Por otra parte, hoy hemos celebrado con solemnidad la fiesta del Corpus Christi, y no quiero que se me pase la fecha, sin al menos hacer una breve referencia de la misma.
.Esta fiesta, junto con las que ya se aproximan del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, es una de las más queridas por mí. Se dá el caso que, curiosamente, si nos paramos a pensarlo, es la única que la Iglesia celebra dos veces.
Conmemoramos la Navidad, una sóla vez; así como la muerte del Señor, también una vez; así mismo la Ascensión, una vez; y así sucesivamente... Pero, la celebración del Cuerpo y Sangre de Jesús, hechas pan y vino, lo celebramos el Jueves Santo, día de la Institución de este Sacramento; y además, en el día que acabamos de vivir.
.Así, la importancia, que la Iglesia le da es máxima. Es el misterio del Amor con nosotros y en nosotros. En cuerpo, sangre, alma y divinidad.
.¿Cuantas veces, hemos escuchado, -yo soy cristiano pero no voy a misa, no comulgo-?. Eso es una contradicción en los términos. ¿Como se puede ser cristiano, sin tratar a Cristo?, sencillamente, imposible.
.Para terminar, quisiera contaros una anécdota, que a mí me impactó; me la contaba un sacerdote amigo, que por su gran labor apostólica, tiene a sus espaldas muchas vivencias de este calibre.
Este buen cura, me decía, que hace unos años, un indigente, un drogadicto, al que él solía ayudar con frecuencia, incluso dándole de comer en su casa, un día se llegó hasta él, con muy mal aspecto y con muy malas formas. Ni corto, ni perezoso, se encaró al cura, insultándo, increpando, de su boca salieron horribles barbaridades, contra "su Dios", contra la Virgen, contra todo lo sagrado, no dejó titere con cabeza, "bajó" a todos los santos y virgenes de sus pedestales y los puso de vuelta y media. Entre tanto, el cura oía, sólo oía y aguantaba el chaparrón. Bien sabía él, que en esos momentos, cualquier palabra hubiera sido inutil ante esa tremenda ofuscación, antes bien, el hablar hubiera dilatado más aquello. Pero él, no rehuyó, en ningún momento, el aluvión de atrocidades vertidas por la boca de aquel hombre, sólo permanecía quieto y oía.
Al cabo de un buen rato, cuando ya descargó todo su arsenal, calló. Era el momento. El buen cura, se levantó y sólo dijo, por favor, sigueme.
Ambos fueron a una capilla de aquel enorme Santuario donde el sacerdote ejercia su ministerio. En aquella pequeña habitación estaba la imagen de un imponente Cristo crucificado, en sus pies una breve leyenda: "Dime que más puedo yo hacer por tí".
Al llegar alli, el sacerdote le dijo al hombre, -mira esta imagen, mirala bien, mira sus manos clavadas, mira sus pies, mira su costado, mira su cara, lee bien lo que pone ahí, mira a sus ojos y ahora, por favor....repitele a Él, una por una, todas las cosas que me has dicho a mí. ¡Diselas!.
Se hizo el silencio, y allí habló Jesús, al cabo de un breve lapso de tiempo, el hombre estalló en lágrimas. Y de su boca salió una oración comparable a la de Santo Tomás, metiendo sus manos en las llagas del Maestro; el hombre entre sollozos, no paraba de repetir:
- ¿Cómo un crucificado, le puede decir nada a otro crucificado?.
Cuenta el sacerdote, que acto seguido, este pobre hombre, se pasó horas en esa capilla, donde también estaba el Santísimo Sacramento. A veces, los silencios de Dios, son muy elocuentes.
.La lección y el proposito que podemos sacar, es que estemos como estemos, aunque sea en presencia, nunca dejemos de acudir a hacer compañia a Jesús en el Sagrario, porque tiene mucho que contarnos, y nosotros mucho que escuchar y aprender.
Incluso hoy, en el siglo XXI, Él puede hacer milagros. Su sóla presencia ya es un milagro.
.Alabado sea siempre el Santísimo Sacramento del Altar.

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