Por Ramón Flores el 22-Nov-2011 |
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Una de las razones que se proponen habitualmente para justificar el éxito del fútbol a nivel planetario es su naturaleza discreta; no en el sentido de silenciosa, que no lo es, sino significando que en cada partido se producen un puñado de picos de enorme interés ?goles, ocasiones, etc-, más bien escasos, que concentran lo que acaba confiriéndole su individualidad. Esta característica permite que el fútbol sea fácilmente empaquetable en resúmenes, y también la aparición cada poco tiempo de circunstancias llamativas, positivas, negativas o simplemente exóticas, que el espectador no olvida y por tanto dotan al partido en el que suceden de un halo de inmortalidad. No exageramos al afirmar que en muchas ocasiones, la esperanza secreta de que aparezca el evento en cuestión nos anima a presenciar partido tras partido, aunque no sintamos vinculación afectiva alguna con los contendientes y el juego que estemos contemplando no esté resultando brillante. Sabemos que es fútbol, y que en cualquier momento puede saltar la liebre.
El sábado la perla apareció en el DW Stadium, y quizá como recompensa a los que mantenemos esa casi infantil mezcla de expectación y curiosidad, por partida doble. No hablaremos demasiado del partido, aunque los futbolistas de Wigan y Blackburn merecen que se recuerde el espléndido 3-3, la agonía vivida sobre el césped hasta el último segundo, dos goles españoles, y cómo quizá este punto sea fundamental para alejarlos a final de temporada del infierno de la Championship.
Nos fijaremos en cambio en dos lances que al menos el arriba firmante jamás había presenciado en un campo de fútbol. Con 2-1 en el marcador, David Hoilett deposita el balón con la mano en la media luna del córner, y un momento después llega Pedersen para, ante la incredulidad general, salir jugando tranquilamente el balón. No centrándolo, pasándolo o intentando el gol olímpico, no, no, nada de eso. El amigo penetra paralelo a la línea de meta, cuando le apetece mete el centro raso, el portero Al-Habsi ?que estaría esperando a despertar- se la traga, y empate a dos. Increíble. Ni expulsiones, ni penaltis, ni goles anulados, ni fueras de juego; el de Mr. Marriner es uno de los errores técnicos más llamativos y graves jamás vistos en un árbitro profesional. Parecido en apariencia a truquitos como el de Recoba y Estoyanoff, muy diferente en realidad.
El partido sigue adelante, llega el descuento, el resultado es apretado y, como ocurre cada vez con más frecuencia, el portero sube a rematar: se trata de Paul Robinson, con esa ilusión en la cabeza que muy escasos cancerberos ?inolvidable Palop, frustrado Songo?o- han visto colmada. Pero aunque sea una vez al año eso ya se ve de cuando en cuando, y ha quedado dicho que esta noche es absolutamente especial. Así que cuando su equipo saca el córner y el balón vuela, el pobre Robinson recibe una patada de Kung-Fu que firmaría un Charlie Chan en plena forma. Luego cayó el empate, pero levanten el dedo o pónganlo en comentarios si antes vieron a un portero recibir un penalty. Uno de esos días en los que el fútbol entra en el dominio de lo bizarro, lo surrealista o lo kafkiano. Ver para creer.
Vídeo del partido
DDF | Los cinco momentos de Paul Robinson
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