Por Ramón Flores el 05-May-2008 |
De entre todos los comentarios que se vierten hoy en cientos de medios de comunicación sobre el partido de ayer y el subsiguiente título de Liga del Madrid, dos corrientes de ideas se imponen claramente sobre las demás: por un lado, que el equipo blanco es justo ganador, por cantidad de puntos, número de goles marcados y recibidos, autoridad durante la mayor parte del campeonato, etc. Por otro, que el fútbol del equipo ha sido ramplón durante una buena parte del curso, que el nivel de la competición española es muy bajo, que los contrincantes han tirado la Liga, o que ha ganado el menos malo. Resumiendo, que se ha repetido el título ?lo que siempre se exige- pero que el Madrid ha quedado lejos de la excelencia proclamada por Ramón Calderón ?para lo que se cambió el proyecto-. Luego la temporada quedaría en un aprobado raspado.
La impresión es que desde diversos foros se tergiversa, a veces de modo interesado, el significado del término ?excelencia?, y que hay incluso gente en la directiva del Madrid que ha caído en la trampa. Hoy parece imponerse la idea de que la única brillantez posible en el fútbol viene tal y como la entiende la escuela holandesa, heredera en cierto modo de la tradición del passing game de Bill Shankly, y continuada por Cruyff y su abrumadora ?y positiva- influencia en el Barcelona. Fútbol realmente hermoso de ver, con una belleza en ocasiones abrumadora, que practicado por futbolistas muy técnicos asegura victorias y un gran disfrute estético. Un camino seguro hacia la excelencia?
?pero no el único. Existe al menos otra vía en fútbol hacia la gran victoria: la de la competitividad, el trabajo de equipo, la garra, la firmeza, la convicción. Es una opción más bronca y áspera, menos sutil, pero bien entendida y llevada al límite también gana partidos y campeonatos, y lo que es más importante, la memoria de los aficionados y el corazón de la gente. Igual que quedan para siempre los grandes equipos exquisitos, es imposible olvidar a aquellos que nunca dieron el partido por perdido, que volvieron a la vida o murieron matando en el área rival, que unieron a sus cualidades ?mejores o peores- la fe del iluminado, para alzarse con trofeos y distinciones que a priori parecían imposibles. Porque estamos hechos para admirar la hermosura, pero también el esfuerzo y la voluntad. Y aunque es evidente que ningún equipo exquisito ganará nada si no es competitivo y que nadie puede pretender grandes metas sin jugadores que posean al menos un nivel técnico aceptable, lo normal es que los grandes equipos puedan ser adscritos sin demasiada dificultad a una de las dos tendencias.
El Madrid actual, que hoy saludamos como campeón, es un muy digno depositario de las esencias ancestrales del club, la semilla que plantó Di Stéfano. Su temporada en Liga, globalmente notable en cualquier caso, ha bordeado la excelencia en muchos momentos, y especialmente en los más exigentes: Madrigal, Mestalla, Calderón, o Camp Nou. A veces ha sido un equipo con capacidad para el toque y la combinación, pero lo que le ha distinguido es la solidez, la voluntad de vencer, la variedad de registros, la capacidad de convertir los partidos en un calvario para el rival y la sensación de que jamás puede ser enterrado hasta que el árbitro haya decretado el final. Hasta en el momento más duro de la temporada, en el Bernabéu ante la Roma, con un equipo destruido por las lesiones y en inferioridad numérica, se las arregló para sacar un gol de la nada y pasar varios minutos soñando con el milagro. No es casualidad que ese gol lo hiciera Raúl, el depositario de una tradición que dura ya más de cincuenta años y que ha hecho del Madrid el club más laureado del mundo, y a sus seguidores contarse por millones.
Es esa voluntad de poder ?en el sentido más nietzscheano- por tanto, la que entronca con aquel Madrid de la Saeta, Puskas y Gento, que pasó por las remontadas históricas de Juanito, Santillana y compañía, que comenzó su regreso el curso pasado bajo Capello y que se concretó, de la forma más brutal y reconocible posible, en la noche de ayer. En el escenario más hostil que ofrece la Liga, con nueve jugadores en el campo y Heinze sangrando en la banda y pidiendo entrar, recién sufrido un penalty después de haber dominado en inferioridad, y con sólo cinco minutos por delante, los jugadores del Madrid se lanzaron a tumba abierta a por una victoria en la que sólo creían ellos, y no pararon hasta lograrla. Una acometida enloquecida, casi irracional, con todo el equipo tocando a generala, los centrales subiendo el balón y los jugadores de Osasuna asustados y temblorosos, sufriendo mentalmente la ilógica descarnada de la situación. Parecía que a los blancos les empujaba el peso de su escudo, y -algo seguramente más importante incluso que la consecución del título de Liga- supieron hacer honor a él en el mejor momento y lugar posibles.
Difícil concebir mayor excelencia.
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