PALABRA DE CÍCLOPE
Hay daguerrotipos infaltables en cualquier álbum familiar:la pareja celebrando el ritual del matrimonio, ambos con sonrisas nerviosas ydiez kilos de menos; la mujer embarazada acariciándose la panza por las patadasdel que está por llegar; el bautismo del niño sostenido de la cabeza por aquelcompadre al que nunca más vieron; el primer cumpleaños del primogénito embarrandoel pastel en las paredes; y la tradicional del hijo sentado en las piernas delpersonaje barbado vestido de blanco y rojo al que llaman Santa Claus.
Pero a veces los papás son poco o muy caprichosos, ycuando llega la época navideña y el niño ya no es esa masa risueña de baba yfragilidad, intentan convencerlo de posar nuevamente con el habitante estrelladel polo norte, la respuesta del infante ha sido un categórico, rotundo yrepetido ?no? en entregas anuales.
Algunos niños desarrollan fobias con disfraces, botargasy payasos que lejos de causarles risas y gracia les provocan escozor y hastacierto dejo de repugnancia. Otros mantienen una relación de conveniencia con Santa Claus, algo así como que creo en tiy te envío listas interminables de juguetes porque me porto bien pero mejorquédate sentadito en tu trineo arreando a Rudolf, el de la nariz roja, y a losdemás renos.
Mi hijo pertenecía a este último grupo, los niños infaliblementeextravían la ilusión a cierta edad y ganan a pasos agigantados la injustaracionalidad, y nos hacen suponer a los adultos que es cierto el cuento de lasabejitas y que a los bebés los trae la cigüeña de París.
Oh, ilusos de nosotros, que hasta hace poco tiempoescondíamos los regalos que el generoso Santa Claus pagaba con su Master Card ylos guardábamos en las profundidades del closet hasta nochebuena, paraentregarlos a su único y mimado destinatario, tan es así que en doce años nuestrohogar se ha convertido en una mezcla grosera de juguetería y biblioteca: Rayuela de Cortázar habita entre Woody yel Señor Cara de Papa, y Dublinesesde Joyce reposa rodeado de autobuses a escala.
Que mi hijo crezca tiene ciertas ventajas: ahora sí,podremos exigirle la preciada foto con Santa Claus como una reliquia de suinfancia que se aleja sobre las nubes.
Le exponemos argumentos que consideramos contundentes, elregistro histórico-fotográfico de su momentum personal; la locación perfectapara la instantánea sería un sitio popular, nada de almacenes ni de aburridosmalls.
Queríamos un Santa Claus prieto con barba blanca, de esosque apestan a tequila para aguantar a tanto escuincle llorón, de esos émulos dePapá Noel que se ganan la vida con almohadones en el estómago y que bajan detalla al concluir la temporada por el calor del disfraz.
Y un domingo nos fuimos a la Alameda Central, punto dereunión de las damas de sociedad durante la Colonia, pero que desde hace 60años es el lugar habitual para verbenas navideñas en el que se juntan más de 40Santa Claus con sus sets y estudios móviles que no se dan abasto para cubrir lademanda de las multitudes ávidas de algo más para recordar.
Mi hijo pensó que la exigencia era broma, una puntada másde las ocurrencias de sus papás, hasta que nos vio negociar con el staff de unSanta Claus desvencijado y subir las escaleras hacia la estructura metálica, construidacomo un carruaje para nieve, al fondo en el ciclorama habían paisajes blancoscursis y fríos con los pájaros de Bambi en las ramas y alrededor BuzzLightyear, Woody, Rex el tiranosaurio, Slinky el perro con resorte, la Señora Cara dePapa, Jessie la vaquerita y Lotso el oso amargado.
Hizo el berrinche de su vida, peleó y repeló, exudólágrimas, fue inútil, la toma fotográfica llegaba como el amanecer para unvampiro, el suplicio duró tres minutos, a mi me dijeron ?quítese los lentesseñor para que no se refleje el flash?.
Y llegamos al infinito y más allá, al bajar nosentregaron la imagen impresa con un calendario del año del fin del mundo, mihijo no la ha querido ver, ojalá esta experiencia no sea exorcizada porterapeutas pelafustanes, que ven traumas por doquier, y se quede tal cual en elplano anecdótico.
Por cierto, todos salimos muy bien en la fotografía conSanta Claus.
Gabriel Otero
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