Es muy curioso observar cuán común es tener la posibilidad de ver filmes sobre la biografía de Espartaco durante las festividades de Semana Santa. Junto a la Pasión de Cristo, el Éxodo de Moisés y la multiplicación de los panes y los peces, toda película ambientada en Roma parece ser pertinente durante estos días, para el total regocijo de quienes aman la historia, especialmente la de los romanos. Sin embargo, no deja de ser curiosa la extraña relación existente entre Cristo y el tracio.
Sin lugar a dudas, a juzgar por los testimonios que nos han llegado, ambos tenían claramente una cosa en común: ser hombres del pueblo. Intentando ir más lejos, no sin cierta osadía, me atrevería a afirmar que el anhelo de ambos fue uno mismo, permanecer vivos en lo eterno del recuerdo, en la gloria de sus gestas y ejemplos de sus actos. En ambos casos nos encontramos ante dos sujetos objeto de alegoría. Las biografías de tan extraña pareja son convulsas y ambiguas. Muy genéricamente podría llegar a afirmarse que han sido
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estandarizados uno por la derecha, otro por la izquierda. Lo sempiterno de la lucha de clases bien podría justificar la similitud entre ambas vidas. Más allá de la nación, el derecho común, la autodeterminación o la libertad de los pueblos, en ambas vidas medra el ansia de sobrevivir, de libertad, de ser soberano sobre una propia vida. Definitivamente, debemos ser sumamente cuidadosos con lo que leemos o miramos. La verdad no es la verdad, aunque lo digan Agamenón y su porquero. Todo son matices, retales que debemos ir recopilando para tejer nuestra propia manta de conocimientos. Textil condenado a ser diferente del de los demás, ejemplo de cuán necesaria es la libertad de expresión, y ante todo, el respeto.
Tanto Cristo como Espartaco tienen su propia silueta dentro de mis creencias. Ambos son núcleos de los que irradian ideas y convicciones, tantos prejuicios como historias. Es imposible conocer inmunemente a ambos sin ser objeto de interesados matices y tendencias. Espartaco es la metáfora del obrero contra el patrón, el patricio y el esclavo. Cristo es la alternativa frente al orden correcto, la resistencia en busca de gloria enfrentada a la gloria en resistencia. Ambos personajes son víctimas de un, difícilmente estructurable, cambio intertemporal; pese a todo, es necesario hacer el intento.
Quizás Espartaco fuera un asesino corrupto y el Mesías un agitador, podrían buscarse indicios. Sin embargo son abanderados de algo menos infame, no por méritos propios meramente, sino, más bien, por la necesidad del hombre de buscar orden entre el Caos, ejemplo en lo relativo. Pese a las libertades que nos acompañan como ciudadanos del siglo XXI, seguimos siendo vulnerables (quién sabe si más) a lo que opina el resto. Es difícil escribir, más aún publicar, contra ?natura?, ser crítico sin perderse en el mal de los sentimientos. La política muchas veces nos aparece como medio controlador más que como alternativa con la que poder controlar nuestros sueños. Ante el conflicto de polos (riqueza-pobreza) muchos anteponen la historia de Espartaco a la de Cristo, como pudiera hacerse con César y Constantino, con Teodora y Justiniano. Las comparaciones tienen más de mítines que de biografías contrastables. Leer fuentes alternativas, a la vez que ser crítico con la ?caja tonta?, nos permite contrastar ideas y abonar reflexiones.
Me gustaría decir algo, una vez más, sobre la crisis yugoslava. Curioseando el libro: ?
Yugoslavia y los ejércitos: la legitimidad militar en tiempos de genocidio?, de Xabier Agirre Aranburu (Editorial Catarata), topo con una información curiosísima, una contingencia de la que nunca me habían hablado. Una grave contraposición entre los valores encarna
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dos (o mejor dicho, que se han hecho encarnar) por Cristo y Espartaco fue la Guerra Civil Española, corral por el que pasearon los gallos de mejores espolones, afinando para la tragedia que fuera la 2ª Guerra Mundial. Dentro de las historias, varias y manipuladas, del conflicto me llama la atención una especialmente mencionada en el libro citado. Unos, aproximadamente, 1.500 combatientes yugoslavos formaron parte de las Brigadas Internacionales, sobreviviendo sólo unos 300. La mayoría de sus conciudadanos cayeron en el frente de Aragón, para pasar a ser ignorados.
Las contradicciones de la historia son mayúsculas, tan variadas y variables como los intereses de quienes la dirigen. Seguramente ni un bando ni otro fue bueno, de ello no tengo dudas, pero sí que creo que unos jóvenes extranjeros venidos de fuera en defensa de unos ideales son dignos de admiración, objetos de agradecimiento. Tito les honraría como a héroes, los ?luchadores españoles?, de hecho, el Mariscal colaboró en su reclutamiento, en un principio en defensa de un proyecto pro-ruso, que luego pasaría a ser conflictivo con el soviético. Unos fueron a evitar lo que luego sufrirían sus familias. Fracasaron en preparación y resultados. Murieron por unos ideales no remunerados, que les matarían, en la vida y en el olvido.
A mí (joven criado en democracis) no es eso lo que me enseñaron sobre los serbios, ni tampoco sobre los yugoslavos. ¿Y si Ítaca fueran ellos? ¿La diversidad compartiendo Estado? De todas formas, cerrando ya el libro y el artículo, me ha encantado saber de estos jóvenes mártires que no alcanzaron a ser Cristo o Espartaco. Hasta el momento no me han manipulado suficientemente, por ello, ¡quisiera hacer un breve homenaje a los que soñaron con Yugoslavia (no sin cierta utopía) y la unión de hombres libres! No fueron espartacos en fama, quizás lleguen a serlo, algún día, en el recuerdo...