Por Ramón Flores el 06-Oct-2010 | El Arsenal es bonito, el Chelsea es bueno
Javier Azcargorta, en Fiebre Maldini.
Es difícil reflejar con tanta concisión y de modo tan lapidario lo que muchos aficionados pensamos del partido del otro día, en particular, y sobre todo de lo que han sido los dos equipos de Londres en estos años, en general. El Arsenal es el equipo chic por excelencia de la Premier, el disfrute máximo de los estetas del balompié que valoran por encima de todo el fútbol combinativo, el toque de balón y la posesión, por mucho que en ocasiones se caiga en la intrascendencia y una cierta melancolía muy particular. Imaginamos a Wenger cual una suerte de Scott Fitzgerald alsaciano, levantando un proyecto romántico de indudable mérito a base de jóvenes tan talentosos como etéreos, a la vez que recuerda con nostalgia cuando, menos talibán de su idea, construyó un equipo ganador que poco a poco sólo recordamos los más viejos del lugar. Uno mira a Van Persie, a Rosicky o a Arshavin y lo que se viene a la cabeza es e una delicada copa de cristal de Bohemia, los últimos acordes del concierto para piano de Grieg o una estancia vacía, nacarada y neblinosa en las profundidades de Versalles. La belleza del hielo. Algo hay de verdad en los que le encuentran parecido al Barcelona del dulce Iniesta y el toque perpetuo de Xavi; el Barça que hipnotiza y se gusta, que dibuja suave geometría y provoca suspiros entre las legiones de sibaritas que admiran la perfección de una pelota moviéndose suavemente, mecida, dominada por la voluntad y la técnica.
Es otra percepción la que provoca el Chelsea, sin duda. Sin más concesión estética que el precioso azul de su zamarra, lo que evoca la imagen de los Essien, Obi Mikel, Malouda o Drogba es la carga de la brigada ligera al ritmo de la batería salvaje de The Trooper, las patas de los caballos pisando cañones, los guerreros entregados al frenesí y los estampidos por doquier sembrando el campo de sangre y fuego. A los blues los entrena Ancelotti y antes lo hicieron Grant y Hiddink, pero lo que se percibe en su afilada verticalidad, en su voluntad de victoria y en el poderío de sus futbolistas es la impronta indeleble de Mourinho. No podemos estar más en desacuerdo con nuestro admirado Martí Perarnau, pues las virtudes que adornan a esta máquina, las que han sumado ligas casi sin cuento y han convertido Stamford Bridge en el Alcázar de Toledo, son las que inculcó el portugués a una escuadra a la que no ha hecho falta la orejona para sembrar el temor entre los adversarios. ¿Quién querría tenerlos enfrente en un semifinal europea? Ni siquiera el Barcelona, que ha sufrido más que nadie el binomio letal Chelsea/Mou. Y no hace falta recurrir al tópico de extremos que se tocan para apreciar cuánto une a las dos escuadras, una semejanza quizá no superficial, pero tan real o más como la que mencionábamos antes: el hambre de Essien es el hambre de Alves, no desentonaría el mejor Messi en el juego punzante de los británicos, Piqué es un Terry evolucionado, y pocos equipos poseen tal capacidad de presionar al rival hasta convertir el partido en un infierno y han conservado durante tantos años esa Wille zu macht de la que habló Nietzsche. El Barcelona que, directo e incontenible, ha ganado un título detrás de otro, es el que se parece a los de King’s Road. El que gana, y gana, y gana, y vuelve a ganar.
Fitzgerald o Hemingway. Chopin o Iron Maiden. Estética o victoria. Bonito o bueno. Arsenal y Chelsea.
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