1.
Cuando era niño, en mi barrio había un pequeño macarrilla al que conocíamos como ?Ludo?. Su madre era francesa y su nombre completo era Ludovic. Era el típico niño malote que siempre estaba acompañado de una serie de comparsas a los que dictaba sus órdenes como un general en época de guerra. Tráeme esto, dame el dinero de tu almuerzo, ve donde aquel y dile de mi parte que?, etcétera. Quienes con él estaban siempre acataban sus mandatos. Así había sido desde el principio de los tiempos y así habría de ser hasta el final de los mismos.
Por una razón sencilla ?todos mis amigos estaban fuera de vacaciones-, un verano en el que no marchamos ?al pueblo? porque mi padre tenía que trabajar, terminé jugando todos los días con la panda de Ludo. No estaba cómodo con ellos, pero cualquier cosa era mejor que pasarme las mañanas rellenando los cuadernos de ?Vacaciones Santillana? que me esperaban en casa por decisión materna; decisión justificada, sin duda, pues aquel junio mis notas adquirieron un inusual, más desde ese momento habitual, tono rojo.
No estaba cómodo, no. Jugar con la pandilla de Ludo equivalía a ser un juguete con el que el hijo de la francesa se divertía. Los primeros días, quizá por la novedad de mi presencia, yo me libraba de sus órdenes. Para demostrar su poder, sin embargo, intensificó las destinadas a los demás. Sus mandatos iban desde lo práctico (mandar a un subordinado al kiosco a por sus chuches o cromos) hasta aquellas, absurdas e irracionales, que sólo encontraban su razón de ser en una demostración indiscutible de lo ilimitado de su poder con respecto a sus amigos (como por ejemplo aquella vez que ordenó a Pitu subirse a la rama de un árbol y cantar como un pájaro, lo que el pobre Pitu, obviamente, realizó sin pararse a pensar el porqué de aquel insólito mandato).
Pasaron los días, yo observando la disciplina interna del grupo y Ludo haciendo demostraciones cada día más caprichosas de su posición de poder. Pronto me di cuenta de que cualquier día me tocaría a mí y temía aquel momento con todo mi ser. ¿Qué prueba habré de pasar para poder seguir en el grupo? ¿Qué precio tendría el mantenerse alejado de los ?divertidos y educativos? cuadernos de Santillana?
Al fin, tuve la respuesta. Fue una tarde, a la salida de la piscina municipal. Caminábamos hacia ?la caseta?, el cuartel general del grupo ?una serie de maderas fingiendo ser paredes y un más que inestable techo de Uralita robada de una obra cercana-, cuando pasamos al lado de nuestra escuela. Mientras todos comentaban en alto sus recientes hazañas bajo el agua de la piscina, Ludo se quedó mirando la fachada del colegio. Me di cuenta de que algo tramaba. De pronto se paró.
- La ventana del despacho de dirección está abierta- dijo.
Pitu y los demás se pusieron casi a temblar. Conociendo a Ludo, sabían que esa descripción de hechos objetivos, ?ventana-abierta?, no tardaría en ser seguida de una orden hacia alguno de sus subordinados. Así funciona el pensamiento de algunos humanos: el conocimiento del mundo está justificado sólo en la medida en que intentan dominarlo.
- Joder, está abierta del todo- insistió-. Alguien tiene que entrar y robar hojas de exámenes.
Hojas de exámenes. El tesoro con el que todo delincuente infantil sueña. El cheque en blanco del conocimiento escolar.
- Dadan, te toca. Sube y tráeme todas las que encuentres ?me dijo.
El diablo reclamaba el pago debido. Era cuestión de tiempo. Sabía que ese momento habría de llegar y, por fin, había llegado.
Rápidamente estudié el caso. El precio que Ludo pedía por pertenecer a su grupo era, a todas luces, demasiado alto. Si me hubiera mandado subir a un árbol y cantar como un periquito, lo habría hecho, sin duda. Pero si me colaba en el despacho del director y me pillaban, podría tener antecedentes ya para toda mi vida escolar. Calculé los años de estudios que me quedaban antes del tiempo en el que supuestamente tendría que comenzar a trabajar. Era por lo menos el mismo tiempo que el que hasta entonces había vivido. Toda una vida, en fin, que podía estar marcada por el crimen que estaba a punto de cometer.
- No ?respondí secamente. Ni ?pa Dios?. No subo.
Ludo reaccionó extrañado.
- ¿Qué? ¿Cómo que no? ¿Pero tú quién te crees que eres?
Al punto se le sumaron todos los demás. Acostumbrados a acatar órdenes sin platearse que quizá ?pueden no ser acatadas?, mi negativa dejaba su actitud ante Ludo teñida de un cierto ridículo. Pitu, el más obediente de entre los obedientes, se cebó conmigo especialmente.
Alentado por sus subordinados y viendo que sólo atendería a razones, Ludo me ofreció el silogismo con el que siempre había terminado cualquier intento de motín en su banda. Un razonamiento que oí aquella tarde por primera vez, pero que he tenido que escuchar posteriormente cientos y cientos de veces:
- Si no lo haces, eres un ?cagao de mierda?, una nenaza, una marquita.
2.
Con el paso de los años he comprobado que muchas personas funcionan como Ludo.
Los Ludo, por propio interés, te lanzan una orden ante la que no hay salida. Si haces lo que ellos dices, eres a todas luces su subordinado. Así, si acatas sus órdenes una vez, estás perdido, pues reforzarás su posición y, a partir de ese momento, el sometimiento a sus dictados no tendrá fin. Serás, para siempre, su monigote. Lo serás a sus ojos y a los de los demás, pues no dudarán de jactarse públicamente de su poder.
Si, por el contrario, decides no hacer lo que te indican, te despreciarán. Serás para ellos una ?nenaza?, alguien sin el valor suficiente para hacer lo-que-se-debe-de-hacer, esto es, lo que ellos dicen. Tomes la decisión que tomes, te despreciarán, ya sea por hacer lo que te dictan como por no hacerlo.
Ante los Ludo, me temo, no hay salida.
3.
Estos últimos días he visto al pequeño Ludo encarnado en la tesitura que se le plantea a Rijkaard con el caso Ronaldinho. Al holandés se le ha lanzado un mensaje ante el que no tiene escapatoria. Se le exige que no alinee al diez brasileño.
Rijkaard, me temo, está perdido.
Si cede a la terrible presión que en este sentido sufre, quedará marcado como alguien incapaz de mantener el propio criterio. A ojos de los múltiples ?Ludos? dará un mensaje claro de acatamiento de las órdenes dictadas. Dictará, así su sentencia. Hoy es Ronaldinho, mañana, quién sabe, quizá él mismo.
Pero si le pone, si continúa con su decisión de contar con él, será entonces un cobarde. Se le acusará de no atreverse a hacer lo-que-se-tiene-que-hacer. Le dirán, como me dijo Ludo aquel día, que no hace lo que le dictan porque carece de valor para hacerlo.
Es la ?paradoja Ronaldinho? ante la que, ciertamente, el entrenador holandés no tiene salida. Haga lo que haga, en principio saldrá perdiendo.
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