
(Antes de continuar... Lee la primera parte)
María tomó un sorbo de vino, depositó con una seguridad abrumadora la copa sobre la mesa y se levantó. Puso un pie sobre uno de los huecos laterales de la silla de Verónica y, haciendo un poco de esfuerzo, se elevó sobre ella a la par que ponía el otro pie sobre la mesa. Se levantó la falda con ambas manos y su coño apareció hinchado y hermoso ante el rostro de su amiga.
Verónica aspiró el aroma sudoroso de un sexo tan caliente como el suyo. Luego hundió su lengua lo más adentro que pudo.
La movió vertiginosa, adentro y afuera, en el sentido de las agujas del reloj y como si marcase sus segundos al triple de velocidad. Luego relamió con avidez los bordes, arriba y abajo. Decenas de veces. Bebió del sexo de María como si fuera el último coño sano sobre la Tierra, y en su lengua se mezclaba su sabor con el de la copa de Valbuena.
Hasta que María decidió apartarse segundos antes de correrse, con el corazón latiéndole fulminante en la garganta. Siempre se retiraba las primeras veces, lo hacía porque le gustaba alargar los preludios.
Se bajó de la silla y de la mesa con la misma parsimonia con la que se había subido y volvió a sentarse en su sitio. Cuando miró a Verónica ésta se relamía con lentitud callada los restos de su ración de sexo. Sonrieron y siguieron bebiendo. Y así fue como el mar comenzó a llegar esa noche a las playas de una isla, virgen y huérfana. -.-
Y una noticia interesante... en el primer comentario
*foto: The Temptress, de Jack Vettriano
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