Por Borja Barba el 03-Mar-2011 |
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El 15 de mayo de 1998 es una fecha marcada en rojo en la memoria de los aficionados más jóvenes del Athletic Club de Bilbao. Última jornada del Campeonato Nacional de Liga. San Mamés rebosa en previsión del éxito. Por primera vez, desde los añorados años dorados de principios de los 80, el Athletic está a punto de conseguir algo grande. El 1-0 (gol de Joseba Etxeberria) con el que se derrota al Real Zaragoza confirma lo que toda Vizcaya ansiaba: el Athletic es subcampeón de Liga, por delante de equipos como el Madrid ganador de la séptima o la Real de Kova?evi? y Craioveanu. Bilbao entero se echa a la calle para celebrar el título, aunque para algunos celebrar un segundo puesto suponga una deshonra para la historia centenaria del club. Imanol Etxeberría, Larraínzar, Carlos García, Roberto Ríos, Rafa Alkorta, Aitor Larrazábal, Josu Urrutia, Bittor Alkiza, Julen Guerrero, Joseba Etxeberría e Isma Urzáiz. Es el once modelo de Luis Fernández. Un once con notables limitaciones técnicas pero bien trabajado y cohesionado. Los minutos se reparten con futbolistas de recambio como ‘Cuco’ Ziganda, Javi González, Mikel Lasa, Txomin Nagore, Patxi Ferreira o José Mari.
La dosificación del esfuerzo es quizá una de las bases del éxito de un equipo de fútbol. Saber cuándo y a qué jugador hay que someter a desgaste y cuándo es conveniente darle descanso. Ser capaz de mantener un once de garantias pero, al mismo tiempo, siete u ocho jugadores de recambio con ritmo de partido oficial. Capaces de entrar en cualquier partido al campo y, al menos, no desentonar, ni física ni tácticamente. Gestión de plantilla, lo llaman. Técnicas de recursos humanos aplicadas al deporte. Parece sencillo, pero probablemente, en la práctica, no lo sea tanto.
Hace tiempo que vengo pensando que el éxito de un entrenador de primer nivel depende, entre otros muchos factores, por supuesto, del buen gobierno para con el grupo humano. La táctica es pura teoría. De poco sirven la pizarra y los esquemas, cuando existen, si la predisposición de la psique del futbolista no es la apropiada. La dosificación de minutos no tiene únicamente consecuencias psicológicas entre los integrantes de la plantilla. Los efectos físicos de la falta de dosificación, de que unos pocos acarreen el grueso de los minutos mientras otros se limitan a animar desde el banquillo o la grada suele conllevar unas consecuencias de desgaste físico funestas. A este Athletic de Joaquín Caparrós, avanzados ya los dos primeros tercios de la temporada, los partidos le duran aproximadamente 60 minutos. Es lo que implica tener un once inicial literalmente asfixiado. Doce futbolistas superan los mil minutos de juego en Liga. Cinco de ellos, superan incluso los dos mil. Hay jugadores que arrastran molestias físicas (Fernando Llorente, uno de ellos) que les mantienen en un bucle continuo de molestia-recuperación-molestia, sin gozar de descanso.
Mención aparte merece el capítulo de las convocatorias. En el Athletic es relativamente sencillo pasarse cuatro meses en la grada para después, sin ritmo de partido, saltar en un once inicial. Ayer, en la dolorosa derrota de La Romareda (2-1), fue el turno de Mikel Balenziaga. No había debutado en lo que llevamos de temporada. Ayer jugó de salida. Probablemente, la semana que viene vuelva a la grada sine die. Un caso similar al de Íñigo Pérez, útil futbolista de refresco de la zona creativa del mediocampo. Sus últimos minutos oficiales fueron en la derrota (5-1) del Santiago Bernabéu. Ayer salió en la segunda parte, en una situación complicadísima para su equipo con apenas quince minutos por delante. Hacía exactamente tres meses y doce días que no se vestía de corto.
A Joaquín Caparrós no se le puede negar el mérito de haber metido al equipo en la recordada Final de Copa de 2009. Se impuso al Sevilla con brillantez en semifinales y reavivó las ilusiones de una afición adormecida y aún temblorosa tras las malas experiencias del pasado. Pero vivir de las rentas en el mundo del fútbol conlleva sus peligros. El Athletic junta en su plantilla actual a dos futbolistas campeones del mundo, Llorente y Javi Martínez, a una de las mayores promesas del fútbol español como Iker Muniain, a un defensa central, el ex liverpudlian Mikel San José, que está llamado a ser una referencia en su posición en los próximos años, a un soberbio lateral de largo recorrido como Andoni Iraola, amén de jugadores contrastados en la categoría como Markel Susaeta, David López, Igor Gabilondo, Carlos Gurpegui o Gorka Iraizoz. La plantilla, y no se entienda esto como una bilbainada, da para estar en Europa, año sí y año también. Al menos, ese debe ser el objetivo. Pero, más allá de las posibilidades clasificatorias del equipo, lo que a muchos en San Mamés no se les escapa es que con este equipo se puede, se debe incluso, jugar a otra cosa.
Desespera observar, partido tras partido, como el único recurso ofensivo del equipo, especialmente lejos de San Mamés, es el pelotazo continuo hacia Fernando Llorente. Llorente la caza, se apoya en un centrocampista, busca espacio e intenta el remate. No hay mucho más misterio. Así juega el Athletic de Caparrós. El rollo de la “intensidad, sacrificio, esfuerzo, entrega”, frase populista infalible en ruedas de prensa, no maquilla las carencias tácticas de este equipo. Si los resúmenes post-partido del utrerano se centran en el desarrollo de cualidades más cercanas a las hormonales que a las tácticas, mal camino.
Caparrós ha importado un término de dudoso gusto en San Mamés. El ‘otro fútbol‘. Un concepto algo impreciso pero sobre el que resulta sencillo hacerse una idea aproximada. El técnico no concibe la práctica del fútbol sin el empleo de todo tipo de artimañas, tretas, argucias y martingalas que inclinen la balanza del resultado a favor de los suyos. Pequeños gestos dentro del campo, o incluso fuera de él, pero con importante trascendencia en el global de un partido. Pues bien, eso, en San Mamés, no gusta. Ni gusta ahora ni ha gustado jamás. Y la prueba es el escaso calado que han tenido sus enseñanzas relativas a este capítulo entre los integrantes de la plantilla. Lo que no se concibe es complicado de aprender a partir de ciertas edades. Sin embargo, Joaquín sigue insistiendo en la importancia de ‘ese otro fútbol’, pese a la falta de calado de la idea tanto en sus jugadores como en el graderío de La Catedral. Y el Athletic continua granjeándose, por todos los campos de España, una fama de conjunto marrullero, tramposo e innoble. Fama merecida y muy difícil de digerir para los seguidores que no comulgan. Directamente, un escupitajo sobre la historia del club.
Los argumentos que procuran cuatro años de observación casi diaria de todo lo que acontece en torno al club de Ibaigane darían para estar hablando durante varios días. De una anécdota surge otra, y otra, y así hasta el hartazgo. Si los éxitos deportivos de Joaquín Caparrós fueran incontestables, si hubiera mantenido al equipo en Europa año sí y año también, si los logros coperos se sucediesen campaña tras campaña… probablemente las cosas pintarían de otro color. Las críticas no serían tan ácidas porque se disolverían entre las alegrías deportivas. Ya se sabe que en el fútbol los resultados lo enmascaran casi todo. Pero no, la situación no da como para eximir al extécnico de Sevilla y Dépor de su cuota de culpa de lo que se ha convertido el Athletic Club. Muchos antes que él llevaron el equipo a Europa. Muchos incluso conquistaron títulos valiosísimos y mantuvieron al equipo codeándose con los más grandes del país (y me remito al primer párrafo del artículo para recordar que no hace tanto tiempo de ello).
Hoy hay quien se cuestiona por qué el Athletic ha sucumbido, con cuatro derrotas ligueras consecutivas, en su asalto a los puestos de Liga de Campeones. Por qué el club vizcaíno se ha desinflado justo cuando lo tenía al alcance de la mano. Por qué el desplome siempre acontece en el peor momento posible. Puede que este modesto artículo, este bombardeo de opiniones, le haya iluminado ligeramente el sendero. No encierra mayor pretensión.
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