Por El laber el 31-Dec-2009 |
Algo que las mujeres tienen muy claro, aunque en los hombres también empieza a calar la idea, es que hacer nuestras necesidades fisiológicas fuera de casa puede entrañar algunos peligros. Ya no estoy hablando de aquello de pillar un chancro en un retrete en Tailandia, o de aquellos sitios con WC en los que no hay luz „para que no entren a picarse los drogadictos“ (verídico, oiga). No, me refiero a algo más cotidiano, que podemos encontrarnos en cualquier empresa y por lo que vamos a tener que pasar obligatoriamente, a no ser que prefiramos afrontar los peligros del bolo fecal.
Me estoy refiriendo a los retretes de plataforma (de nombre científico „inodoro turco“ o „placa turca“).

Aunque ya no es común encontrar este tipo de inodoro en locales públicos, todavía están bastante extendidos en lugares con una cierta antigüedad o, sobre todo, en fábricas con un gran número de trabajadores.
Su uso está tan extendido en este último caso porque, en teoría, es más higiénica su utilización al no haber contacto del cuerpo con el artilugio. De hecho, a raíz de una pandemia de cólera que hubo en 1990, los gobiernos de muchos países del mundo hicieron campaña precisamente para que se instalaran este tipo de retretes (en vez de hacerlo en un hoyo en el suelo, supongo).
Por otro lado, sus apologistas también dicen que obliga al cuerpo a adoptar la postura más favorecedora para excretar (y también para hacer saltos de esquí, por cierto), de manera que todo son ventajas.
En el mismo Japón -normalmente exquisitos en la pulcritud y la limpieza- se utiliza una variación de la placa turca, llamada “placa asiática”, que es básicamente igual solo que la persona se colocaría con las piernas abiertas justo encima del agujero de desagüe... Este es un error de diseño casi inexplicable en una cultura tan avanzada tecnológicamente, que sólo acierto a explicar como alguna reminiscencia cultural-medieval-fósil a la que, a veces, también son tan dados.
Volviendo a lo que nosotros podemos encontrarnos por aquí, yo creo que este tipo de retrete causa una serie de problemas operativos que prácticamente invalidan su uso. Por ejemplo:
-
Suelen estar situados en locales muy angostos. De hecho, la operación de entrar y cerrar la puerta ya obliga a ponerse directamente en la “zona cero”; huelga decir que esto ya entraña riesgos, como veremos a continuación.
-
Sus límites no suelen estar muy claros. Es decir, resulta razonable pensar que tal vez la distancia entre la placa y la pared forma parte de la “zona de libre disposición”. Incluso la misma pared. Y, aunque uno no lo vea así, seguro que anteriormente sí que alguien lo ha asumido de esa manera, decorando la pared con sus secreciones... que pasan a formar parte del paisaje hasta que una amable señora de la limpieza despeje de nuevo el área.
-
Como consecuencia de lo anterior, el peligro de un resbalón de funestas consecuencias está siempre presente.
-
El sistema de desagüe, aunque expedito y eficaz, no siempre resulta eficiente, dejando casi siempre algún tipo de panorama desolador. Para quién abandona el lugar de los hechos no es tanto problema, lo peor es para los que vamos a continuación...
Voy a narrar mi experiencia personal reciente con unos inodoros turcos de estos:
Recientemente instalados (lo cual los hizo favorables a que me animase a usarlos, porque de otra manera prefiero el bolo fecal a la corrosión y degradación de la que adolecen las instalaciones más antiguas), nada más entrar en el recinto ya aparece el primer problema. Como siempre, para entrar hay que ponerse bastante dentro de la placa. Para mi fortuna, no estaba muy sucia (sólo huellas de varias botas embarradas, algo normal cuando se trabaja en entornos de fundición).
Haciendo equilibrios para no caer ni meter el pié en una zona peligrosa y no tocar ninguna pared, consigo cerrar la puerta.
Llegado a este punto, llega el segundo problema: qué hacer con los pantalones. Evidentemente no se pueden dejar en caída libre, por evidentes razones. Esto obliga a sujetarlos con una o, mejor, dos manos. La posición de bajada debe ser óptima para garantizar una salida digna del trance.
La dificultad entonces estriba en como mantener el equilibrio en “postura aerodinámica” sin riesgo de una caída fatal, sin manos, sin fallar demasiado el objetivo (el agujero del desagüe) y -siempre, siempre- sin poner en peligro nuestra ropa.
La plataforma mojada no ayuda, desde luego.
Aquí tengo que recordar el antes mencionado diseño oriental, que pone al usuario de cara a la pared, con la posibilidad de agarrarse a la cañería bajante de la cisterna (allí lo llaman “tubería de los gruñidos”, por razones obvias). En el diseño turco clásico es muy difícil (aunque no del todo imposible, seguro) hacer tal cosa, así que quedamos en ese aspecto “abandonados a nuestra suerte”.
Vamos a saltar la descripción de la parte fisiológica del asunto, y el peliagudo tema del papel higiénico (que daría materia para otra entrada, o tal vez más), para ir directamente a la conclusión de la experiencia.
Tras colocarnos de nuevo los pantalones, nos giramos de nuevo y confrontamos la visión de la miseria humana. Ante ese panorama desagradable, lo mejor es tirar de la cisterna. Pero he aquí uno de los puntos débiles del dispositivo.
Evidentemente, no existe un consenso entre fabricantes y fontaneros sobre cuál debe ser la presión, caudal y dirección del chorro limpiador. El usuario final es quien paga, como siempre. Podemos encontrarnos chorros cual tsunami casera, que limpien el retrete y de paso nuestros zapatos (y pantalones, si cabe). Otras veces hay chorros flojitos que obligan a repetir el ciclo (esperar a que se llene de nuevo la cisterna, volver a tirar de la cadena,... una especie de “plan - do – check – act” escatológico). También son posibles combinaciones de lo peor de las anteriores (chorros brutales que dan en todos lados menos donde deben)... Las posibilidades son infinitas, casi todas malas.
En mi caso, suele ser siempre la combinación “manguerazo salvaje de baja eficacia”. Alejándome lo más posible de la cisterna, anticipando el golpe de ariete que se avecina, pego un tirón de la cadena y salgo disparado.
La puerta intercepta inmediatamente mi huida, mientras oigo a mis espaldas el infierno desatarse.
Sintiéndome como una mosca que se ha topado con un cristal, recojo lo que queda de mi dignidad y salgo del cubículo con los zapatos empapados, dejando atrás una mala experiencia.
Leído 9 veces

|