Creo que una de las grandes carencias nacionales es la falta de claridad ?aunque sea mínima?acerca de asuntos de los que tanto se habla como poco se conoce: que si sube el frijol, que si falta la harina y se encarece el maíz, que si la carestía y que si la inflación, etc., un embrollo al que se dedican miles de palabras impresas, titulares de espectáculo, demagogia fácil de funcionarios gubernamentales, pero del que casi nunca se pretende llegar al origen y resolverlo. Todo se junta y se fragmenta. Y ninguno de los problemas merecedores de esclarecimiento público es visto en especial y en su conjunto. Ni se establecen nexos entre unos y otros ?y jerarquizaciones en la esfera de cada cual--, de modo que el bosque no permite ver los árboles y la selva confusionista impide apreciar los bosques.
¿Sabe el ciudadano qué marcha mal definitivamente o qué avanza con signos de promesa en cada ramo de la actividad pública o privada? Sabe, eso sí, siente por más que casi siempre sin saber las causas, aquello que sufre en carne propia, directamente; pero no tiene ni idea, en cambio, de cuántas y cuántas otras cosas atañen a él y a sus hijos, y al país, en grados de vital importancia. Esta desinformado. Y por eso, despolitizado, pues la politización ha de basarse en el examen crítico de las situaciones generales y no sólo en la experiencia individual.
Conozco bien ?y si no, me lo recuerda mi esposa?qué sucede cuando escasean y suben de precio el frijol o el maíz. Tengo imaginación para suponer que ocurriría si faltasen para siempre. La obviedad ahorra comentarios.
Sin embargo, nuestra vida depende también de muchos otros factores y entre ellos, fundamentalmente del agua y el aire. Faltándonos totalmente, no es que retrocederíamos en el tiempo, sencillamente moriría la especie humana y animal. Lo mismo ocurre con los materiales para fabricar viviendas, señalemos el hierro o el acero. No por casualidad el índice a que más se recurre para medir el desarrollo de un país es el de su producción siderúrgica, independientemente de sistemas políticos, económicos y sociales. Ya dijimos que sin agua, sin aire, no existimos. Pensemos ahora en un mundo sin acero: para los hombres y mujeres de hoy (las menciono porque ellas tienen iguales deberes y derechos) sería igual a nada. ¿Puentes, vías ferroviarias, edificios, sistemas de transmisión eléctrica, tractores, arados, bombas para manejo de agua, tuberías de conducción, aviones, oleoductos, maquinaria de cualquier tipo, herramientas para trabajar piedra, madera, metales o plásticos, automóviles, telares, simples agujas costureras, tantos y tantos artículos domésticos.
Es lo material, necesario para una vida mejor.
Pero volviendo a lo dicho en los primeros párrafos, ¿qué sucederá con una crisis alimentaria producto de la falta o escasez de productos básicos? De un tiempo a esta parte, agudizado con los cuatro gobiernos de Arena, existe una total dependencia del comercio exterior para procurarnos el alimento. Ahora ya es demasiado tarde y hasta los más acérrimos defensores del neoliberalismo y de los regímenes areneros, saben que se cometió un gravísimo error al descuidar el agro y privilegiar la compra de cereales, verduras, carne y leche de otros países de Centro América, México y Estados Unidos ?porque los costos y los precios son más bajos?, según lo predica semanalmente el dinosaurio de el diario de hoy.
No es que prolifere en la opinión pública de que existen muy graves problemas ?casi desastre?en la producción de alimentos. Los hay, pero aquí se mueven fuerzas interesadas para ocultar los datos, las cifras y los hechos. Hay una crisis mundial, claro; pero eso no debe llevarnos al conformismo y aceptar lo irremediable. Es obligación del Ministerio de Agricultura y Ganadería, del Ministerio de Economía, del CENTA, de Economía Agropecuaria, del gobierno, pues, tomar medidas urgentes para adelantarse a la inevitable escasez de alimentos básicos. Es tiempo todavía de reactivar el agro, agilizar líneas de crédito para los agricultores y buscar alternativas para importar fertilizantes y semillas a un precio relativamente cómodo.
Si el gobierno arenero está pensando en no dañar a los privilegiados de siempre, a los que agotan los recursos naturales, contaminan el medio ambiente y lotifican masivamente acabándose los últimos pulmones de esta capital y su periferia, así como a los grandes importadores de bienes básicos, es mejor que declare públicamente un estado de emergencia para los próximos años y deje los asuntos del Estado en manos de nuevas autoridades que si respondan a las exigencias de los nuevos tiempos. El Salvador lamentablemente ha carecido de una política de conjunto y a largo plazo. El respaldo gubernamental ha sido grande para las empresas y consorcios privilegiados, pero jamás se ha pensado en las necesidades que abaten a las mayorías poblacionales. Al igual que nunca ha existido una política nacional de seguridad, de aguas o de salud pública, tampoco conocemos de una estrategia integral alimentaria, a pesar de las recomendaciones anuales y permanentes del Programa Mundial de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y más que eso a las necesidades apremiantes de nuestra población.