Por Dadan Narval el 27-Nov-2007 | Crecer es aprender a convivir con los miedos de uno. Cuando somos niños, el terror nos domina fácilmente. En el proceso en el que devenimos adultos, sin embargo, conseguimos racionalizar los terrores infantiles y, consecuentemente, dominarlos. Sin embargo, siempre hay algo que se resiste a este proceso de racionalización, y por ello, cada persona tiene un temor que no consigue domesticar. En mi caso, si hay algo por lo que siento auténtico miedo, algo por lo que sufra esa sensación de terror indescriptible que hace que no seas capaz de dominarte, que te absorbe hasta el punto de convertirte en un ser ?temblante? que te cuesta reconocer como tú mismo, como una parte de tu ?yo?, son las masas enfurecidas. Cada vez que veo en televisión las habituales imágenes de un supuesto criminal ajusticiado por una turba de personas exaltadas, cada vez que asisto en la pantalla cómo cuelgan en la plaza del pueblo, a ojos de todos, a un violador, un pederasta o un asesino, da igual, cada vez que contemplo la salida de los juzgados de alguien que ha sido declarado culpable y veo cómo la gente se acumula en las puertas de la justicia para insultar, escupir e intentar agredir al condenado, apago el televisor, cierro las persianas, quito la luz y, sólo y en la oscuridad, aislado del mundo, me pongo a temblar como un flan, pensando que, en cierto sentido, Robinson Crusoe era un ser afortunado.
No puedo evitarlo, el juicio de la masa me aterra a la par que me repugna. Me es absolutamente indiferente si el pobre infeliz al que le toca ser el objetivo de las iras de la turba es inocente o culpable. Poco, muy poco, me afecta, pues, el hecho de que en cierto sentido el pobre de él se ?merezca? o no ese trato. En esos momentos, aun cuando el sujeto en cuestión sea el autor de los crímenes más ignominiosos, me pongo en su lugar y le compadezco. Sé que él daría todo el mundo por poder pasar al bando de quienes lapidan, por abandonar el lugar de quien es lapidado. Pero también sé, como él, que eso ya no es posible.
Quienes han sufrido del odio enfurecido de la multitud dicen que no son capaces de imaginarse peor experiencia. Dicen que quien ha sido objeto de las iras de ?todos los demás? pierde definitivamente la esperanza en la especie humana. Dicen que tras ser el objetivo de la masa desbocada, hasta el rostro más bello se muestra como capaz de lo más horrible y que, por tanto, jamás se recupera la esperanza de lo civilizado. Un hombre es razonable, argumentan, pero la masa no razona, actúa, y actúa sin atender a razones.
Todo esto viene a cuento del descuartizamiento público al que está siendo sometido Ronaldinho en las últimas semanas, quizá meses. Él, que había sido entronado, subido al altar bajo el que se postran las masas, ahora ha sido bajado a golpes del mismo, y es el centro de las iras de todos. Ahora sufre, en fin, el lado más oscuro del ser el objetivo de todas las miradas.
No voy a entrar en las razones de su lapidación pública. Poco me importan. Lo único que me interesa de todo esto, en estos momentos, es el funcionamiento de la masa, la ?masa de acoso?, como la tipificó Elias Canetti, esa que sólo tiene una dirección y no se disolverá hasta alcanzar su objetivo. Como el criminal en la plaza del pueblo, poco puede hacer ya el brasileño por intentar justificar su inocencia. Nadie atenderá a razones. A Ronaldinho le ha llegado su momento. El momento que aguarda a todo futbolista que comete el error de destacar un día sobre todos los demás. Ese momento en el que alguien le señala desde la grada, y se comienza a hablar más de lo que gana que de los goles que marca, más de discotecas, mujeres y coches de lujo que de gambetas y disparos de fuera del área. Ese momento, en el que el ojo público trasciende el campo y se centra fuera de él.
Ya no hay marcha atrás. Está perdido. Se le pide que ?dé la cara?, como si fuera un criminal. Se le exige que pida perdón públicamente por un crimen que no reconoce haber cometido. Se le reclama en la plaza del pueblo, ante el dedo acusador de la masa social. Se le habilita un lugar privilegiado para que pueda defenderse: la picota.
Ante esto sólo hay una posible escapatoria, me temo: huir. Intentar dejar de ser Jean Valjean. Acudir a otro pueblo, otro equipo, con otro rostro. Ser un Sr. Madeleine a la espera de que ningún Javert sospeche de tu rostro.
Creo que Ronaldinho ha sido durante dos o tres años, sin duda ninguna, el mejor jugador del mundo. Es más que posible que ya no lo sea. Es posible incluso que, como dicen algunos, ni siquiera sea ya uno de los mejores del Barcelona. No lo creo, pero me da igual. Lo que sí sé es que no se merece lo que está recibiendo. Que nadie se lo merece. Por desgracia, a la turba eso poco le importa.
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