Por Ramón Flores el 02-Jun-2008 |
Foto 0 en Italia 80: Schuster reina en el desierto: pega esta imagen en tú pagina, Foro, Myspace o Ebay con este código...
No es un torneo el de 1980 que se recuerde con especial cariño. El nuevo sistema de competición, una fase final con dos grupos de cuatro equipos de modo que los líderes de cada grupo pasaban directamente a la final ?análogo al utilizado en los Mundiales por la misma época- llevó a muchos entrenadores a la especulación y al cerrojo, menos sostenibles en eliminatorias. Además, el público italiano dio la espalda al evento ?excepto en los partidos de los azzurri, quienes de todos modos no tuvieron una gran actuación- y se vio mucho cemento en los estadios; en paradójica y desagradable contrapartida, fue la primera ocasión en que se vivió en la calle y las gradas el fenómeno hooligan, casi siempre protagonizado por los ingleses. Lo que quedó para la posteridad, en realidad, fueron los dos partidazos de Schuster, que asombró al mundo con 19 añitos.
En la fase previa, que tuvo algunos grupos de cinco equipos para que al anfitrión pudiera acudir de oficio, destacó sobre todo la pobre prestación soviética, la selección hasta ese momento más fiable del torneo. Acabada y sin reemplazo su segunda gran generación, quedaron últimos de grupo y sólo ganaron un partido; un grupo, por cierto, que encabezó la sorprendente Grecia, que conseguía por primera vez un billete para la fase final. El hundimiento de los países del Este ?de los que Checoslovaquia fue el único representante en Italia- se completó con la caída de Yugoslavia, eliminada en Belgrado por el famoso gol de Rubén Cano. Se clasificó España, pues, que teóricamente estaba construyendo el equipo con vistas al Mundial 82 con gente como Gordillo, Zamora o Quini.
Ya en Italia, a nuestros representantes les tocó enfrentarse a Inglaterra , Italia y los aparentemente más débiles belgas; tres de los equipos, por cierto, que más han colaborado en la leyenda negra de la Roja. El baile lo abrieron Inglaterra y Bélgica en un partido más recordado por los gases lacrimógenos de la policía que obligaron a sus suspensión temporal, que por el fútbol que se vio. Sin noticias de los creadores belgas y con Inglaterra atrás, el partido se resumió en cuatro minutos de la primera donde cada equipo marcó un gol ?muy bonito el de Wilkins-. Muy gris Kevin Keegan. Un rato más tarde, España dio la cara ante Italia y mereció ganar, pero el gran partido de Zamora no encontró la recompensa del gol. Peor nos iría en la segunda jornada frente a los belgas, a quienes en esta ocasión sí le funcionaron Vandenbergh y Van Der Elst, con el barbudo Gerets subiendo sin descanso por la derecha. El gol de Quini no servía de mucho, y el 2-1 final condenaba a España, máxime cuando Italia ganó a los ingleses por la mínima, tanto de Tardelli. Italia y Bélgica se jugaron los cuartos en Roma, y los dos tres goles que llevaban los belgas en su casillero hacían que les sirviese el empate. Guy Thijs sacó a Vandenbergh del once inicial, puso el autobús y esperó que el equipo de Bearzot, preparando para defender, se estrellase en la pared. Y así fue, en un partido jugado con el cuchillo entre los dientes, pero donde no ocurrió prácticamente nada. El enfrentamiento entre ingleses y españoles, anodino al no haber nada en juego, se cerró con victoria británica por 2-1, en un partido recordado por el penalty que le detuvo Clemence a Dani.
El otro grupo se iniciaba con la revancha de la final anterior entre Alemania Federal y Checoslovaquia. Los alemanes ya habían jubilado a sus viejos dinosaurios y habían metido savia nueva en el equipo, como el dinámico Rummenigge en la delantera, el monstruo Hrubesch, el decatleta Briegel por la banda izquierda, o el fino medio Hansi Müller; los checoslovacos, por su parte, se presentaban casi con la misma escuadra de cuatro años antes, bastante envejecida y en clara decadencia. Como casi siempre en esta Euro, el partido salió malo, y lo acabó decidiendo un cabezazo de Rummenigge. El otro encuentro del grupo no fue mejor y se cerró con una victoria mínima de Holanda sobre una Grecia que exhibió el rigor defensivo que le es propio. Un extraño penalty dictó sentencia. Así las cosas, el partido siguiente entre Alemania y Holanda se presentaba como decisivo. Derwall, descontento con el juego ante los checos, sacó al campo a Schuster, y lo que hizo el ángel rubio forma ya parte de la historia del fútbol. Con un recital de conducciones y soberbios pases, Bernardo hizo trizas la floja defensa holandesa, donde sobrevivía Krol como un amargo recuerdo de tiempos mejores. El actual entrenador del Madrid encontró su socio perfecto en un joven y hambriento Allofs, que culminó tres acciones (disparo, pase en profundidad, pase de la muerte) que llevaban la firma del playmaker. Al lado de tamaña exhibición, los dos goles finales de los oranje quedan como anécdotas, y también, casi, lo que pasó en el resto de partidos del grupo: Checoslovaquia recordando viejos tiempos para imponerse con facilidad a Grecia (3-1), los griegos sacando su primer punto frente a los relajados germanos (0-0) y Holanda y Checoslovaquia empatando a uno en un choque donde se palpaba la nostalgia de una época mejor, demasiado reciente para ambas selecciones.
Y así se llegó a la segunda final del Olímpico, único estado de Europa que ha gozado de tal privilegio. Los alemanes salieron de la cancha dispuestos a mostrar sus galones, y suyo fue el primer tiempo, de nuevo apoyados en el magistral liderazgo de Schuster, que volvió a combinar pases, disparos y regates con la facilidad que sólo poseen los elegidos. Por supuesto, suya fue la jugada del gol de Hrubesch, y la final hubiera estado liquidada al descanso si no hubiera sido por los reflejos felinos de Jean-Marie Pfaff. Sin embargo, tras el descanso los alemanes dieron un paso atrás, Schuster se vino abajo físicamente, y los belgas equilibraron el partido: primero en el juego, apoyados en la fuerza de Jan Ceulemans ?un llegador de pura raza- y después en el marcador, mediante un penalty de Stielike que convirtió René Vandereycken. Faltaban quince minutos, los belgas eran dueños absolutos del partido, los alemanes estaban muertos? ya sabemos cómo acaba la historia. Córner en el campo belga, centro de Rummenigge, cabezazo de Hrubesch, Copa para Alemania, segunda ya. No enamoró el equipo, muy lejos de la fenomenal escuadra de ocho años atrás, pero sí un chico rubio de gesto displicente, a quien siempre se recuerda entre la admiración por lo que hizo, y una cierta melancolía de lo que hubiera podido hacer con un carácter diferente. No se puede tener todo.
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