Por Buseta de Papel el 10-Jun-2007 | 
Huilo Ruales Hualca (Ibarra, 1947) Narrador y poeta. Ha dirigido talleres literarios en Ecuador y en Francia. Entre sus reconocimientos están: Premio Hispanoamericano Rodolfo Walsh (1982), Premio Joaquín Gallegos Lara (1987), Aurelio Espinosa Pólit (1994). Ha publicado: Y este rollo a mí también me jode, Fetiche y Fantoche, El ángel de la gasolina, Historias de la ciudad perdida, Maldeojo y las obras de relato corto Loca para loca la loca (cuentos para despeinarse la cara), Cuentos para niños perversos, Vivir mata y Esmog 100 grageas para morir de pie. En el 2000, la versión alemana de Maldeojo fue una de las dos obras latinoamericanas seleccionadas para integrar Literatureklub (colección en lengua alemana de literatura No-Europea). Radicado en Francia.
Por Miguel Antonio Chávez
Huilo Ruales es hoy uno de los narradores contemporáneos más importantes del Ecuador. La ironía es su constante as bajo la manga. El sentido de lo grotesco adquiere en sus manos una simpatía bizarra. Pero sobre todo su obra es un manifiesto contra esa solemnidad acartonada, risible, tanto narrativa como en poesía. Otro aporte de Ruales se refleja en sus cuentos de mayor extensión; de este modo el también cuentista Iván Égüez opina sobre Cuentos para niños perversos: "Inventa una escritura para reproducir el habla de los personajes urbano-marginales (...) pero desde la picaresca, con un humor tan corrosivo como el de "la risa de las puertas de hierro" (para usar una lograda metáfora suya)". Sobre su poesía, Raúl Serrano Sánchez opina que en ella se desplaza con toda la insolencia y desparpajo de quien nos lanza un combustible (el agua bautismal posmoderna?)"
Un interesante estudio sobre su obra, realizado en la Universidad de Yale se lo puede leer aquí. Los siguientes microtextos son de su más reciente libro Esmog, 100 grageas para morir de pie, que cuenta con una reseña del reconocido peruano Fernando Iwasaki: "tiene ingenio, talento y también algo de esa mala leche que hay que tener para convertir un párrafo de seis líneas en las cuerdas de una guitarra".
El mujeriego
Mónica Belucci entra sin pedir permiso y se dirige a mi habitación casi sin darme tiempo a esconder en el clóset a Nicole Kidman. Furiosa, me da una bofetada que por poco me destornilla la cabeza. Qué hacías anoche con Catherine Zeta Jones, me dice, carimojada de lágrimas y rimel. Nada, hablábamos sobre los periodistas secuestrados en Irán. Farsante, por qué entonces tenías tu carota de Frankestein hundida en sus pechos de silicona. Estaba sollozando de la pena de la muerte del Papa vegetal y cuando sollozo necesito pechos, desde niño fui así. Eres un crápula. No te disgustes, le digo, mientras abro su blusa sintiendo desde ya las ondas tibias que emanan de sus senos divinos. Los siete mugrientos gatos de mamá maúllan de hambre y también de dolor a causa de sus bastonazos severos y cariñosos. -Ya está listo tu desayuno, miamor, ¿te lo llevo o desayunas acá en la cocina? -grita mamá, sin salir de su tos eterna que parece combatir con los maullidos y el estruendo de las viejas ollas. Me gustaría gritarle: prefiero que me lo traigas. Vieja maldita, farsante, que no puede ni con ella misma. Pero cómo responderle, si la lengua de Mónica, como una anguila luchando contra la muerte en una playa nocturna, coletea desesperada al fondo de mi boca.
El teléfono es un gato que sueña con tener hijos
1) ¿Sí, aló? 2) Hola Rafo, ¿por qué no llamas nunca? No has venido desde hace un mes, ni siquiera sabes cómo estamos. 3) ¿Cómo están? 4) No te burles, Rafo, ¿hasta cuándo piensas hacernos sufrir? 5) Hasta noviembre. 6) ¿Cómo, hasta noviembre? 7) En noviembre me mato. 8) (sollozos, pañuelo menudo en narices) Malo, es muy malo. 8) Bueno, voy a colgar. 9) Perverso, matarse en noviembre sabiendo muy bien que la Nena se casa el 5 de diciembre. Nos vas a hundir, ya lo estoy viendo (sollozos, hipos, mismo pañuelo). 10) Chau, mamá, están golpeando a la puerta con un hacha.
lunes de psicólogo
entro y le escupo en la cara y un poco en la camisa y enseguida le cuento que a los doce años un hombre peludo se puso de rodillas sollozando al pie de la redonda cama de mi madre y que las gallinas en mi infancia ponían huevos de madera a lo largo de la noche y que la jauría de enanos de la servidumbre me daba besos de azufre y que la escuela casi siempre se extraviaba y que mi padre era psiquiatra y que todos le escupían en la cara
Al fin, la primavera
El pederasta y el exhibicionista están nuevamente en el jardín público. Al fin ha llegado la primavera.
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