, cómoda, protegida, mimada. El cigarro era mi compañero para extrañar juntos las calles de mi barrio de Santo Suárez, la ciudad vista desde la loma del Burro como un mapa que se podía recatalogar. El cigarro era mi escondite, cuando la situación se tornaba límite y ser un individuo social era más complejo que las matemáticas, el cigarro me daba fuerzas, me ayudaba a aguantar el peso de los días, me decía con su coleta de humo: Don't give up.

En las vacaciones de 11no grado mi madre me descubrió fumando en el baño. Lancé inútilmente el cigarrillo por el inodoro, el humo me delató. Se pusieron histéricos. En mi casa nadie fuma, mis padres son médicos y combaten el tabaquismo con una obsesión desmedida que va más allá de lo normal. Aunque sospecho que tiene algo que ver con mi abuelo paterno, del que nadie habla jamás aunque su foto, llevando un habano entre los dedos, está en uno de los estantes de la casa.

El día que me atraparon fumando, mi padre, que era muy ético en su consultorio, no se acordó de la labor preventiva y me entró a cintazos. Estuve castigada por días. No me dejaban salir con mis amigos. No me daban dinero.

Cuando la barricada cesó comencé a pedirle cigarros a todo el mundo, a fumar sin parar, a encender uno con el cabo del anterior. Cuando no conseguía cigarros enteros empataba los cabos o los destripaba para torcerlos con papel de arroz, hasta fumé picadura en una pipa que me regaló un amigo. Si no tenía a quien quitarle cigarros vendía algo, un libro, ropa, cuando no tenía qué vender, pedía dinero prestado a mis abuelos maternos, les mentía diciendo que era para comprar libretas escolares. Cuando no tenía a quien pedir dinero me buscaba novios fumadores; quería intoxicarme de nicotina, rebelarme contra el dogma paterno. Mi mayor victoria fue cumplir la mayoría de edad, les comuniqué que ya no aceptaría reprimendas sobre mi hábito.

Fumé libremente bajo la mirada inquisitiva de mis padres, cuya única condición fue que no fumase cerca de ellos. Lo acepté por creerlo razonable, además ya era libre, no tenía que esconderme como una bandida para saborear el café de la mañana junto al humito de mi popular.

La época universitaria fue el paraíso de la emancipación: fumarse el universo en una madrugada, fumarse el amor, la soledad, el sexo, la juventud. Fumar hasta desdibujar La Habana con tanto humo. Con la solvencia de mi primer empleo como traductora cambie del rompepecho al popular con filtro. Me agradaba morder levemente el corcho para encenderlo, el toque amarillo en los labios era más cool para mi imagen.

Fumando conocí a Néstor. Ambos nos resguardábamos de un aguacero en los portales de la Plaza de Armas. Él se acercó a pedirme fósforos. Le presté mi mechero y encendió un cigarro blanco, alcancé a ver la caja, azul, Hollywood light. A la gente que fuma se le ve en el rostro, me dijo devolviéndome el mechero. ¿Sí? ¿Entonces tengo en la cara pintado un cigarro?, le dije en broma. No, tienes en la cara pintada la nostalgia. Luego nos quedamos callados mirando la lluvia. Saqué un cigarrillo y lo encendí. Esa manera de tomar el cigarro y olfatearlo levemente antes de llevártelo a la boca, ese modo de encender e inhalar profundo como si quisieras absorber el paisaje, los árboles, los adoquines, luego el gesto de separarlo de los labios, mirar anonadada el cielo, la lluvia y expulsar la ciudad transformada en humo? eso se llama paladear la nostalgia, me dijo y me quedé atontada, mirándolo sin decir nada. Sólo volví a inhalar. Ahí vas de nuevo, eres de un apetito voraz, ahora intentas tragarte a este tonto que te interrumpe mientras tú disfrutas del placer individual de la levedad. No, no, si es muy bonito lo que me has dicho, dije apenada de que se notase que me había dejado en China. Es muy lindo de veras, y sonreí. Minutos más tarde saboreábamos un café en una cafetería; un mes después me mudé con él.

Néstor vivía solo en un penthouse de un viejo edificio frente al malecón. Su ex mujer se fue a un congreso de escritores en Bucarest y nunca regresó. Él llevaba casi un año de ostracismo en aquella azotea hasta que por algún extraño motivo se enamoró de mí. La motivación pudo ser mi trasero bien dibujado por el ajustado jean a la cadera que llevaba puesto aquella tarde, o el escote de la blusa, o que mi rostro achinado le recordara a la perra que lo dejó en La Habana con un armario lleno de vestidos, un montón de poemas dedicados a él y el gusto por los cigarros suaves que ella fumaba; quizás pudo ser la falta de motivos para seguir pensando en su ex. Podría ser todo a la vez o nada, pero finalmente sería el reconocimiento de que ambos mirábamos las cosas a través del prismas de la nostalgia, esa misma que nos impedía irnos y dejar las calles, los amigos, los libros, los parques, el olor del tabaco habanero, el sabor de las comidas, la playa de Guanabo, el faro del Morro, el cañonazo de las nueve y tantas otras cosas que componían una ciudad particular y nuestra.

En esa época se afianzó más mi hábito de fumar. Fumaba una cajetilla y media diaria. Compraba una rueda para que no se me agotaran nunca, cuando tenía sólo una caja salía a comprar otra. Néstor seguía con sus cigarros lights, yo me burlaba de él, fumas como una barby, cigarritos finos, tú no eres un auténtico fumador, eres un fumador pacotillero, estás igual que los yumas con los que trabajo. Néstor se defendía diciendo que un día lo entendería, que un día yo también me pasaría al light, que en esta ciudad era ése el cigarro que activaba verdaderamente la nostalgia, era el cigarro que le pegaba a La Habana. Tonterías, a La Habana le pega mi Popular, mi Popular con olor y sabor a cigarro, no esa cosa insípida que fumas tú, que ni siquiera tiene un nombre adecuado: ?Hollywood?, si vivieras en Los Ángeles? pero no querido, vives en Centro Habana, aquí la talla es el ?soy cubano, soy popular?, le decía citando el eslogan que llevaban mis cajetillas.

Nunca nos poníamos de acuerdo respecto a las marcas, pero si en que nos gustaba el olor del tabaco, el color gris azuloso del humo, disfrutar de un trago, un buen libro, un café, siempre, siempre, siempre con un cigarro entre los dedos. Fumar nos distraía en las largas noches de apagones, cuando el calor nos recluía en la terraza hasta el amanecer. Fumar disipaba nuestra abulia de no querer salir a la calle, de no tener ganas de mezclarnos con la masa amorfa de gente que se amontonaba en los autobuses, en las colas del pan, en las pizzerías. Fumar era lo que nos quedaba para evadirnos de esa aspereza que podíamos palpar en los muros, los edificios, el agua del mar, la cara de la gente, el eco de sus voces proyectadas en el aire, las lágrimas perdidas en los pasillos del aeropuerto. Pero tú y yo apagaremos el Morro, le decía yo a Néstor cuando sacábamos cuentas de todos los amigos que habíamos despedido últimamente. No, tú y yo encenderemos el Morro cuando el último cubano lo apague, me decía él y sacaba su mechero para encender un cigarro. Yo también encendía uno y le echaba encima el humo, él se defendía con su blando humillo light. Comenzábamos a jugar hasta terminar abrazados, sudando y gimiendo. Hacer el amor y fumar. Fumar y hacer el amor. Así matábamos el tiempo y éramos felices, así sobrevivíamos al tedio de una ciudad agonizante.

Un día le vacié uno de sus aromáticos pitillos y lo rellené con mi fuerte picadura. Lo fumó integro mientras se leía un libro en la terraza, yo me moría de la risa escondida en la cocina. Cuando terminó de fumar se me acercó: ¿Tú crees que a mí toda la vida me ha gustado el light? Una vez yo también fumé como tú, para romperme el pecho y exterminar el dolor?

¿De qué dolor hablas Néstor?, estás loco, tengo un marido loco, y le di la espalda quitándome la ropa mientras prendía un cigarro para que él me siguiera y como otras veces terminar revolcados en la cama, haciendo el amor y fumando, a él le excitaba verme fumar indiferente mientras me dejaba penetrar. Entonces Néstor buscó un cigarro, esta vez verdaderamente light, lo encendió y fue tras de mí, pero se detuvo en mitad del cuarto, tuvo un ataque de tos que terminó en escupitajo de sangre sobre el piso. Me asusté mucho. Le alcancé agua. Le di golpecitos en la espalda. Lo acaricié suavemente. Me eché las culpas por darle de mis cigarros. Él dijo que el humo se le había ido por el camino viejo y que yo no tenía la culpa. Pero en los días sucesivos la tos era reiterativa. Otro escupitajo sanguinolento logró convencerlo de ir a ver a mi padre.

A mis padres no les gustaba visitarnos. La casa, según ellos, era un cenicero gigante. Al vernos aparecer en la consulta, mi padre puso cara de circunstancia, pero no me dio sermones, se portó como un excelente médico. Le mandó análisis, placas y nos citó para cuando estuvieran los resultados. Volvimos en unos días. Su cara esa vez ya no era de circunstancia, estaba demasiado condescendiente, extraña actitud en mi padre. Nos recibió acompañado de otro médico y me pidió que me quedara en la sala de estar. Encendí un cigarro para hacer tiempo, pero la enfermera de turno enseguida me increpó: en el hospital no se fuma, tiene que salir al portal? Como si no las hubiera visto mil veces fumando en los baños, en los taquilleros, en el comedor, en el patio.

Salí al parque, compré un periódico en el estanquillo y me senté en un banco a terminar el cigarro con tranquilidad. Un hombre con plumas en los bolsillos y portafolio en la mano se sentó en el otro extremo del banco. Yo había acabado de botar el cigarro, el cabo aún latía encendido en el piso con mi lápiz labial marcado en el filtro amarillo. El hombre sentado en el banco me miró y sonrío con todos los dientes negros. Cambié la vista sobrecogida y retomé la lectura. El hombre puso su portafolio en el piso y volvió a mirarme. Yo seguía sus movimientos con el rabillo del ojo, oculta tras el periódico. Entonces abrió el portafolio, introdujo la mano y al sacarla tenía mi cabo de cigarro entre los dedos. Absorbió desesperado y reparé en sus uñas, sucias, los dedos amarillos. Miré mis dedos: no estaban amarillos, pero los olí y eran nicotina pura. ¿Tendría yo acaso los dientes amarillos? Saqué un espejito de la cartera y miré mis dientes: estaban algo amarillentos. Recordé la boca del hombre, sus labios apretando el filtro marcado con mi pintura labial, sus dientes manchados dejando pasar el humo de aquella calada que sabría a picadura de popular, a polvo del piso, a creyón de labios y a mí. Sentí como si aquel sujeto con los dientes podridos estuviera poniendo su boca sobre la mía. Me levanté del asiento y entré al hospital.

Néstor hablaba en la puerta de la consulta con mi padre. ¿Bueno y qué tienes por fin?, le pregunté ansiosa. Él se quedó callado, mi padre hablaba algo sobre una cena en familia el fin de semana, algo raro, yo no entendía su repentina amabilidad. Me despedí de él y arrastré a Néstor hasta la salida. Él llevaba un sobre en las manos con los resultados. Coño, ¿no me vas a decir por fin qué tienes?, le dije irritada. La enfermedad de la nostalgia, eso es lo que tengo, volvamos a casa, estoy cansado. Y su mirada fue tan triste que no quise insistir más.

Al llegar dijo que quería ducharse. Me dio un beso y entró al baño. Inmediatamente busqué el sobre. Saqué la placa y la puse a trasluz. Me acerqué a la ventana buscando más iluminación, pero no pude ver nada que no fueran dos manchones negros en forma de hollejos gigantes. Busqué el papel con los resultados, y el dolor, ese dolor del que Néstor hablaba salió, se adueñó de mi cuerpo. Me resbalé hasta el piso con los ojos humedecidos y la saliva densa, necesitaba fumar. Miré mi caja de Popular sobre la mesa junto a la Hollywood Light, caja azul ?blue como la nostalgia?. Extraje uno light del interior de la cajetilla. Lo olí. Me lo llevé luego a los labios. Lo encendí viendo el anillo rojo quemar el papel y crear una capa cilíndrica de ceniza a su paso. No sabía a nada, pero hasta la nada sabe a algo, éste cigarro me recordaba esa levedad en la que me dejo llevar, flotando como una hoja seca sobre las calles semioscuras de La Habana. Una hoja seca que teme ser aplastada por el paso firme de algún caminante. Debe ser por eso que Néstor y yo nos refugiamos en esta azotea, para que nadie ponga un pie sobre nosotros y terminemos como polvo.

Caminé hasta la puerta de la terraza y miré como poco a poco se iba encendiendo la ciudad con la caída del sol. Expulsé el humo y detrás de él se hizo la noche. Supe que el dolor ya era un hecho impostergable dentro de mis venas, que siempre habrían cigarros como trampas esperándome en alguna cafetería, en algún bar, alguna tarde donde caiga sobre mí esa ligereza atroz de esta ciudad parpadeante. Supe porque un cigarro light es el único que puede igualar este dolor que siento al mirar cómo va extinguiéndose La Habana bajo mis pies y a nadie le importa, por eso fumamos, para olvidar, para que duela menos, para que duela y no importe, pero ahora ya sé que el dolor, sea cual sea, no se alivia con más dolor.

Apagué el cigarro. Néstor aún no salía del baño. Busqué todas mis cajas guardadas. También busqué las cajas de Néstor. Todo lo eché en una bolsa y me dispuse a botarlo en la basura, pero retrocedí, cualquier vagabundo podría encontrarlas? Entonces salí a la azotea, tome una lata vieja y vacié ahí la bolsa de cigarros. Le rocié alcohol y prendí fuego a la nostalgia. Contemplé la leve llamita devorar risas, juegos, caricias, conversaciones, noches que no se producirían ya nunca para Néstor y para mí.

Alcé la vista a la ciudad, algunas luces terminaban de encenderse bordeando el malecón, otras se apagaban como cabos de cigarro. El olor a nicotina se desplazaba por el aire. Cerré los ojos y me concentré en ese olor como si rebobinara una cinta muchas veces, sólo para escuchar el estribillo feliz de una canción, una vez más, sólo una vez más. Tuve unas ganas terribles de encender algún cigarro. Me vi bajar las escaleras, correr a la cafetería más próxima, pedir casi en un susurro: por favor, una caja de cigarros, vi la boca de la dependienta abrirse para preguntar la marca, me vi señalar con el dedo a través del cristal de la vitrina: aquella, la caja light, blue como la nostalgia?

Abrí los ojos y Néstor se asomaba en el umbral de la puerta.

Las llamas se extinguían.


*Lien Carrazana Lau 2007 © Todos los derechos reservados.



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