Por Dadan Narval el 23-Sep-2007 | Guardo especial cariño por cierto amigo mío que tiene la capacidad de ver, en todo lo que le rodea, siempre el aspecto negativo. Es algo verdaderamente cómico. Sea cual sea la situación en la que está, sea lo que sea lo que observa con su mirada crítica, siempre y bajo cualquier circunstancia subraya el aspecto negativo de las cosas. Me encuentro con él uno de esos habituales días de lluvia de nuestra ciudad y le pregunto qué tal.
- Hasta las narices ?me contesta- de este puto tiempo. A ver si el alcalde pone ya un toldo sobre Bilbao, porque con este sempiterno sirimiri no hay quien conviva.
Le pregunto después por el trabajo, la familia y esas cosas por las que se cuestionan a los amigos que ves sólo de vez en cuando y compruebo, sin sorpresa, que todo va mal. Su madre está enferma y él tiene que encargarse de ella, del trabajo mejor no hablar, porque no da abasto. Es tal la carga de tareas que arrastra que no tiene tiempo de pensar en nada más.
- No sé cuánto duraré en esta tesitura ?concluye.
Pasan unas semanas y me lo vuelvo a encontrar. El sol luce sobre Bilbao y la gente pasea en manga corta, sonriendo. Viene hacia mí, refunfuñando entre dientes, con gafas de sol, visera y la mirada gacha. Nos damos la mano y le hago la pregunta de cortesía.
- Pues mal, la verdad ?responde, y yo me sonrío-. Este maldito sol me abrasa. Esta ciudad no está preparada para recibirlo. Hace un calor de espanto, prefiero mil veces antes la lluvia. Además, no tengo casi trabajo en estos días. Me aburro solemnemente en la oficina, mirando al techo horas y horas. Y encima, mi madre se ha ido de vacaciones y estoy solo en casa, con lo que allí me aburro todavía más. Casi prefiero la oficina.
El caso de mi amigo no es único. Hay personas que sólo son capaces de pensar en lo peor, en la sombra que toda luz provoca. Hoy me he despertado pensando en ello, y he recordado a mi amigo, tras ver la portada de Marca y la web del Sport.
Recordemos los hechos. Corría el minuto setenta y tres del partido de ayer. Era un encuentro trabado, denso, como sólo lo son aquellos en los que se enfrentan dos grandes equipos. El cero a cero final comienza a ser pensado como una posibilidad más que posible. Henry lanza un pase al área a una velocidad a todas luces excesiva. Leo Messi, frente a la portería de Palop hace un control fallido que hace que el balón quede muy alto para el remate. Pero reacciona a tiempo y con una pirueta logra empalmar de semivolea el cuero cuando comienza a caer. Gol.
Messi se levanta del suelo desbordado por la alegría. Corre hacia una esquina, como es habitual cuando se celebra un gol. Todo el Camp Nou tiene su mirada sobre él. Todo el mundo del fútbol posa sus ojos en él. Está subido a un pedestal del que nadie le bajará en un tiempo. Messi mira en derredor y allí, en el pedestal, echa de menos a alguien. A aquel que cuando estaba arriba le echó una mano para auparse y le hizo sitio en un lugar en el que muchos creen que no hay espacio más que solo para uno. Consciente de esa ausencia, levanta las manos al cielo, donde todos pueden verlas, y cierra ambas manos dejando el pulgar y el meñique extendidos. Es el gesto de su compañero, hecho suyo ahora para recordarlo cuando tantos quieren hacerlo desaparecer.
Fue verdaderamente emocionante. Precisamente en el momento en que Messi, por méritos propios, podría haber reivindicado para sí el papel de gran estrella del firmamento fútbol, prefiere exigir también la presencia en ese lugar de quien allí estaba antes de que él llegara; a quien no tuvo impedimento ninguno en hacer sitio, sino que, al contrario, hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudar a la pequeña pulga argentina.
Más allá de los protagonistas fue un gesto decididamente humano. Grandioso, de esos que hacen que uno se emocione por un momento y se reconcilie, por un momento, a través de los ideales de amistad y compañerismo, con la especie humana.
Sin embargo, mi amigo se hace presente en las lecturas que del hecho dan algunos. Sport, inmediatamente después del partido, obvia la lectura positiva del gesto de Messi, para utilizar la figura del argentino con la intención de hacer daño a su amigo. ?Messinho, ¡tú si que vales!? es todo lo que aciertan a ver en el gesto del argentino. Qué más da si el protagonista de la historia rechace de plano el enfrentamiento con su amigo, al que le dedica el gol, qué más da si el gesto lo que pretendía mostrar era precisamente que no hay que elegir entre ambos, que son uña y carne. Qué más da? el Sport seguirá, a piñón fijo, a lo suyo. Hoy toca a Ronaldinho. Ayer fue Kluivert. Mañana, más que probablemente, Messi.
Marca también sabe hacer una lectura negativa de todo lo de ayer. Dicen, con un gran juego de caracteres que el Barcelona, que el miércoles goleó por 3-0 al Lyon ?todo un coco a prioiri en la Champions- en un partido muy parecido en desarrollo al de ayer, pero con Ronaldinho sobre el campo, ?Juega mejor sin Ronaldinho?.
En fin? luego espero estar con mi amigo. Hoy luce un sol brillante en Bilbao, como en Barcelona, a ver qué me comenta?
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