Por pocote el 05-Apr-2008 | Se les ve en las comunidades más apartadas, en zonas prácticamente semiáridas, donde es nula la presencia de instituciones gubernamentales, donde los niños si acaso llegan al primer grado, no sólo porque la escuela está a muchos kilómetros de distancia, sino porque esa mano de obra es importante en la economía de subsistencia. En Guatajiagüa, en la orilla del departamento de Morazán, el tiempo parece haberse detenido, en esa zona el barro surge de la tierra, como las espinas de güiscoyol, se torna en negro por el proceso artesanal de manos prodigiosas. Hombres y mujeres, muy pocos ya, nunca quitan sus manos, ni cuando también mueven sus pies. Muy pocos recursos para hacer crecer su imaginación. No se sorprenda pero apenas una página de periódico en el suelo, el barro preparado y las manos hacen el resto. Hace cuatro años el actual presidente en su campaña electoral llegó hasta la pequeña comunidad, enclavada entre cerros y riachuelos, les prometió el oro y el moro a los artesanos, habló con las mujeres les dijo que en su mandato no las olvidaría y que contaran con toda su ayuda. Al cabo de su periodo, jamás llegó la ayuda prometida, las condiciones son las mismas, pero ?las únicas promesas que valen, son las que se cumplen?. Los diputados también llegan cada tres años, cuando es tiempo de medir el caudal de votos, pero nunca concretan sus proyectos y nada más son esperanzas e ilusiones marchitas. Esos hombres y mujeres son ciudadanos de segunda categoría, no merecen apoyos ni nada, es más atractivo para los pocos turistas nacionales y extranjeros verlos en esas tristes condiciones, al fin y al cabo son simples estadísticas en el mapa de la ignominia. En Chilanga y Tenancingo, las manos doblan, entrelazan, buscan vías para la palma que va adquiriendo forma de sombreros. También los petates. Los días de tiangue o feriado llegan a las plazas de los pueblos lencas, a los centros a donde los compradores y acaparadores acechan desde los caminos mismos. La mayor parte de la energía consumida, en la artesanal tarea de escasa compensación, se va hacia las bolsas de intermediarios concretos allí, y desconocidos en los centros principales de la manipulación. Nunca se ha puesto en marcha un auténtico programa de promoción y ayuda concreta para esta humilde gente que crea los valores que producen la riqueza cultural. ¡ah, es cultural! Muy poco importa a los grandes financistas, a pesar de todo los acaparadores e intermediarios compran a precio de ¡me lo llevo! Vean esas creaciones en los centros de distribución de artesanías. Muy poco o nada se avanza en la creación de condiciones óptimas para tan raquítico trabajo. Al menos para que vaya quedando en poder de esa gente que fabrican los sombreros y los petates de palma los beneficios de esa específica economía que ofrece una naturaleza adversa y una explotación secular. La gran mayoría de hijos e hijas de estos artesanos ya no aprendieron el oficio de sus padres, optaron por emigrar hacia los Estados Unidos. Algunos envían remesas, otros de vez en cuando viajan al país a ver a sus familiares. Han comprado terrenitos y construido casitas. ¡por fin se convencieron que el gobierno sólo es promesas! Si de versas quisiera ayudarse a los artesanos del país, lo primero por hacerse es un censo puntual y concreto; luego podría adelantarse un fideicomiso del barro, de la palma, de la madera, de la fibra de henequén, etc., lo que beneficiaría a miles de salvadoreños humildes que desde siempre han aportado a la economía. Con un capital semilla, el fideicomiso pudiera adquirir la materia prima que se paga mejor a los productores, y se vende, a bajo precio a los artesanos, a quienes se les compran las artesanías a los mejores precios. Resultado: aumentan los beneficios de unos y otros. Una fórmula simple: voluntad para hacer las cosas. Porque, repetimos: ?Las únicas promesas que valen son las que se cumplen?. Por su parte, el Instituto Salvadoreño del Seguro Social, otra de las promesas de Saca en su campaña electoral, podría adelantar un decreto y aprobarse por la Asamblea Legislativa, para proceder a la incorporación en los beneficios de esa dependencia, de miles de artesanos que ahora están totalmente desprotegidos, bueno como la mayoría de salvadoreños. Al ver a los artesanos humildes de mi país, he sentido nostalgia, dolor y tristeza. Ellos siempre han tenido potencial, energía e imaginación, pero nunca gobierno alguno ha convertido la tristeza de sus ojos en alegría y luz hacia el futuro, por el contrario la política infame de desempleo, los relega, los obliga a la desintegración familiar. Al fin y al cabo, ¡son salvadoreños de segunda clase!
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