Por pocote el 31-Dec-1969 | El diccionario Enciclopédico define palabra como sonido o conjunto de sonidos articulados que expresan una idea. Sin embargo, esa ya no es una definición de lenguaje, sino apenas una cita de historia antigua. Cuando escuchamos a los diputados de la Asamblea Legislativa pronunciarse sobre determinado suceso nacional o internacional o intentar exponer un razonamiento para emitir su voto favorable o en contra de un proyecto de ley, pronto caemos en la cuenta que las palabras han perdido su significado a fuerza de manosearlas malamente. Y todas ellas, en boca de políticos trasnochados, incultos, son lo de dentro de un jarrón vacío: puro aire.
Lo hemos presenciado en largas y cansadas jornadas discutiendo y hablando sandeces sobre la necesidad, ?importancia?, argumentan ellos, de incluir la lectura de la Biblia en las aulas escolares. Se han atrevido a decir (los diputados de la derecha) que con ello se contribuirá a disminuir y eventualmente a erradicar los índices de delincuencia en el país. Con ello implícitamente están afirmando que son los escolares, los niños y los jóvenes estudiantes los responsables del crecimiento de esta lacra social. ¿Le da usted otra interpretación a este uso de las palabras, del lenguaje, por parte de los ?padres de la patria?? El aprendizaje es un proceso, lo mismo la capacitación en determinadas profesiones, oficios o ramas del saber humano.
La lectura de la Biblia o de cualquier otro libro como la Divina Comedia, El Quijote de la Mancha, el Capital o Cien años de Soledad, ayuda a las personas, no sólo a los jóvenes, a adquirir conocimientos, a profundizar en temas específicos, pero eso no se aprende de la noche a la mañana, lleva un tiempo prudencial, como entender las tablas aritméticas, el idioma inglés o una materia como Moral, Urbanidad y Cívica que hace años se impartía en la secundaria. En las Sagradas Escrituras, como también se conoce este libro, hay mucho simbolismo, parábolas, leyendas y anécdotas. El Sermón de la Montaña, por ejemplo, no es cuestión de leerlo y memorizarlo, debe analizarse y discutirse su contenido y su mensaje ¿quién o quiénes serán los valientes que asumirán el papel de orientadores? Los profesores han sido preparados para impartir sus clases en una enseñanza laica, en plena libertad de cultos, la mayoría de ellos, no ha leído los textos bíblicos ni han recibido una adecuada preparación para leer e interpretar ciertos o la mayoría de pasajes ¿cómo entonces podrán conducir una adecuada discusión o debate en siete minutos de lectura que proponía el decreto de Ley acertadamente vetado por el presidente de la república?
Los diputados, no todos por supuesto, son buenos para proponer y presentar proyectos de ley totalmente ajenos a la idiosincrasia de los salvadoreños, casi nunca aciertan pues no tienen o han perdido la capacidad para elaborar y procesar ideas; pero son atrevidos y cada cierto tiempo pronuncian encendidos discursos y creen estar transmitiendo ideas, conceptos y frases. El diputado Almendáriz, por ejemplo, afirma recomendar la lectura de la Biblia porque fue el conocimiento de la misma y la ?aceptación de Cristo?, la fórmula encontrada para eliminar muchas aberraciones y vicios, como el odio hacia otros seres humanos. Silogismo que lo llevó a una conclusión acertada: si funcionó conmigo, también debe funcionar con otras personas. No se trata de ser ilusos, de copiar mecánicamente una idea u obra y tratar de trasladarla a nuestra particular vivencia.
A los ?padres de la patria? se los decimos por enésima ocasión: tiene la máxima importancia cuidar el lenguaje, sencillamente porque él es más que la fragua y el vehículo del pensamiento: él es el pensamiento mismo. La idea, el razonamiento, no se producen como algo enteramente abstracto, informe, sino nacen hechos palabras. No en balde, los niños lúcidos dicen que pensar es como ?hablar por dentro?. La misma Biblia dice que de lo mucho del corazón habla la boca. El filósofo del pueblo decía ?hablar sin pensar es como disparar sin puntería. Los partidos políticos son los principales responsables de llevar al seno de la Asamblea Legislativa a personas con graves deficiencias intelectuales, muchos de ellos con problemas para leer, ya no digamos para pronunciar con elegancia, sabiduría y coherencia un discurso. Muchos de ellos son unos payasos (con las debidas disculpas a los artistas de circo) y hacen de la comedia una verdadera ridiculez.
Las propuestas de ley deben estar enmarcadas en el profundo conocimiento, en el juicio colectivo y en el significado y resultado eficaz hacia quienes va dirigida. Lo mismo con el idioma castellano, ellos son los más obligados a hacer un uso correcto del mismo. Como lo decía don Miguel de Unamuno, en la lengua va el espíritu. Y un correcto sentimiento de nacionalidad, un concepto veraz de patria, pueblo y persona pueden torcerse y aun perderse cuando los términos del dominio sobre la lengua propia y las extrañas se invierten (pues hay una máxima que expresa: hablar bien el idioma propio y mal el extranjero) contrariando a los puristas. Lo diputados no sólo hablan mal, pronuncian pésimamente la lengua de Cervantes, sino que también legislan y tratan mal a los salvadoreños. Hablar con vacuidad (vacío, falto de contenido) es pensar con vacuidad, en consecuencia.
Señalar que los políticos salvadoreños, en particular los diputados, lanzan las palabras como baratijas, como confeti, como pompas de jabón, como humo, con meros sonidos, es decir que no usan las palabras como ideas, que son frívolos, no piensan. Nada más buscan tocar tímpanos y no cerebros. Y cuando, por definición de nuestra vida pública ?o por fatalismo de los tiempos--, se tiene que convenir que son ellos, quienes dirigen la nación, llevan las riendas de un país, uno tiene que echarse a llorar sobre la acera, a moco tendido, a grito abierto. Nos pasó a muchos cuando presenciamos esa solemne tontería de hacer ley la lectura obligatoria de la Biblia en las aulas escolares, o cuando los escuchamos sostener la pérfida tontería de que la expulsión del presidente Manuel Zelaya, en Honduras, no fue un ?golpe de Estado?, sino simplemente una ?suplantación? o ?separación? del cargo por violaciones reiteradas a la Constitución; o despotricar contra el FMLN por mantener escuelas propias de formación ideológica de jóvenes militantes.
Los diputados nuestros son dignos sucesores de Cantinflas, aunque lo tomamos como cosa cómica, pues hace reír precisamente por el absurdo mostrado: chorros, torrentes de palabras acompañadas de gestos traviesos, aspavientos deliberadamente antisolemnes, pero que en definitiva nada decían. ¿Qué hacer, entonces, cuándo los que se dicen llamados a dar el ejemplo del buen decir, de aprobar leyes de beneficio popular, de promover leyes para el desarrollo nacional, de llevar adelante los anhelos de independencia soñada por nuestros verdaderos próceres, a promover la paz, la fraternidad, el progreso y bienestar de los salvadoreños, tienen por cerebro un globo y por pensamiento un galimatías bastante barato?
Hay cosas que ya ni con el pretexto del folclor se admiten. Como dicho está los dirigentes de los partidos políticos están en la obligación de llevar como diputados a personas inteligentes, bien formadas y con capacidad de elaborar y darle pensamiento a las ideas y no simplemente asumir el papel de burros o chivos desde los curules. La cuestión es un tanto complicada pues también surge la interrogante ¿y quien elige a los dirigentes de las cúpulas partidarias? Porque también allí se encuentran seres sin preparación alguna, no sólo tartamudos, sino faltos de cerebro, de conceptos claros y de pensamiento firme. Como bien dicen los españoles ?Lo que natura no da, Salamanca no lo presta?.
Leído 6 veces

|