La unidad de una organización política debe darse en función de sus planteamientos sobre el Estado, las propuestas de reformas, la definición de objetivos y sobre todo en la diferenciación política e ideológica con los sectores adversos, permitiendo a los electores votar conscientemente por un cambio escogiendo a sus candidatos.
La unidad implica la evaluación de cada etapa y el papel de las contradicciones que en ese momento norman la lucha por el Poder. Desde el punto de vista político el adversario de ayer no tiene necesariamente que ser el de hoy si las contradicciones han variado significativamente propiciando la coincidencia crítica frente a un objetivo común que es el desplazamiento del enemigo común.
El PRD escogió como candidato vicepresidencial en las elecciones de 1974, al General Elías Wessin y Wessin, quien había sido el símbolo de la resistencia al movimiento constitucionalista de 1965. A pesar de los abismos ideológicos el proceso táctico de lucha por el Poder llevó al PRD dirigido por el doctor José Francisco Peña Gómez a establecer esa alianza con Wessin quien había sido duramente reprimido por el doctor Joaquín Balaguer, quien lo acusó de conspirador y lo deportó del país. Siendo Balaguer el objetivo fundamental de lucha que los unía, Wessin y el PRD articularon una unidad táctica en el entendido de que la Reelección de Balaguer era un grave atentado a la democracia política.
Una manifestación de inmadurez política fue la incapacidad de lograr una alianza entre el PRD y el PLD en las elecciones de 1990, que hubiese hecho imposible la operación fraudulenta que impuso la Reelección, por el apoyo casi universal de la votación a una fórmula de cambio que en esas circunstancias, debido a la división del PRD, estaría encabezada por la candidatura del Profesor Juan Bosch. Tanto el PRD de Peña Gómez como el PRI del Lic. Jacobo Majluta estuvieron dispuestos a sellar esa alianza determinante y disuasiva, o sea las dos alas del Partido Revolucionario Dominicano en disputa interna. Sobre esta posibilidad hay testimonios y testigos vivos del esfuerzo fallido para concretar esa alianza que habría podido imprimirle un horizonte mucho más democrático y avanzado a la lucha del pueblo dominicano por sus reivindicaciones y conquistas sociales. Sin embargo en 1996 ante el avance arrollador de la candidatura de Peña Gómez, el doctor Balaguer unió sus fuerzas con el Partido de la Liberación Dominicana, organización a la que había impedido llegar al poder en 1990, demostrando que en política la táctica es primordial y de que la posiciones rígidas o prejuiciadas son erróneas, con lo cual impidió la victoria de Peña Gómez, ya que ni siquiera con el fraude electoral de 1994 pudo legitimarse el predominio reeleccionista del doctor Balaguer en el poder.
El PLD ha demostrado bajo el liderazgo del Presidente Leonel Fernández que el sentido de la unidad táctica es fundamental, por lo cual ha establecido una sumatoria de todas las fuerzas y grupos, así como grupúsculos para validar su predominio electoral. Para esos fines dentro del ejercicio de la táctica política entendió la necesidad de restablecer la bipolaridad electoral debilitando al Partido Reformista Social Cristiano, de por sí a la deriva ante la ausencia de su líder fundador. En ese proceso la desaparición del Partido Reformista coloca al PLD en una posición de fuerza aglutinadora de una parte del sector liberal históricamente bajo el influjo ético de Bosch y el sector conservador de derecha.
El PRD tiene que tomar conciencia de que tiene que elaborar una táctica política adecuada que unifique la mayor cantidad de sectores sociales lesionados con la política actual del régimen, no importa las diferencias en el pasado o los distanciamientos ideológicos, para articular una fuerza política de cambio creíble y con autoridad para proponer un modelo de desarrollo económico y humano diferente.
Para ello el PRD debe pensar en la necesidad de abrirse políticamente, de aglutinar sectores, reconquistarlos frente a la gravedad del momento actual y frente a un Partido de Gobierno envalentonado con un líder cuya capacidad de persuasión y encantamiento no sufre desgaste importante hasta ahora, constituyéndose en un referente extraño, sin precedentes dentro del ordenamiento democrático.
De nada valdrá el discurso contestatario ni la épica gloriosa del Partido Revolucionario Dominicano, si no pacta con la mayor cantidad de sectores, sino modifica su propio sentido de apropiación teórica y aprende de la realidad actual sus valiosas enseñanzas que explican los cambios presentes.
La fortaleza que exhibe el Gobierno puede ceder si el PRD asume el reto histórico y se presenta blindado con una escogencia de fuerzas sociales y figuras representativas en un pacto grande de nación, en un nuevo liderazgo que visualice el destino nacional como obra táctica de grandes y sabias decisiones, de grandes renunciamientos individuales y de generosidades colectivas