Por Dadan Narval el 18-Aug-2011 |
Minuto cincuenta y cuatro del partido. Messi y Marcelo discuten. Alves se acerca y retira a su compatriota, pero rival, empujándole con la mano en la cara. Entonces dice algo a Messi y éste recoge el balón con una pequeña acrobacia, dispuesto a sacar de banda. En ese preciso instante, la cámara nos permite ver al entrenador del Real Madrid, José Mourinho, que mira al argentino con su media sonrisa habitual y se lleva la mano a la nariz, abanicándose, como se hace ante los malos olores, ante la basura, ante la mierda.
Messi no le vio. Y ahí quedó todo. Una imagen más de un partido más.
Y sin embargo, no es una imagen más. En primer lugar porque, en cierto sentido, es el resumen involuntario de la situación futbolística actual en lo referente a los dos clubes más grandes de España y probablemente también del mundo. Pero incluso trasciende este momento histórico, porque se antoja el retrato de dos maneras de concebir la vida, un modo de actuar. Ilustra a la perfección dos arquetipos del quehacer humano.
Comencemos por el primero. No caben más halagos en lo que a la pulga se refiere. Ya lo escribí en su día: no tengo recursos para retratar a ese pequeño gran futbolista. Nadie los tiene, en realidad, porque él se empeña una y otra vez en dejar inservibles lo más acertados adjetivos. Es el don del genio, del que sabe ir unos metros por delante de su tiempo, del lenguaje de su tiempo, en este caso en cuestiones del balón. Habrá un día, no me cabe duda, en que echemos la vista atrás y entre todos acertemos a crear un retrato conjunto de un jugador que hoy día, aún existiendo, es inimaginable.
Pero no todo son halagos. No, por supuesto. Ningún genio en ningún tiempo ha merecido el aplauso unánime. Hasta los más excelsos personajes de nuestra historia común, esos que supieron conducir al conjunto de la humanidad en la senda del progreso, tuvieron que enfrentarse a la necedad de determinados congéneres.
En lo relativo a cuestiones como la belleza y el talento para crearla, hay un tipo de vil personaje ?del que también escribimos aquí bajo la categoría de un Síndrome de Stendhal invertido-, al que la contemplación de lo excelso le repugna. Nos referimos a ese ser ?hacer memoria, todos conocemos al menos uno- que ante las demostraciones de talento siente nauseas y debe taparse la nariz. Porque no hay peor olor para el envidioso que el del éxito ajeno. No hay cosa más repugnante para alguien miserable que ver cómo otro es capaz de lo que el no alcanza ni a soñar.
Y ayer Mourinho decidió ser así. Ante él pasó el que es sin ninguna duda el mejor jugador del mundo y candidato a ser el mejor de toda la historia. Y, en un gesto que le retrata ?los gestos siempre son sinceros-, mostró su verdadera cara: la de un hombre que solo es capaz de ver lo bueno en sí mismo, porque las virtudes ajenas le recuerdan sus propias limitaciones (no es Dios, por más que quisiera serlo), intentó despreciarle en gesto que nadie merece, ni el peor de los hombres. En realidad, sin embargo, con esa pataleta de niño mimado, de maleducado consentido, solo consiguió retratarse como lo que él es.
La imagen de ayer trasciende el partido, sí. Es la imagen del incapaz que intenta hacer daño a toda costa al genio, aún sin conseguirlo. La hemos visto otras veces: ese niño en la playa que destroza el castillo de arena que otro hizo y el no fue capaz, ese escritor mediocre al que le arden las palabras cuando insulta al colega que sí logro rozar el cielo con las suyas, el perturbado que intentó destrozar a martillazos la Pietà de Miguel Ángel. Es una imagen que responde a los porqués que el mismo entrenador portugués planteó en alto en su momento.
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