Por Antonio Agredano el 04-May-2009 |
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En el fútbol no debería existir el concepto de justicia. Es una palabra manoseada, casi vacía, que lo mismo sirve para justificar una paliza tenística como la del sábado o para ser esgrimida como arma electoral de cara al próximo junio. La justicia es otra cosa. Lo del Bernabéu no responde a ningún modelo de equidad en este deporte, no fue ni imparcialidad, ni objetividad, ni razón. Estamos cansados de ver cómo equipos meritorios caen de forma bochornosa ante pandillas de cuatreros, hemos visto a Grecia levantar una Eurocopa, hemos visto a Caparrós llegar a una final, hemos visto a Clemente ilusionar a todo un país, hemos alabado a la expeditiva escuadra italiana. El sábado podría haber pasado cualquier otra cosa, pero no pasó. Ni resurgió Raúl, ni se desinfló Messi, los seis goles visitantes frente a los dos locales es la precisa distancia entre un equipo hecho a la medida de la historia y otro que sobrevive a base de espasmódicos triunfos.
Señalar con el dedo está feo y sin embargo fue nuestro deporte preferido cuando acabaron los escrupulosos noventa minutos del encuentro. La tendencia a criminalizar a las personas nos hace olvidarnos de que la crisis no está en el alargado ocaso del siete o el cerebro engominado de Mijatovic, sino en toda una institución que no ha sabido envejecer saludablemente. El Real Madrid ha vivido de espaldas al presente, retozando porcinamente en un pasado que puntualmente nos es recordado por la prensa afín en una especie de ‘Cuéntame’ futbolístico que edulcora aquellos capítulos que, descontextualizados, se convierten en una suerte de panfletaria anestesia madridista.
Todos tenemos nuestro personal manual contra la crisis. Todos tenemos una lista de nombres que podrían remozar una plantilla que recitada nos impide contener una risita cómplice. Todos sabemos por dónde hace aguas la patera madridista, pero la realidad es sólo una: el Barcelona de esta temporada pasará a la historia del fútbol, el Madrid desaparecerá de nuestras memorias con la misma facilidad con la que Juande igualó a Molowny. Gane o no la Champions, caiga o no frente al Athletic, con triplete o sin él; a los que nos gusta este deporte -aún no comulgando con la elástica blaugrana en absoluto- preferimos ver un partido del Barça antes que hacer cualquier otra cosa.
El análisis debe ser aún más profundo. ¿Por qué el Barcelona tiene a tres o cuatro de los mejores jugadores del mundo? ¿Por qué Iniesta está ahí y no en Madrid, Milán, Manchester, Liverpool o Múnich? ¿Por qué un entrenador con babero ?por su bisoñez- como Guardiola se ha convertido en el motor de un equipo esplendido? No pretendo hacer una hagiografía de un equipo que cuanto más lejos llega más remueve mis principios en el fútbol. Yo, que creo en Capello sobre todas las cosas, me he dado de bruces con una realidad que a mi edad parecía ajena. Síndrome de Stendhal. Resultadismo y belleza sobre el césped. Modelos de lencería que leen a Dostoievski.
La justicia, decía al principio, no ha puesto la clasificación donde está ahora. El Madrid está ahí por deméritos propios. La verbena de la Asamblea el pasado año tuvo una lectura simplista -el club estaba liderado por sinvergüenzas-, pero había algo más. Las bufonadas de Calderón eran los síntomas de una enfermedad que con el tiempo puede volverse irreversible. Laporta, con su mes que un club, con su lucha de egos con Rossell o su desesperante laissez faire, laissez passer con respecto a las estrellas del vestuario ha volteado una realidad que tendía a entronizar lo cercano a Chamartín y repudiar lo que pasaba por los aledaños del Camp Nou. Su mandato, moción de censura incluida, está siendo coherente y sensato y, lo mejor de todo, está dando resultados palpables.
Esta mañana oía hablar de Florentino en un tono que rozaba lo apologético. El salvador. Un hombre que vuelva a poner las cosas en su sitio. Una reflexión medieval, oscurantista, de redención. El Barcelona está donde está por ser ejemplar en el modelo de gestión deportiva, por sus apuestas razonables y una política de cantera que pare jugadorazos campaña tras campaña. El Madrid hoy en día es un club envejecido, meneado por intereses espurios, mal dirigido y con un futuro que hoy en día se resume en la preconización de un empresario que ya salió cabizbajo del club que hoy le da la bienvenida con ramitas de olivo.
El fútbol es un deporte con variables y azares. Se juega con los pies, se patean esferas de cuero al aire libre, existen las faltas, los goles fantasmas, las lesiones inoportunas, el juego a balón parado, las cantadas, los balones escupidos por los postes. Es un espectáculo que se asienta en lo inesperado. La labor de los dirigentes es reducir en la medida de lo posible ese carácter casual sobre el rectángulo de hierba. Un equipo metódico y armónico con Messi, Xavi, Iniesta y Piqué puede reducir lo anecdótico al mínimo. No es cuestión de justicia, los equipos no sirven para dar lecciones a otros equipos. El Barcelona está donde quiere estar, y ha trabajado para ello. El Madrid sabe de sobra en donde le gustaría estar, pero hoy en día no tiene ni idea de cómo llegar hasta ahí.
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