Por Pol Gustems el 21-Apr-2011 |
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El Real Madrid acabó con su maldición copera dieciocho años después. En una época de dominio azulgrana, ficharon a José Mourinho porque era el único técnico que aseguraba títulos en su carta de presentación. Justificó eso anoche, muy influyente en la trabajada victoria de su equipo sobre el Barcelona (0-1). Se medían los dos equipos más en forma del fútbol europeo por segunda vez en pocos días. Esta sin margen de error, sin posibilidad de varias interpretaciones del resultado. Sólo un equipo podría salir contento tras el encuentro. Este fue el Madrid, cómodo en la disciplina del técnico portugués, que a través de orden táctico, agresividad, presión avanzada y un ritmo electrizante, anuló la propuesta del Barcelona durante muchos tramos de partido. Y después, en el momento clave, acertó en la definición mediante Cristiano Ronaldo, para sumar la decimoctava Copa del Rey del club.
El Madrid tardó poco en enseñar que con un planteamiento parecido al del sábado, podía ofrecer una versión bien distinta. En el primero de los cuatro clásicos tomó la anulación del contrario como objetivo último, dejando el ataque para la casualidad. Anoche Mourinho sorprendió en el esquema con Pepe y Ozil en los interiores, en torno a un ritmo de presión altísimo en campo azulgrana. Guardiola esperaba a Pepe cerca de Messi y había preparado el encuentro con el argentino partiendo de la banda derecha. Además, el Madrid planteó el robo de balón en una posición mucho más adelantada que la del sábado. Las intenciones con el esférico eran otras, atrevidas y directas, sabedores que las finales ?a veces- solo duran noventa minutos.
El complejo de inferioridad en el que se escudaba una parte del madridismo se desvaneció, porque aunque su juego partiera de la pérdida barcelonista, su fútbol dominó en una primera mitad donde fueron netamente superiores. Las distancias entre Barcelona y Madrid quedaron reducidas al detalle. Sirvió de ejemplo el cabezazo de Pepe en el minuto 43, que se estrelló en el poste. El partido era difícil para ambos, también para el árbitro, Undiano Mallenco, que tuvo que lidiar con la elevada tensión ?a veces excesiva- de los futbolistas de los dos equipos. Principalmente los jugadores del Madrid. Un partido bronco favorecía a quien menos balón quería y el conjunto de Mourinho gestionó de forma efectiva esa variante para conducir la final hacia su terreno.
El Barcelona recurrió a Mascherano para suplir a Puyol. Con ese ínfimo cambio y la titularidad de Pinto, Guardiola formaba con el resto del equipo titular. Un once que no supo reaccionar ante la salida en tromba del Madrid, comandada por la energía inacabable de Pepe, tanto en la presión como en la destrucción. El único debe del equipo blanco fue que la sobreexcitación que lucía, tan beneficiosa en el robo, pero que luego penalizaba en la definición de las jugadas ofensivas, donde se mostraron erráticos y precipitados. El Barcelona, por su parte, fracasó en la salida del balón, sin éxito para esquivar la primera línea de presión rival, recurriendo inusualmente a los balones largos. Solo Piqué se atrevió a cruzar la divisoria en conducción, y solo Adriano encontraba cierta libertad de movimientos ante el achique de espacios madridista. Ningún tiro a puerta en 45 minutos, un bagaje nunca visto en el cuadro de estadísticas azulgrana.
Al Barcelona le costó encontrar su fútbol, pero cuando al fin lo hizo mostró su vertiente más dañina. Circulación rápida de balón, al primer toque, con alto índices de acierto en el pase. La mejora en la segunda parte, protagonizada por las arrancadas de Iniesta y Messi, también influyó en un Madrid cansado, que tuvo que dar un paso atrás para contener a su adversario. El partido mutó en su totalidad. Messi había despertado. Su éxito en el regate se tradujo en superioridades constantes en ataque. Como la que condujo al gol de Pedro, bien anulado por fuera de juego del canario.
Gustándose el Barcelona, El Madrid necesitó de Casillas para llegar a la prórroga. En el 67′ salvó un tiro de Messi desde la frontal, y solo dos minutos después un mano a mano con Pedro, que el arquero desvió a córner en una actuación prodigiosa. De Pinto nada se supo durante el segundo tiempo ?salvo alguna intervención con los pies no apta para cardíacos-, hasta que se le requirió a tres del final. Di María conectó un disparo con la diestra que se colaba por el ángulo, pero el guardameta gaditano lo despejó, explicando el porqué de su titularidad a quién aún dudaba de sus cualidades. Prórroga. Cada equipo había resistido a la mejor versión del otro.
Volvió a equilibrarse el encuentro en el tiempo extra, porque aunque el Barcelona había encontrado el toque, también dejaba más espacios a sus espaldas. Los aprovecharon Cristiano Ronaldo y Di María. El primero en el 7 de la primera parte, pero su tiro se perdió por poco. En el trece Di María, en la jugada que obtuvo al fin el premio a la insistencia madridista. El argentino sirvió un centro largo desde el extremo zurdo, hacia el segundo poste, que conectó Ronaldo con un espléndido cabezazo a contrapié de Pinto. El luso, a veces criticado por su poca incidencia en los partidos importantes, dio ayer un gran paso para cambiar esa corriente de opinión. Su tanto vale un título. Muy importante por sí solo, pero también para el cruce de Champions League. El Barcelona sacó la Liga. Anoche el Madrid se llevó la Copa. Los azulgrana cayeron con la cabeza alta, fieles a su estilo y tras una buena segunda mitad. Los madridistas simplemente ganaron, posiblemente la única vía de crecimiento que tenían tras su larga sequía de títulos. Empate a uno. Europa decantará la balanza.
Fotografía | Real Madrid
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