Por Ramón Flores el 20-Oct-2011 |
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Corren dos debates en estos días que están haciendo bastante ruido, y en los que merece la pena detenerse un poco, porque poseen un sustrato común, y los problemas que plantean son de una índole lo suficientemente importante para hacer temblar la estructura en la que descansa el fútbol europeo, al menos tal y como lo hemos conocido hasta ahora.
Si abordamos la cuestión de modo algo lateral, lo primero que podemos comentar es una corriente de opinión que ha trascendido en Inglaterra estos días, y que implica a algunos dueños de clubes que estarían planteándose cerrar los ascensos y descensos de la Premier League. No es simplemente un rumor, sino una línea de trabajo a la cual se ha referido el propio Richard Bevan, presidente de la asociación de managers de la Liga. Inmediatamente ha surgido un coro de voces discrepantes ?incluyendo la de la propia FA-, y entre ellas una de las más beligerantes ha resultado la del técnico español Roberto Martínez. Entre los variados razonamientos que ha ofrecido, basados sobre todo en consideraciones de tipo cultural, una frase ha restallado como un látigo: ?La posibilidad de ascender es el sueño de los pequeños. Y sin sueños no consigues nada.?
Aquí en España, en cambio, el debate se ha centrado estos días en una cuestión aparentemente diferente. Los dardos de Mourinho sobre países que no es capaz de encontrar en Internet, la pobrísima impresión dejada en el Camp Nou por el debutante de Pilsen ?no ya de no poder ganar, sino de ser incapaz de hilvanar tres pases seguidos- y la profusión de equipos de poco nombre que este año disputan la Liga de Campeones (Otelul Galati, BATE Borisov, Apoel Nicosia, el propio Victoria, Genk, Trabzonspor) van sembrando en una parte del público la impresión de que hay muchos partidos que sobran en esta fase inicial, y que demasiados clubes salen desde el principio sabiendo que van a estar eliminados o clasificados para la siguiente ronda, lo cual daña el interés de la competición. Conviene resaltar que la abundancia de estos clubes en la fase inicial debe convertirse naturalmente en tendencia, por cuanto no responde a la casualidad, sino al cambio del sistema en las previas; una idea patrocinada por el propio Platini con el objetivo de dar visibilidad global a las ligas menores.
Todos estos razonamientos traen de inmediato a la memoria polémicas similares, que van surgiendo periódicamente, y que constituyen una especie de ruido de fondo que cuestiona permanente la organización global de las competiciones futbolísticas. A saber: a) la polarización de la Liga española, donde sólo Madrid y Barcelona tienen posibilidades reales de alzarse con el título, un mundo lo separa de los perseguidores, y hay demasiados equipos igualados por debajo; b) la aparición, a partir del desmembramiento de la Unión Soviética, de muchas selecciones de bajo nivel, que unidas a los San Marino y compañía dan lugar a una excesiva dilatación de las fases de clasificación para los grandes torneos; c) el presunto exceso de selecciones en los Mundiales que muestran un nivel claramente inferior al de selecciones europeas que se quedan fuera; y d) la idea de una Liga Europea, que lleva rondando el continente desde que la patrocinara Mendoza hace 25 años: una especie de NBA del fútbol, cerrada en el sentido del que se hablaba en el primer párrafo.
En realidad, con todos los matices que se quiera ?que son muchos, y muy relevantes en este caso- la cuestión admite una simplificación bastante clara: dar preeminencia al espectáculo que proporcionan los grandes clubes, en los que se hallan los mejores jugadores y donde se suele ver el fútbol de gran calidad; o bien preferir la ilusión del humilde, y abrir puertas que permitan que los equipos pequeños puedan asomarse, siquiera fugazmente, al Olimpo de la gloria. Está claro que el gusto preferente corresponde esencialmente a una cuestión de opinión, y por tanto es difícil pontificar taxativamente sobre el asunto. Sin embargo, parece interesante ofrecer algunos razonamientos que puedan enriquecer los puntos de vista.
En primer lugar, debe notarse que estos fenómenos, vistos desde España, corren el grave riesgo de ser observados con un sesgo evidente. El motivo de ello es que España es casi universalmente aceptada como la mejor selección del mundo, el Barcelona el mejor equipo y el Real Madrid su gran competidor a todos los niveles. Vivimos un momento, por tanto, en que las tres escuadras con las que se identifican la inmensa mayoría de los españoles son dominantes hasta un nivel nunca visto, y por tanto no parece muy adecuado emplearlas como vara de medir. Dicho de otro modo, porque un equipo salga goleado del Camp Nou o del Bernabéu no tiene por qué ser malo; la gran Alemania actual fue claramente superada por España en la final del Mundial, o el Manchester United arrasado en la de Champions League por el Barcelona. Si estos grandes equipos sufrieron de este modo ante nuestros representantes, ¿qué podemos esperar de los de nivel medio o bajo? Cuando se habla de aburrimiento por falta de competitividad, debemos tratar de realizar un ejercicio más o menos global, y no ser condicionados por equipos que seguimos con mayor frecuencia.
Abundando en lo anterior, basta echar un vistazo a lo que llevamos de fase de grupos de la Liga de Campeones para ver que, incluso tras las modificaciones actuales ?cuyas motivaciones pueden ser espurias, no lo negamos- la competitividad sigue presidiendo, en general, la competición. Si nos fijamos en los equipos modestos mencionados más arriba, el Trabzonspor ganó en San Siro; el Valencia no fue capaz de marcarle un mísero tanto al Genk; el Otelul Galati ha perdido todos los encuentros por la mínima, el Apoel Nicosia, incluso, marcha líder de su grupo. ¿Ofrecerían más competitividad los terceros y cuartos de las grandes Ligas? Pues quizá algo más, pero de momento el tercero y cuarto de la liga española están en una situación dudosísima, por ejemplo, y el campeón de la liga alemana está al borde de la eliminación. Quizá después de todo sí es bueno darle esta oportunidad a esos equipos ?y a esas aficiones- de probar que no son tan malos, que pueden ofrecer una buena imagen, y que incluso a veces pueden llegar donde nadie creía que fuese posible.
Porque esa es otra. Una de las principales razones de que el fútbol sea el rey de los deportes es que pocas disciplinas deportivas proporcionan al inferior tantas posibilidades de dar la talla ante el rival que le supera. Al tratarse de un juego tan supeditado a los momentos puntuales, un simple lance ?una expulsión, una lesión, ese contragolpe rápido que te da la victoria cuando llevas noventa minutos encerrado- puede servir para balancear una abismal diferencia histórica, de afición o presupuestos, en un partido concreto o en una competición corta. Estadísticamente casi nunca ocurre, como no podría ser de otra manera, pero ese ?casi? es un casi mucho más benigno que en otros deportes. ¿Quién le iba a decir a los aficionados del Forest en Segunda que dos años después serían campeones de Europa? ¿Alguien daba un duro por Grecia en el 2004? ¿O por el Deportivo en aquel ascenso con Arsenio?
La realidad es que esta circunstancia tan especial del fútbol ha determinado la especificidad de sus sistemas de competición, que para triunfar han de estar basados en la meritocracia y no en la estabilidad financiera. Ya lo contó ayer Dadan Narval aquí mismo, y es que puedes acabar siendo aficionado de quien quieras, pero al final siempre vas a tener un pedazo de corazoncito mirando cómo va el equipo que jugaba cada día a dos manzanas de tu casa. Si ese equipo desaparece ?y el cambio de franquicia en la NBA ofrece al aficionado una sensación similar, ver Freakonomics y su estudio del suicidio en América asociado a esta circunstancia- algo de la afición al fútbol de todos sus fanáticos se irá para siempre con él. Y al final, muy pocos de los chicos que juega en el Madrid o en el Barcelona nacieron a doscientos metros de Valdebebas o la Masía; siempre hubo cerca un equipo de barrio, de ciudad o de provincias, y sin ellos, todo el inmenso edificio creado encima se desmorona como castillos de naipes. Los buenos son buenos porque se comparan con los menos buenos, y es difícil pensar que la riqueza de la diversidad de jugar un día con el Racing en Liga, otro con el Milan en Champions y al siguiente con el Mirandés en Copa del Rey teniendo al Barça en horizonte pueda compararse con ver cada año a los mismos 16 equipos enfrentarse cuatro o cinco veces entre sí, siempre los mismos uniformes, las mismas ciudades, las mismas polémicas, los mismos jugadores. Habrá quien lo prefiera.
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