Por CAMINO MISIONERO el 11-Apr-2009 | 
Pbro. Osvaldo Pablo Leone, Director Nacional de las OMP Argentina
«Cristo actúa en mil lugares, en cuerpos y ojos que no son suyos, haciendo que los cuerpos y los rostros de los hombres sean amables para el Padre» G. M. Hopkins
Algunas veces nos cuesta creer que Cristo esta vivo en los demás, en el que tengo al lado como en el que no conozco personalmente o esta lejos, y sin embargo es así. Nos traiciona la mirada superficial que frecuentemente tenemos sobre las cosas, sobre los demás y sobre nosotros mismos.
Recordemos aquel texto bellísimo de 1Cor. 12,12-26 y detengamos a mirar al Resucitado vivo y presente en nuestros hermanos, en nosotros mismos «Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo - judíos y griegos, esclavos y hombres libres - y todos hemos bebido de un mismo Espíritu. El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Si el pie dijera: Como no soy mano, no formo parte del cuerpo, ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él? Y si el oído dijera: Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo, ¿acaso dejaría de ser parte de él? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: No te necesito, ni la cabeza, a los pies: No tengo necesidad de ustedes. Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios, y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera. Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan, a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios. ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría. Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo». Claro que quizás tengamos que dejar algunos prejuicios y desconfianzas, miedos, para creer en la resurrección de Jesús y dejarnos ganar el corazón por su Presencia entre nosotros «No teman?» (Mt 28,5).
Creer en el Resucitado es mirar con ojos nuevos la realidad, es mirar como discípulos misioneros de Jesús, «Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su gloria entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro» (Ef. 1, 18-29).
Queremos mirar de un modo nuevo para ponernos al servicio del Reino, que vino para que todos tengan vida y «para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Nos ponemos al servicio del Reino en la compleja realidad que nos toca vivir, muy concientes de nuestra pequeñez, pero confiados en el Maestro que no abandona jamás a quienes en él ponen sus esperanzas.
Vivimos la Pascua de Jesús, reproduciendo en nuestro estilo de vida, su estilo de vida, su amor y obediencia al Padre, su compasión entrañable ante todo dolor humano, su cercanía a los más pobres y desheredados de nuestra sociedad. Lo proclamamos resucitado en un amor que sabe ponerse al servicio, haciendo visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los más pobres.
Que este año cuando digamos ¡Felices Pascuas! Nuestros hermanos puedan sentir y ver lo que dice S. Pablo en 2 Cor. 3,3 «Ustedes son una carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo».
En el contexto del estado permanente de misión en el que nos pide Aparecida que entremos, nos urge encontrar en esta nueva Pascua la gracia de la participación en el misterio pascual y el sentirnos como bautizados, incorporados en el Cuerpo de Cristo. La Pascua es ocasión para fortalecer nuestra fe y «recomenzar desde Cristo», llenos de entusiasmo y audacia evangelizadora, capaces de abrazar con el amor de Dios a todos y especialmente a los más pobres y a los que sufren.
Que María, la Virgen del sí, cercana, llena de comprensión y ternura -como la describe Aparecida- nos ayude a celebrar la Pascua , saliendo de nosotros mismos para ir al encuentro del hermano, en el cual Jesús nos dice una vez más «Miren mis manos y mis pies, Soy Yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo» (Lc. 24,39).
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