Por Antonio Agredano el 19-Jan-2012 |
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Hay argumentos para defender a Mourinho. Por más que la prensa muerda la carne, por más que el aficionado se sienta traicionado, hay un puñado de motivos para entender el planteamiento del técnico portugués en el Bernabéu. El punto de arranque es indiscutible: este Real Madrid ha sido incapaz de ganar a su archienemigo jugando con sus mismas armas. Era hora de que el técnico mejor pagado del mundo justificara su fama de estratega y propusiera un once que debilitara el boyante planteamiento blaugrana, una trama que entorpeciera el juego directo y ganador de los hombres de Guardiola.
Por ahí iban los tiros. Con Lass y Pepe en el mediocampo y una pareja de laterales que pretendían, muy a priori, aprovechar las recuperaciones del mediocampo y atenazar, muy a priori, las subidas de Alves y Abidal. Este último marcó un gol, añado como resumen del éxito del dibujo táctico. Arriba tres satélites intimidantes, Benzema, Higuaín y Cristiano Ronaldo, más pendientes de imposibilitar la salida limpia del balón que de elaborar juego. Su misión era, como en una suerte de Humor Amarillo, correr detrás de los balones disparados por los cañones de Navarone de la retaguardia. Me niego a juzgar a Mourinho con base en la estética. Es un argumento tan laxo, tan alejado de la esencia futbolística, que he tenido que quitar la radio esta mañana. Si asumimos que el fútbol es un negocio, no podemos entender que la belleza supere las victorias. No digo nuestro disfrute, no digo nuestro interés, pero vamos a reconocer de una vez por todas que el fútbol es un juego donde se gana y se pierde, no es el Circo del Sol de la pelota ni una película de John Ford, por más que Pepe insista en ser un John Wayne de andar por casa.
Por poner un ejemplo, McDonalds no puede vender entrecot de buey a cinco euros por más que el entrecot esté más rico que sus chiclosas hamburguesas, ni Renault puede fabricar Porsches y venderlos al precio del Twingo, por mejores que estos sean. Ayer el Madrid tenía que ganar o al menos no recibir gol en un partido que no sólo servía para llegar a semifinales sino para desquitarse de una vez de un Barcelona que se ha convertido en el correcaminos inalcanzable para el coyote Mourinho. Cuando vimos el once pensamos en una fórmula mágica, desconocida, críptica, pero extrañamente fascinante. Nadie sabía que iba a surgir de mezclar en una vieja cazuela todos esos ingredientes. Habituales, Xabi Alonso, Ramos, Benzema, Cristiano e inencontrables, Altintop o Carvalho.
Decía ayer por Twitter que Mourinho se ha hecho grande jugando como un pequeño. La base de su éxito es el pragmatismo. Sólo el Chelsea pareció jugar a algo parecido a fútbol pero cuando se enfrentaba a equipos de primer nivel su fútbol se apaisaba y su verticalidad tornaba en horizontalidad y presión. No estamos hablando de un entrenador firme en sus ideas, sino de un estratega o más bien, en un sastre del juego ajeno. Mourinho es buen entrenador porque tiende a elegir bien como jugar en contra de otros equipos. Sabe amoldarse al rival como un traje de neopreno, asfixiarlo, desesperarlo, y sacar tajada. El Madrid no ha firmado a un entrenador de método depurado sino a un canchero con resultados óptimos, con títulos, con credenciales que demuestran que eso también es fútbol. Y tiene su mérito. Ayer intentó hacerle un traje a Guardiola pero mezcló rayas con cuadros. Acertó en el planteamiento pero equivocó los nombres. Consecuencia, por cierto, de una deficiente motivación de la plantilla, un debe habitual en los equipos de Mourinho. La genialidad ayer se convirtió en torpeza y el 1-2 tiene poca discusión.
La pregunta es si el Madrid quiere jugar así, si necesita un técnico con este perfil. Yo creo que sí, por una razón: la superioridad del Barcelona ahora es tan desquiciante que ponernos estupendos y hermosos sobre el césped sólo nos llevaría a la desesperación. Los fines imposibles conducen a la melancolía. De nada le sirve al Madrid jugar bonito frente al Granada o al Ajax si diez días después el Barcelona te va a borrar del mapa. El Madrid necesita títulos, necesita ganar, ser más regular, entregarse, sobremotivarse, para quitarse de una vez de encima la pegajosa sombra del Barcelona. Y para eso Mourinho es el técnico ideal, por más que pese a los gourmets del balón. Por más fácil que le ponga el trabajo a los periodistas, como juncos mecidos por el viento, en las derrotas.
Este equipo necesita la paciencia que no se le está dando. Si el aficionado quiere espectáculo, que se haga del Barça. Que queme las camisetas de Zidane y se haga fotos para el Facebook en Canaletas. Sólo el equipo de Guardiola ha logrado unir vistosidad y eficacia en los últimos años. Su juego pasará a la historia de este deporte. El madridismo necesita otra cosa, por el momento. En esta encrucijada lo mejor es adaptarse a las circunstancias, por más adversas que sean. Lo de ayer es una anécdota en la agitada búsqueda del Madrid por lograr títulos. Si gana la Liga esta eliminatoria será polvo. Si araña en la Champions no hablaremos de Pepe en un par de meses. La parroquia debe ser honesta. Si quiere disfrutar con el fútbol, que vaya a su tienda de deportes más cercana y compre una camiseta de Messi por ochenta euros. Si quiere que el Madrid retome el camino de la victoria, sufra junto a Mourinho. Sepa perdonarle. Desdramatice sus situaciones y piense que en el fondo ambos quieren lo mismo: que el Madrid gane, de una vez por todas, al Barcelona.
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