Libia siempre ha sido vista como un desierto, una frontera de Sol y arena, enemiga las más, ignorada el resto de veces. Alrededor suyo se alzaron Imperios, que la dominaron, subyugaron o lucharon contra el país de las arenas.
Cartago, Roma,
Bizancio, Vándalos o los propios egipcios, a Libia siempre le ha costado hacerse un sitio en
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el mapa, alcanzar un mínimo resquicio de dignidad histórica, un mero apunte que separe al país de un líder
mediático y sus treinta guardas vírgenes. Dentro de su rica historia, por poner nombres propios, quizás tengamos que destacar a dos significativos personajes: el faraón
Sheshonk y el César
Septimio Severo.
Sheshonk se alzó con el cetro de
Egipto armas en mano. Durante las guerras del país del Nilo contra los Pueblos del Mar (los filisteos de la Biblia), cuantiosos contingentes humanos emigraron desde la cercana Libia, la mayor parte entrando a formar parte de los contingentes de mercenarios del faraón
Ramsés III (soberano, el último de los importantes, del Imperio Nuevo Egipcio).
Sheshonk intentó restablecer el poderío de
Egipto, teniéndose constancia escrita en la Biblia de sus campañas por la
Medialuna Fértil.
Septimio Severo no fue menos relevante. Consiguió restablecer el orden en el Imperio Romano después de la caída del último emperador antonino: Cómodo, hijo de Marco
Aurelio. Los romanos siempre le conocerían por ?el africano?, al igual que
Sheshonk, siempre fue extranjero dentro del imperio que dirigió: de hecho, se guardan testimonios, un tanto peyorativos, de cómo pronunciaba la lengua de
Virgilio.
Leptis Magna fue la ciudad que vio nacer a
Septimio. Sus imponentes ruinas, aún hoy en día, la configuran como una de las mayores joyas de la Antigüedad, quién sabe si no estamos hablando de la ciudad romana mejor conservada en el orbe. El Foro de
Septimio y sus famosas medusas, o su imponente teatro, son meras muestras del esplendor alcanzado por esta urbe: pasto, primero de los
beréberes, después del desierto. Realmente,
Leptis, la no menos esplendorosa
Cirenne, Berenice (actual Bengasi), Trípoli o el oasis de
Gadamés, son algunos de los lugares más sorprendentes de todo el norte de África. Pese a aquello que pudiera
deducirse al contemplar, sin condicionante alguno, el país de
Gadafi, Libia es un lugar de contrastantes, aleccionador como pocos. Una primera conclusión coherente con su estudio bien podría ser ésta: ver cómo la gloria y la prosperidad son tan idílicas y placenteras como temporales, por sí mismas, transitorias y perecederas.
Libia deviene un espejo desde el que observar los rigores del Cambio Climático. Sus tierras fueron otrora mayormente fértiles, ricas en oasis y en especies animales como el elefante
norteafricano (animal que sirviera de buque insignia en las tropas de
Aníbal). Igualmente, el país guarda en su haber importantes reservas de hidrocarburos (muestra de
cuán importante fuera la
biomasa antaño existente en el lugar), así como un auténtico ?mar de agua dulce? en las profundidades del desierto.
El proyecto del ?Gran Río Libio? constituye una de las obras faraónicas, nunca mejor dicho, de mayor interés, coste e implicaciones. El plan hidrológico de
Gadafi pretende trasladar el gran acuífero del desierto (y sus 150.000 km2 de agua subterránea) al litoral libio; en otras palabras, en él existe agua con la que poder
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construir una gran piscina del tamaño de toda Alemania.
Gadafi utiliza, junto a sus caprichos, los cuantiosos
petrodólares recibidos, desde Occidente, en construir esta obra, sin duda alguna, digna de ser mencionada en los libros de historia de la Humanidad venidera. Pese a todas estas promesas de auge económico, advenimiento de Libia como potencia geopolítica del lugar, socio privilegiado de Occidente, existen graves paradojas que no disponen de automática solución.
El año 1986 los
EEUU atacaron las principales urbes del país: Trípoli y
Bengasi, muriendo multitud de civiles (entre ellos, la hija de
Gadafi). De ser acusado de organizar el atentado de
Lockerbie, el de la Discoteca La
Belle de
Berlín o apoyar al palestino
Abu Nidal, ha pasado a ser uno de los socios de mayor importancia para la
UE, unión económica, más que europea...
No hay duda de que Libia ha progresado. Trípoli es una de las ciudades con mejor calidad de vida del continente, monumentos como la ciudad de
Leptis Magna (junto con sus tranquilas y bellas playas de alrededor) amenazan con convertir al país en un eminente gigante turístico. Nadie sabe qué pasará cuando llegue el agua al litoral, como tampoco nadie sabe lo que pasará cuando muera
Gadafi. Su régimen ha sido sanguinario, odiado por Occidente, sus pilares discutidos (promover la unidad árabe, neutralidad internacional...), pero el caso es que Libia renace como nunca, negocia con el capitalismo y se convierte en suculento pastel. Después de todo, ¿qué es la diplomacia sino el arte de saber utilizar los contrastes y las antítesis en busca del interés patrio?