Por Juan F. Cía el 03-Mar-2008 |
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Javier Irureta ha abandonado el Zaragoza después de seis partidos. Repito: seis partidos. El balance no es positivo: una victoria, un empate y cuatro derrotas. 29 puntos, los mismos que el Recreativo de Huelva, que está situado en la 18ª plaza, la primera de descenso directo. Las razones del técnico vasco son claras: “Mi credibilidad se estaba resquebrajando”.
Además, Irureta asegura que su mensaje, después de la últimas dos derrotas, no llegaba convenientemente al vestuario y sin la sintonía necesaria entre técnico y plantilla es complicado trabajar con eficacia. La solución: cojo la puerta y me voy por el bien del club. Amén. Conclusión: una plantilla preparada para el reto europeo se codea peligrosamente con el descenso de categoría.
Los proyectos siempre mezclan mejor con la estabilidad, la paciencia y la profesionalidad, más que con el desequilibrio, el cambio y las prisas. Las empresas funcionan mejor con equipos de trabajo estables, donde sus integrantes conocen las virtudes y los defectos del colectivo. Y además, todo gira en torno a una idea que permanece invariable.
En los equipos de fútbol sucede casi lo mismo. Y el Zaragoza no ha tenido ni estabilidad, ni paciencia ni tampoco profesionalidad. El año pasado, el proyecto de Víctor Fernández arrastró los aplausos de la mayoría, con un equipo de gran velocidad, juego combinativo, punzante y dañino arriba, con criterio en mediocampo y algunos jugadores en un estado de forma envidiable que revolucionaban el estado anímico del once sobre el césped.
La dirección del club con Agapito Iglesias -dueño- y Miguel Pardeza -director deportivo- decidieron mantener las bases del proyecto de la temporada anterior, mejorar la plantilla y aspirar a los máximo como alternativa real a los grandes equipos de Primera División. La realidad es que los resultados no terminaron de llegar, el equipo no arrancaba y finalmente Víctor Fernández tuvo que abandonar el club en su 75 aniversario.
La frescura alocada del año pasado se había perdido por el desagüe. Esa frescura alocada de los equipos de Víctor, capaces de noquear a cualquiera con dos ganchos de izquierdas y recibir dos goles en dos jugados a balón parado. Ni Diogo subía la banda como la temporada anterior, ni Aimar conectaba de la misma forma con Milito, ni la defensa terminaba de encajar las nuevas piezas, ni el portero César Sánchez parecía sólido, ni las incorporaciones como Oliveira, Pavón o Ayala terminaban de empujar en buena dirección.
En esa dinámica, quién quiere o necesita montar lío tiene caldo de cultivo de primera. Víctor Fenández comenzó a perder el control del vestuario cuando algunos jugadores como D’Alessandro empezaron a cuestionar su gestión de la plantilla. El jugador argentino tuvo un rifi rafe con Aimar y esa misma semana cuestionó la labor del entrenador insinuando que este último entrenaba ’sólo los días pares’. Resultado: D’Alessandro a la ducha para siempre.
Tras la destitución del entrenador español, llegó Ander Garitano, ex jugador de larga trayectoria en el Athletic Club de Bilbao, técnico joven, prometedor y con muchas ganas de hacer historia. Duró menos que Irureta. La dirección del Zaragoza tuvo la posibilidad de buscar una alternativa parecida a Garitano, pero se decantó por el técnico ex deportivista: más maduro, con una idea del fútbol distinta y sin el hambre necesaria para fregaos complicados.
Seis partidos. El mensaje no llega al vestuario como cuando no llega gasolina al motor. Y las sensaciones no son buenas porque el Zaragoza no es un equipo habituado a los bajos fondos. Además, esta temporada estos futbolistas desarrollaron un trabajo previo, físico y mental, para la competición en los puestos de arriba, para jugarse las alubias con los grandes. Ahora, la realidad es otra y algunas veces adaptarse sobre la marcha a esa circunstancia es complicado. Por favor, velas para el Zaragoza.
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