A pesar, de la debacle económica y de los intentos suicidas de Garzón y los neo progres por avivar los rescoldos de una guerra que acabó hace casi 70 años; la gente, de uno u otro signo, por lo general, no cree posible, ni viable un enfrentamiento civil de aquellas características.
Las motivaciones son muy diversas.
Unos porque se sienten muy cómodos en este nuevo régimen del despropósito y del disparate, entre estos, hay muchos, que incluso piensan, que es su modo de haber ganado una guerra perdida hace muchos años atrás.
Otros, quizás los más extremos, porque piensan que sus intentos de golpismos, de ?Operación galaxia? y de ?23 efes?, pasaron a la historia, con más pena que gloria, y que hoy en día, cualquier intento similar sería imposible y más, con un ejercito diezmado, minimizado a ong, y en manos de una funcionaria vulgar y ramplona.
Y la gran mayoría, porque, o bien por intuición, o bien porque lo hemos aprendido en los libros, o bien porque nos lo han contado nuestros padres; sabemos que una guerra civil, como aquella, es lo peor que le puede pasar a un pueblo y a pesar de las dificultades, que ya son muchas, nos negamos a revivir aquellas historias de odios y muerte, entre vecinos, entre hermanos, entre padres e hijos. Y además, porque sabemos, que esa sería la más pésima herencia que les podríamos dejar a quienes nos van a preceder.
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Sin embargo, de un tiempo a esta parte, y obviando la creciente delincuencia común callejera, estamos viviendo, casi de forma diaria, muchos sucesos violentos, ya muy preocupantes. Aunque, los más sonados vienen por parte de los independentistas gallegos, vascos o catalanes, que siempre van en aumento con sus kale borrokas, sus quemas de banderas españolas y sus amenazas; también existe un foco, no menos importante, de conflictos entre la inmensa población inmigrante que pulula por nuestras tierras; como por ejemplo, los 26 detenidos en Madrid por una reyerta; o los graves enfrentamientos en Roquetas de Mar.
Volviendo a la violencia abertzale, hoy mismo hemos tenido otro intento de atentado a un policía Nacional en Vizcaya, e incluso el otro día se atrevieron con el domicilio particular de la mismísima hija del Jefe del Estado, y aunque a esta última le restaron importancia diciendo que era obra de un perturbado, no deja de ser una muestra más de cómo van las cosas por estos lares.
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España es un polvorín, y nadie hace nada. La policía y la Guardia Civil parecen ser los únicos que funcionan en esta guerra, pero si la justicia es un cachondeo, las leyes lo mismo, la oposición es vergonzante y el desgobierno no sirve; poco pueden hacer las fuerzas de seguridad del Estado ante tanta avalancha de desmanes.
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Efectivamente, nadie quiere volver a una guerra, pero esto es insostenible. ¿Hasta dónde soportarán los españoles este desmadre?, ¿Hasta cuándo se prolongará tanta mansedumbre? Llegará un día, sin duda, en que, como otras veces ha pasado en nuestra gloriosa Historia, que de pronto, hastiado de la tiranía, al pueblo se le caliente la cabeza y asistamos a un exasperado y anárquico estallido del que los conflictos taifales pueden ser la chispa que haga saltar ese polvorín latente, alimentado ya por las muy variadas formas de violencia que hoy corroen la seguridad pública española. Y por fín, tendrá lugar, lo que en principio? nadie quería.