Hay un dicho muy conocido entre los políticos y, desde luego, por los grandes capitanes y marineros: cuando el barco se hunde las ratas son las primeras en salir huyendo. Esto a propósito de la pálida y la preocupación ya casi oliendo a pánico de los testaferros, los corruptos, los vividores y los que por 20 años han estado mamando de las tetas del gobierno, es decir Arena.
Abogángster (sinónimo de estafador) como los miembros del foro permanente por la libertad, grupo de fachada de Arena, saben que la comida frita se les termina, vislumbran un periodo de vacas flacas y no se resisten a vivir como la mayoría de salvadoreños, trabajando honradamente para llevar un alimento sagrado a sus hogares. Los abogángster, como Luis Gómez Zárate, Kirio Waldo Salgado, Ivo Príamo Alvarenga, Arturo Argumedo o el periodista vendido Raúl Beltrán Bonilla (mamando desde hace largos años de las tetas de la PNC) no defienden libertades ni están a favor de la democracia, la paz social, la solidaridad, el bien común o la justicia. No, estos son energúmenos, piratas de la palabra, especimenes a sueldo del partido Arena.
El resultado de las encuestas de opinión pública donde el partido FMLN y su candidato presidencial Mauricio Funes, sacan una considerable ventaja al partido Arena y al ex policía fracasado Rodrigo Ávila, ha sacado de sus cuevas a los burgueses y a los propietarios del partido en el gobierno. Sus asesores les han recomendado echar mano de todos los recursos posibles para tirar cortinas de humo, emitir decretos ejecutivos, aprobar de urgencia leyes en la Asamblea Legislativa y otras medidas paliativas para tratar de recobrar terreno y engañar nuevamente a la población.
Asimismo, ya hace rato comenzaron con las campañas sucias utilizando a los testaferros mafiosos y a los medios de publicidad, encabezados por el dinosaurio de el diario de hoy, en un afán por llevar miedo a la población, maniobras que les han dado resultado en años anteriores. Ahora la situación es distinta, pues los salvadoreños ya se cansaron y entienden que le han dado 20 años al partido Arena para realizar cambios y combatir lacras sociales como la pobreza, la marginación e impulsar reformas estratégicas en el campo de la educación y la salud. Nada se ha producido y el pueblo ha tomado la sabia decisión de probar con un gobierno distinto.
Ya las amenazas del comunismo o de gobiernos iguales al de Fidel Castro (ya quisieran en su fuero interno los testaferros tener un dirigente de la estatura moral e intelectual del comandante Castro) o Hugo Chávez, no asustan ni crean recelos entre los salvadoreños, muchos de los cuales por cierto han estado en Venezuela y Cuba operándose de cataratas y otras enfermedades de los ojos. Los antecedentes y las gestas históricas nuestras son de larga data.
Permanente anhelo de la comunidad salvadoreña ha sido alcanzar la justicia social en su seno y la efectiva soberanía como nación. El proceso histórico del pueblo de nuestro país tiene el signo doble de ese anhelo de libertad y soberanía. Será difícil encontrar un pueblo con menos espíritu de agresión que el nuestro. El Salvador no ha iniciado jamás una guerra y, en todos los casos, sólo ha recurrido a la llegada confrontación bélica en defensa elemental de su soberanía, para rechazar agresiones tan injustas como humillantes. Sin embargo, nunca jamás han claudicado los salvadoreños, por desigual y desventajosa que se presente una contingencia bélica, en la defensa de su dignidad como nación y de la integridad de su territorio.
Basados en esos antecedentes históricos no tienen sentido las acusaciones y las campañas de temor impulsadas por los testaferros mafiosos, por personas sin escrúpulos y vendidos al mejor postor, tal como ocurre con el costarricense Lafite Fernández o el alemán Paolo Lüers, quienes abusando de nuestra confianza se dan a la tarea de atacar abiertamente al partido FMLN y a su candidato presidencial Mauricio Funes. Por cierto, las leyes de la República prohíben a los extranjeros inmiscuirse en política. No padecemos de xenofobia pero para que un salvadoreño trabaje en Costa Rica, México, Chile o República Dominicana, cuesta mucho. A nosotros nos dicen guanacos porque somos solidarios y atendemos con cortesía a chinche y telepate. Que conste.
El FMLN no puede ir más allá de realizar cambios dentro de los límites que la Constitución le señala, no puede atropellar leyes ni ir en contra de la voluntad de los salvadoreños. Es lo que ha señalado y ha repetido su candidato presidencial. El lenguaje directo puede asustar o sorprender a los tímidos, pero en la complicada política internacional de nuestros días, la mejor diplomacia es la de ese lenguaje directo, claro, preciso, que no deja una afirmación en la sombra.
Sin embargo, el eco de esas palabras francas ha suscitado recelo en algunos sectores, tradicionalmente desconfiados y tímidos hasta el extremo. Son en síntesis, los mismos grupos privilegiados que en su momento atacaron al derechista José Napoleón Duarte y sus tímidas reformas, y que en el presente se rasgan las vestiduras ante la soberana decisión del candidato efemelenista de profundizar en la reforma fiscal, distribuir equitativamente el ingreso nacional, reactivar el agro y revisar las relaciones diplomáticas y comerciales, de acuerdo con el signo de los nuevos tiempos. Los enemigos de nuestra patria quisieran que un presidente fuera sumiso a sus dictados, que siempre aceptara la fatalidad de la división del mundo en zonas de influencia y no manifestara digna inconformidad en el reparto. Esos son los absurdos a que llega cierta equívoca noción del ?realismo? político, tanto en lo nacional como en lo internacional.
Las ratas salen en desbandada. Pero ni clarín bélico ni tambor demagógico. El nuevo plan de gobierno en camino es la voz de la gran mayoría de salvadoreños que lucha y se manifiesta en condiciones desventajosas, por su supervivencia, por dar a su pueblo una vida justa y una prosperidad basada en el trabajo y por hacer digno, respetable, vigente, el derecho de todos los débiles.