Por Martha Colmenares el 06-Jun-2010 |
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Es un hecho comunicacional que la diferencia de votos entre la victoria de Santos (46,6%) y la derrota de Mockus (21,5%), han dejado en total descrédito a las encuestadoras Invamer-GALLUP Colombia y a la empresa IPSOS-Napoleón Franco, que han causado daños además, con las consabidas consecuencias. tras precedir como es bien conocido, el “empate técnico”, 34% a 32%, entre Santos el candidato de la ?U? y Mockus del partido verde. Al respecto se refieren analistas reconocidos. Aunque no se sabe del todo cual fue el papel del aspirante de los verdes en todo esto. “Tuvieron la oportunidad de alertar a la opinión pública y no lo hicieron”, así que no hay excusas. Mintieron. Son algunas reflexiones de Baldomero Vásquez Soto en su artículo Colombia: la hora del CNE en Diario de América, quien previo a las elecciones alertó de la falsedad de los sondeos presentados. Por su parte, Fernando Londoño Hoyos en su artículo De triunfos y desastres, refiere que “entre los muchos daños que produjeron las disparatadas encuestas de opinión, el mayor de ellos fue impedir la elección en primera vuelta de Juan Manuel Santos como Presidente de la República”. Dice además que la segunda vuelta será “costosa y superflua”.
Colombia: la hora del CNE
Por Baldomero Vásquez Soto
Diario de América
Realizada la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, con la holgada victoria de Santos (46,6%) frente a Mockus (21,5%), abundan las críticas a las encuestas que predecían un empate técnico, 34% a 32%, entre el candidato de la ?U? y el del partido verde.
En verdad que el error de predicción en la votación de Mockus fue muy grande, 250%, cuando se espera sea igual a cero, respecto del valor mínimo del intervalo de confianza que oscilaba entre 29% y 35%, considerando que el margen de error muestral era +/- 3%.
Los representantes de las firmas encuestadoras han hecho frente a las críticas señalando que en la última semana hubo un giro imprevisto a favor de Santos en las tendencias de opinión, del cual ellos no pudieron informar porque se los impedía la legislación electoral.
La excusa no es cierta porque tuvieron la oportunidad de alertar a la opinión pública de ese giro espectacular en las preferencias electorales a favor de Santos y no lo hicieron: ni el Director de GALLUP-Invamer en sus declaraciones al diario ecuatoriano El Comercio del 26 de mayo, ni tampoco en las que suministrara un día después el Vicepresidente de IPSOS-Napoleón Franco al diario venezolano El Universal. Y al no hacerlo, contribuyeron a sembrar la duda en la opinión pública sobre la neutralidad de las encuestas y, también, en los conocimientos científicos producidos en el campo de la inferencia estadística para realizar predicciones tanto electorales como de otro tipo.
De cara a la segunda vuelta el 20 de junio, cuyo resultado es obvio, se impone tomar medidas que apuntalen la confianza de la opinión pública colombiana en la transparencia e idoneidad de las encuestas. Medidas en las que afortunadamente está pensando la Presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE) de Colombia, la magistrada Adelina Covo, y que ante el electorado vendrán a fortalecer la credibilidad en el máximo órgano electoral porque lo ve actuando apegado al principio de imparcialidad que establece la ley.
En la actualidad, la importancia de la actuación autónoma del CNE rebasa las fronteras colombianas. Ella haría visible que su sistema democrático se rige por la separación de los poderes, que las acciones de sus funcionarios electorales no están subordinadas a los intereses del Jefe del poder Ejecutivo, como ocurre en varias de las democracias sin demócratas que hay en varios de nuestros países, pero tampoco a intereses privados subalternos.
En materia de independencia del poder electoral, los casos de Uruguay y Brasil son ejemplarizantes. En el primero, el Tribunal Superior Electoral -que ha dirigido las dos últimas elecciones ganadas por el Frente Amplio- tiene nueve miembros y siete son de los partidos opositores. En el segundo, el Tribunal Superior Eleitoral ya ha multado este año al Presidente Lula cuatro veces por violar la ley al realizar campaña electoral anticipada (hecho inimaginable en Venezuela, donde vemos que a máximas autoridades de los poderes del Estado se les imparten órdenes por televisión).
Para enfatizar la inmensa responsabilidad del árbitro electoral como garante del derecho humano que es el voto libre, finalicemos citando el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos:
3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; voluntad que se expresa mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.
4/6/2010
De triunfos y desastres
Por Fernando Londoño Hoyos
Diario de América
No se ha dicho, como conviene, que entre los muchos daños que produjeron las disparatadas encuestas de opinión, el mayor de ellos fue impedir la elección en primera vuelta de Juan Manuel Santos como Presidente de la República. Si los electores hubiesen sido advertidos de esa probabilidad, se habrían economizado muchos gestos de cortesía, muchas adhesiones simbólicas y muchas constancias, que entre todas le arrebataron al candidato ganador el 3 y medio por ciento que le quedó faltando para cumplir la cuota constitucional. Ahora nos enfrentaremos al desgaste de una segunda vuelta electoral, inútil, aburrida y peligrosa.
Pero hagámosle buena cara al mal tiempo y tratemos de descubrir, en el oscuro panorama que nos aguarda, cosas buenas, lecciones importantes, conclusiones saludables. Y dentro de tal empeño será lo primero destacar que gracias a esta absurda segunda vuelta pudimos conocer, sin que quedara el menor margen de duda, las intimidades del Partido Verde. La celebración transmitida por la televisión tuvo esa virtud. Por ella quedamos suficientemente enterados de cómo sería la actuación de ese cuerpo colegiado de potenciales mandatarios, reaccionando ante graves hechos o enfrentando altos desafíos.
Los brincos desaliñados de Peñalosa, que no hubiera esperado ni el más severo de sus críticos, y la violación impúdica de Garzón a la Ley seca, fueron harto reveladores. Sobre todo en un partido que pregona el cumplimiento de la Ley como uno de los pilares fundamentales de su doctrina. Lo demás fue ver y oír al profesor Mockus predicando su limitado evangelio de lugares comunes y de repeticiones que desnudaban, por lo menos mejor que otra cosa, su estrechísima capacidad para la creatividad y el liderazgo.
Al mismo tiempo, valió esta experiencia para comprobar que en Juan Manuel Santos no tenemos solamente el demostrado estudioso de los temas del Gobierno y el riguroso ejecutor de políticas administrativas, sino un hombre de Estado de grande magnitud. Su discurso pasará a la historia como una página maestra entre las muchas de su género. Y el medio en que se produjo nos dio la más perfecta tranquilidad de que quedaremos en manos de una persona magnánima, creyente en lo que vale la pena creer y amante de las cosas que merecen ser amadas.
Los hechos subsiguientes tampoco han venido menos cargados de contenido y sustancia. El Partido Conservador demostró, tan tardíamente como se quiera, que todavía lo razonable puede prevalecer en la política colombiana y que más de 160 años de existencia afinan en estas instituciones instintos tan útiles como el de la supervivencia.
La dirección del liberalismo ha mostrado hasta la saciedad por qué trajo ese glorioso partido hasta las puertas de la desaparición no forzada. Sus seguidores se portaron mucho más inteligentes y dúctiles que quienes pretenden gobernarlos. Aún así, con todo lo compleja que resulte esa aparición tardía de los partidos que respondieron durante siglo y medio por la democracia liberal, contribuirán a componer para el 20 de junio una fuerza moral insuperable y un aparato político formidable. Que el liberalismo no venga en bloque sino con decisiones individuales a las tiendas de campaña de Santos tiene el saludable efecto de que no incluya la adhesión a Piedad Córdoba.
A Germán Vargas le quedó grande la grandeza. Una excelente campaña a la Presidencia y un majestuoso resultado no fueron suficientes para impedir que se mostrara lento, pesado e incapaz para los grandes gestos y las memorables decisiones. Debemos lamentarlo. Como dijera Churchill en hora cumbre, esperábamos un gato montés y nos encontramos una pesada tortuga.
Como se ve, una segunda vuelta costosa y superflua ha servido para aclarar ciertos rincones oscuros de la política colombiana.
4/6/2010
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