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Por Llave maestra
el 31-May-2008
No solía escoger las leyendas de mis casetas por motivo especial alguno, en fin, tenía sólo 16 años y una verguenza muy grande al darle gastos extras a mi madre que trabajaba demasiado. Lo único que esperaba de aquellas prendan prodigiosas que usaba desde niña, era que fueran lo suficientemente grandes para ocultar las formas voluptuosamente femeninas emergidas en la pubertad y la capacidad de hacerme cuanto fuera posible, pasar inadvertida en la ciudad de la furia.

Hubo tres camisetas memorables en aquella época en la que montaba dragones. La primera la obtuve, gracias a una compra en Omnisport Metrocentro, ya que en ese entonces allí también se vendía ropa. Era blanca, de tela muy delgada y con la palabra GO rociada sobre el pecho con tinta verde fosforescente. Quedaba al pelo con mis jeans azul oscuro y punta de yuca, pero sobre todo con una cola punk que para entonces estrenaba.

La segunda fue regalo de Flor de María, mi mejor amiga de Colegio en ese entonces y cuyo padre emigró hacia los Estados Unidos desde principios de los 80 y que enviaba con cierta regularidad ropa para toda la familia y que ese año de 1985 me envió sin darse cuenta la mencionada camiseta. Aprovecho la ocasión para darle las gracias, aunque sean retrasadas. La tela era insuperable; fresca, liviana y muy suave, me estoy dando cuenta que padezco de adicción a las buenas telas . Era color naranja pálido, con rallas intercaladas en blanco y una pequeña leyenda al centro, enmarcada como un Rembrandt en tela dorada y poco lustrosa. No recuerdo qué decía, por más que me he esforzado, pero si recuerdo la forma de sus mangas, a las cuales les siempre les hice un dobladillo finito muy parecido al look de la Pat Benatar o la Olivia Newton Johh en Vaselina. Peo eso no era todo, combinaba además con las guarachas.

La tercera se llamaba Higlander y era mi favorita, por ser color celeste claro y por ser súper flojita, era tan grande pero tan grande, que me llegaría hasta la mitad del fémur. Tenía esa leyenda clara y en letras mayúsculas, HIGLANDER. Al principio mi interpretación de la palabra fue textual, Tierra Alta. Pasaron años para que a través de la serie televisiva, conectara el término con los inmortales. La Higlander era especial, cada vez que la usaba me sentía con poderes extraordinarios. Recuerdo que mi madre se cansó de decirme que por favor me la cambiara o la diera a lavar, parecía retrato con ella, pues la usaba al menos 4 veces por semana o lo que tardaba en secarse y yo en volvérmela a poner; la usaba incluso con varios pares de calcetines bajitos que tenían rayas celestes, rosadas, moradas y cafés.

Con todo y todo que el celeste no era el color que más combinara con mi falda escolar tableada y verde, igual la usaba casi todas las tardes. Su anchura me permitía volar al bajar y subir de mis dragones de la ruta 11 o 26. Con ninguna otra camiseta, me lucía tanto la pulsera de metal extraño y curativo que nos había traído el Padre Cortina a la vuelta de su viaje a España en el año 1984, a mi hermana, sobrina y a mí. Esa pulsera, unos aretes pegaditos de manzanitas brillantes y la Higlander, fueron parte importante de mi esa primera existencia adulta que ahora miro desde muy atrás, como si fuera una invitada a mi propia comunión con la vida-violencia.

La Higlander fue la camiseta que usé en días memorables como aquel en que contra viento y marea, estrenamos una obra de títeres que se nos salió de las manos y en la que terminamos criticando la hipocresía del sistema educativo jesuita. Vestida con la Higlander llegué literalmente volando a la casa, luego de cerrar el teatrino y salir huyendo cuesta arriba hasta la casa. Llevar puesta la Higlander era como volver a andar en bicicleta, una especie de capa voladora con la que me sentia invencible y varios momentos de adrenalina y estupor, se quedaron fijados en ella, con sudor y al ritmo de un tambor que nunca más se desacostumbraría al riesgo y la pirueta.

Me hubiese gustado tanto conservarla. Colgarla como una jugadora del contra-poder en la Sala de las casas donde he vivido y exhibirla frente a mis hijos, como lo que era, mi capa de heroína. Pero el destino no lo permitió y en cambio formó parte del decomiso de armamento guerrillero que hizo la Policía Nacional un día de tantos en la guerra, cuando allanaron mi casa materna. Lo peor es que ni siquiera habrán advertido que esa camiseta era el arma más poderosa y la habrán ofrecido al aquelarre anticomunista de los malos tiempos para la pasión colectiva. La Higlander desapareció y con ella se fueron tantos de mis recuerdos que a veces los veo venir desde muy lejos y trato de atraparlos con agua como a papalotas. Dicen que quien bebe de esa agua rejuvenece.

Recuerdo de tardes que cantaban por los pobres de la tierra que éramos nosotros, los mismos que seguimos siendo; el de las tardes con tareas inmisericordes o con teatro en el colegio que se derrumbó como hamburguesa de tres pisos, muriendo ante nuestros ojos en el terremoto de 1986; pero sobre todo el recuerdo del abrazo del primero, del primero que me amó en un motel, arista de la ciudad de la furia.


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Publicado 31-May-2008 por Llave maestra en General
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