Por Enrique Ballester el 25-Oct-2011 |
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Desde que empezó la Liga, y contando la Champions, el Villarreal ha jugado once partidos. Sólo ha ganado uno. El Levante acentuó la crisis amarilla el pasado domingo, ocho meses después de encender la mecha del declive. Porque sí, lo del Villarreal no es nuevo. Su segunda vuelta fue mediocre, de mitad tabla, un catálogo de insinuaciones preocupantes que se han revelado con claridad en el inicio del presente curso. Y todo, recordemos, empezó en un Villarreal-Levante de aparente trámite, en el lejano mes de febrero.
A aquel partido llegó el Levante en zona de descenso, rodeado de dudas y temores, y salió de él con un botín de gigantesco valor. Y no sólo por los tres puntos, que también. En aquel cero a uno forjó un carácter que desde entonces es símbolo granota. Fue aquella cita la reivindicación definitiva de un grupo de veteranos orillados en sus anteriores clubes que marcó el estilo del club para los siguientes meses. Un estilo que nace en el orden, el trabajo, la sensatez, la sobriedad y el espíritu colectivo. Y un estilo que trasciende al entrenador (de Luis García Plaza a Juan Ignacio Martínez), que le sirvió para evitar el descenso como antesala de la explosión del presente curso. El Levante es líder de Primera. Sin más.
El Villarreal, en cambio, recuerda aquel partido y se sumerge en la pesadilla. Porque a ese partido que parecía uno más se presentaba el Villarreal envuelto por la euforia. El equipo de Garrido era una máquina brutal en su estadio y exhibía un balance casi perfecto, con once partidos, diez victorias, 31 puntos y 26 goles. Y un juego valiente, creativo, ambicioso. Pero tras la inesperada sorpresa del Levante, en un encuentro muy táctico, con el muro de los tres centrales enfrente, anclados en la impotencia, los números del Villarreal empeoraron de modo alarmante. Jugó siete partidos ligueros más en casa, en los que sólo marcó 7 goles y obtuvo 11 puntos. Y el juego cambió también, de la mano de la mentalidad generalizada. Se priorizó sobre cualquier objetivo la clasificación para la Liga de Campeones, clave en los planes económicos del club. Garrido captó el mensaje de su directiva y comenzó la doctrina del ahorro. El Villarreal dejó de soñar con lo máximo para mutar en un pragmatismo tibio. Administró su ventaja en la tabla y braceó en la vulgaridad, hasta llegar a la orilla con lo justo. Hipotecó el estilo y, pasado el verano, ha sido incapaz de encontrar su mejor versión, esa que unía la rabia y la agresividad de Garrido a la rueda de apoyos y asociaciones de Pellegrini. Quiere, pero le está costando volver.
Cabe recordar, a estas alturas, que Garrido subió al primer equipo para que el Villarreal jugase como su presidente, Fernando Roig, entiende que debe jugar. Recogió de Valverde un grupo aparentemente desganado, con tendencia a la dispersión, y falto de ansia competitiva. Remontó en el tramo final de la 2009-10, y con la ayuda de los despachos logró plaza europea. En la 2010-11, anudó un equipazo pese a reducir presupuesto. Acertó en los fichajes (Borja-Marchena), en relación calidad-precio, y aupó al grueso del filial. Concretó un proyecto de entidad, de múltiples aristas teóricas, en un once, en el césped, en la práctica. En aquella primera vuelta el Villarreal se marcó el objetivo de ser grande, y salió a que le partieran la cara en el Camp Nou o en el Bernabéu, consciente de que algún golpe él también repartiría. Ese Villarreal extramotivado, intenso, voraz, casi suicida, se ha esfumado. Y con él, la excitación febril de El Madrigal, donde los porteros rivales eran héroes incluso llevándose un carro de goles.
Fue el tiempo, nada tan clave como el paso del tiempo, lo que mató el despegue. A Garrido lo condena el medio plazo, más allá de las lesiones, más allá de que, por vez primera, la exigencia de la grada es mayor que la del club. Cuando los rivales conocieron el juego de espejos y engaño, ese que inducía Nilmar (desaparecido desde hace demasiado) no halló ningún plan alternativo que no fuera el de la precaución, ese que le sirvió para sobrevivir, bueno, pero no ahora para construir. Garrido es bueno en un mundo en el que no vale con ser bueno si además eres previsible. Agotó discurso, táctica y relato. El club bajó el listón a su vera, y las opciones del desenlace se reducen en el embudo.
Ya no se habla de grandeza, de alternativa, de títulos, de sueños. El Villarreal piensa a la contra. Se habla de ultimátum, de culpables, de traición, de pesadillas.
7 de febrero de 2010 – Garrido y el aroma perdido
13 de noviembre de 2010 – El Villarreal quiere ser mayor
18 de enero de 2011 – Así respira el Villarreal de Garrido
14 de abril de 2011 – Cuando termina la novedad
16 de junio de 2011: Así fue la Liga: Villarreal CF (4º)
foto: villarrealcf.es / ACF Fotografía
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