Buenas Andonaegui, ¿cómo lo trata el calor esta tarde, eh?
Buenas, Gonzalo. ¿Calor?
Je, Andonaegui, vamos no me diga que no tiene calor. Está haciendo como cuarenta grados...a la sombra!
No tengo calor, la verdad.
¿Conoce usted al viejo de la esquina? Ese que siempre está podando la ligustrina, ¿sabe quién digo?
¿El del chalet blanco?
Sí, ese.
Sí lo conozco. Lo veo siempre.
Claro, cómo no lo va a haber visto, no? Si siempre está acá usted. Je!
Sabe? El tipo aquel, el viejo, siempre que me ve, levanta una mano; otras, como una venia hace. Pero nunca se cruzó a hablar conmigo. ¿Habló usted alguna vez con él?
No, tampoco.
La verdad es que me molesta ese hombre. Me molesta soberanamente que me haga ese gesto y que nunca se haya dignado cruzarse y hablar como Dios manda.
Y... ¿cómo sería eso? Digo ¿cómo manda Dios?
Je, je... no se burle de mí Andonaegui. Sabe lo que digo. ¿Por qué siempre este hombre hace ese saludo? si ni me conoce, ni sé yo cómo se llama él. Él debe saber cómo me llamo yo, porque me conoce todo el barrio, saben que soy el vigilador.
Bueno, que sepa la gente cómo se llama usted, Gonzalo, no significa que lo conozcan. Solo saben su nombre. Yo por ejemplo, sé que usted es Gonzalo, y usted que yo soy Andonaegui. Pero... ¿nos conocemos?
Yo sí lo conozco, sé quién es usted. Usted es el hombre que espera, que espera cualquier cosa, que crezcan las flores, que haya un cambio... o sea, que le da lo mismo todo.
Ajá. Yo sin embargo, a usted no lo conozco, para mí usted es simplemente "Gonzalo, el vigilador". Acá hay mucha gente que viene y va, algunos se paran a conversar conmigo, como lo hace usted, a muchos llegué a conocerlos, más allá de nombres y apellidos. Sólo con mirar en el interior de sus pupilas. No hace falta hablar, muchas veces. Usted habla mucho, y sin embargo, hasta ahora no ha dicho nada.