Imaginemos que hoy nos tocó en suerte una genial clase de Física y Matemáticas. El profesor, sólo para esta sesión, será Gödel, Hofstadter, Feynman, o quizás, de haber suerte, Heinserberg o Bohr. A estas alturas pocos serán quienes no se hayan percatado de que se trata de una clase poco habitual, una lección predestinada a cambiarnos nuestra concepción sobre la vida, la imagen que percibimos de nuestro mundo, presuntamente perfecto, pese a estar, locamente, abocado al impredecible infinito.
Para iniciar nuestra sesión científica el profesor comienza hablando del Sumo Pontífice. Según Joseph Ratzinger, nombre mortal del actual Papa, el relativismo ?
es el problema más grande de esta época?. ?
Abdicar de la verdad no salva al hombre?, añadiendo que ?
la fe cristiana impulsa inexorablemente hacia la verdad?. Seguramente, en nuest

ra jerarquía de citas, el Papa bien pueda ocupar una de las posiciones más, al menos socialmente, predominantes. Cuanto menos, el testimonio del Papa Benedicto en su obra: «
Fede, verità, tolleranza - Il cristianesimo e le religioni del mondo» nos resulta de gran utilidad para resumir la percepción ?existencial? que hasta nuestros días se nos ha enseñado de éste, nuestro mundo. Dios es Orden, la Verdad, la culminación final de todo camino vital: llegar a encontrarse con el platónico cielo de las ideas de Platón, llámese, equivalentemente, Cielo cristiano.
Sin ostentar militancia religiosa, acaso tampoco política, podemos llegar a reconocer que estamos totalmente influidos por la mayor parte de los postulados de la ciencia occidental histórica, resumidos y esgrimidos, desde ya hace siglos, por la teología cristiana. No serán pocos quienes se frustraran cuando nuestro imaginario profesor diga que hemos sido ciegos hasta el momento. Rápidamente, despojándose de toda pretensión mesiánica, el maestro nos aclara su falta de propósitos adoctrinadores, mucho menos religiosos. Sigue la explicación. Será ínfima la proporción de alumnos que haya pensado alguno vez en la irregularidad de la farola, lo malamente esférico de la naranja o la falsa rectitud del lápiz. Asombrosamente, algo tan ?
a priori? perfectamente geométrico no deja de ser una abstracción que realiza nuestro cerebro, consecuente con lo percibido por nuestros sentidos, al no poder contemplar o analizar los infinitésimos átomos, y quarks, que componen nuestro mundo.
Un matemático de la talla de Gödel afirmó que ningún sistema formal, por bien construido que esté, puede ser perfecto, en el sentido de reproducir toda proposición verdadera bajo la forma de teorema. Tal y como puntualiza Hofstadter (en su inexcusable libro: ?
Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle?), ?
el hecho de que la verdad trascienda a la teoremidad, en cualquier sistema formal dado, es conocido como ?incompletitud? de tal sistema?. La lógica pierde buena parte de su sentido con lo dicho, recogiéndose puros cartuchos de explosivo con los que erosionar los fundamentos de nuestra ciencia ?enseñada?, que no en todo moderna.
Newton erró, al igual que tantos antes. El paradigma científico actual nos muestra cómo las leyes elementales de la física o la geometría de Euclides están sucumbiendo a nuevas teorías de mayor, y más necesitado, alcance. El miedo encarnado por el jefe de la Iglesia católica encuentra correlato en la amenaza de que se erija una nueva ?gran teoría? que explique fenómenos tanto de las ciencias sociales como de la Naturaleza, del medio ambiente al hombre, pasando por toda empírica existencia.
Plenamente relacionado con ello está una de las grandes contribuciones al pensamiento humano de los últimos tiempos, la física cuántica. Teorías, para nada cercanas al gran público (salvo contados libros como el de Hofstadter o los varios, y a cuál más útil, de John Gribbin), se están aproximando a un gran cambio predestinado a trastornar nuestra concepción global del pensamiento, y por definición de todas las ciencias. Conceptos como Azar (la tan temida diosa Fortuna), incertidumbre, entropía,

termodinámica, y sobre todo, la teoría de campos, son algunas de las nuevas lecciones que, lejos de quedar en lecciones imaginarias como la de hoy, pronto monopolizarán las aulas de los centros impregnados en el progreso (al menos en actualidad) inherente al conocimiento científico.
El relativismo no es nada más que la vida empírica del infinito. Como diría Niels Bohr: ?
es incorrecto pensar que la teoría de la física es descubrir cómo es la naturaleza. La física se preocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza?. Uno de los grandes divulgadores de nuestro tiempo, Isaac Asimov, destacó la necesidad de diferenciar lo ?
desconocido? de lo ?
incognoscible?, es decir, aquello a lo que no ha alcanzado la Ciencia atribuir explicación frente a aquello otro para lo cual jamás estará facultada para atribuírselo. Heinserberg nos propone un pensamiento genial para la reflexión: ?es imposible determinar simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula?, formulación científica de la que extraería su ?
principio de incertidumbre?, virtud del cual: todas las formas de materia son indeterminadas por su propio carácter, no por problemas de medición.
El objetivismo hecho pedazos, relativismo con el que destrozar nuestra ciencia clásica, a Descartes, a los lógicos y demás matemáticos idealistas, todo ellos, literalmente, tirados a la basura por la teoría del Caos y la incertidumbre. Pese a todo, todo ello nos ayuda a crear, dentro del más imperfecto desorden, los incentivos que nos motivan para el conocimiento.