Mario Benedetti escribió: ?Las emociones se han exiliado. Los sentimientos pasan a la clandestinidad?.
Sobreviviente de una familia en la cual llorar o reír eran reacciones naturales, me resisto a abjurar del ambiente afectivo y afectuoso en que viví de niña, y que reproduje cuando un golpe de la vida me transformó en adulta de repente, cinco hijos a cargo y un desamparo hondo que procuré llenar con trabajo y abrazos.
No me avergüenzo de sentir, ni de mostrarlo. Rechazo la etiqueta de ?Kitsch? que ahora le estampan al sentimentalismo. Por eso, este En Plural expresa la huella emocionada que en mi corazón y mi carácter dejó un ser humano igualmente sensible: mi papá. Francisco Prats-Ramírez.
Lo recuerdo esta semana con fuerza, porque nació un 8 de diciembre, en 1898. Solía comentarnos que la partera tuvo que aguzar los oídos para escuchar su primer grito, porque las cercanas campanas de la Catedral repicaban conmemorando la Inmaculada Concepción de María, fiesta de guardar en esa época.
A pesar de nacer entre tañidos y con el vaho del incienso ascendiendo al balcón de la calle del Conde donde vivían mis abuelos, papá no era practicante de religión alguna. Creía en Dios, gran arquitecto del universo como lo llamaba en su argot de masón, pero junto a otros jóvenes de su generación encontró en la razón y en las causas sociales la moral que otros/as buscamos en la fe religiosa.
?El Paladión?, una sociedad cultural que devino en tribuna de altos vuelos, era el espacio en que se nuclearon afanes, lecturas, utopías y batallas quijotescas. A través de las ventanas que ?El Paladión? abrió al mundo, penetraron en nuestro país vientos de Fronda que agitaban la ñoñez de esta sociedad provinciana.
Los miembros del Paladión (recuerdo algunos nombres: Carlos Sánchez y Sánchez, Jesús María Troncoso, Julio A. Cuello, Luis y Manuel Amiama, Virgilio Díaz Ordóñez, Armando Oscar Pacheco) se carteaban de tú a tú con grandes intelectuales de la época. El intercambio nutría sus energías con descubrimientos casi alucinantes de nuevas teorías y discursos.
En los escasos libros que pude conservar de la enorme biblioteca de papá, me deslumbran las dedicatorias de los autores: Rómulo Betancourt le agradece ?sus nobles batallas contra el gomesolato?.
Julles Supervielle lo abraza ?en la comunión de ideas y de ideales?. José Ingenieros lo saluda como ?uno de los jóvenes moralistas sin dogma de América?. José Antonio Mella lo felicita por su bello panegírico: ?Rosas Rojas sobre la Tumba de Lenin?, publicado en el diario La Opinión. Desde La Vega, un Juan Bosch jovencito le dedica en 1926 el poema ?Corazón?, en dos sustantivos casi fieros: a Francisco Prats-Ramírez: nervio y músculo?.
Luchador contra la primera intervención norteamericana, papá estuvo preso en El Homenaje, en la misma celda con Fabio Fiallo. Escuché en mi niñez las legendarias luchas de los gavilleros, en las visitas que Cayo Báez, ese héroe antiimperalista olvidado, hacía mensualmente a casa.
¡Ay! Parafraseando lo que Juan Bosch dijo de Hostos, a papá, ?pobre sembrador antillano, el ciclón no lo dejó recoger su cosecha?.
Secuela perversa de la Intervención, Trujillo arrasó junto al ciclón de San Zenón el semillero pródigo de intelectuales dominicanos. Mató a algunos, sonsacó a otros, engañó - o se engañaron- los que quisieron engañarse. El exilio fue el único camino para seguir viviendo, sin claudicar.
Responsable de una madre viuda, de mamá, y de mí, su hija única, enfermiza y frágil, papá no se atrevió a abandonarnos. Se quedó.
Durante diez años siguió oponiéndose temerariamente a Trujillo. En 1940 quedó prácticamente ciego, perdió su empleo como director de ?La Opinión?; estaba desesperado. El dictador aprovechó la brecha: envió a casa dos pasaportes diplomáticos a nombre de papá y mamá, una cita concertada con el mejor oftalmólogo de Nueva York, una foto dedicada, y una pistola. Vi llorar a papá. No supe cuánto significaba de ruptura ese llanto. Viajó. Recuperó gran parte de su visión, y al regresar, se inscribió en el Partido Dominicano, el único. Llegó a ser más tarde su presidente.
Los demás miembros fundadores del Paladión claudicaron igualmente. Ocuparon como papá posiciones importantes en el gabinete trujillista. Sin embargo, en la tertulia diaria de mi casa, en la seguridad de la amistad compartida se despojaban del alfabeto triste de las loas, y hablaban la verdad cruel de la Tiranía. Entre ellos, aprendí la lección que mas tarde papá le repitió a Fran, mi hijo adolescente, quien le preguntaba sobre su participación en el régimen: ?No permitas que en nuestro país surja otra tiranía, para no merecer de un nieto esta pregunta?.
Pobre, porque fue tan honrado y generoso como lo evoca Radhamés Gómez Pepín, dando más de lo que recibía. Vivió sus últimos años conmigo y mis hijos, en el orgullo de no tener la pensión que le rechazó a Balaguer con otra frase lapidaria: ?Joaquín, los que servimos a una tiranía no tenemos derecho a que nos premien?.
Después de que murió supe de él otras muchas cosas buenas. Escondió en su despacho del Partido a jóvenes opositores que partían al exilio. Salvó algunas vidas; protegió a muchos perseguidos.
Leonte Brea y Franklin Franco cuentan que papá conversaba largo, afectuosamente con ellos; resucitaba al verlos esperanzas de juventud perdidas en el huracán de 1930, sus convicciones antiimperialistas, socialistas, obreristas, reconocidas por Roberto Cassá en su libro ?Movimiento obrero y lucha socialista en República Dominicana?.
¿Perfecto? No, en absoluto, ?carne de pecado, vida de ruidos?, como se describió él mismo en mi álbum de autógrafos. Lo que sí es que me amó. No se exilió pero tampoco desterró sus emociones, me regaló el estupendo don del sentimiento.
Lo amo por eso. Amo su recuerdo que alerta mi independencia y mis rebeldías, mi deseo de responderle con mi vida. Exhibo este amor aunque me llamen ?Kitsch?.
http://listindiario.com.do/app/article.aspx?id=84431