Por Borja Barba el 07-Nov-2011 | 
Ver saltar al césped a los veintidós protagonistas de un partido de fútbol con una sonrisa dibujada en sus caras solo puede ser el presagio de que algo memorable está a punto de suceder. Ante ‘el partido que todo futbolista siempre soñó con jugar cuando estaba en edad colegial‘ (ésa fue parte de la arenga que Marcelo Bielsa dedicó a sus pupilos en los instantes antes del duelo) uno no puede hacer otra cosa que sensibilizar al máximo cada uno de los sentidos. Para no perderse nada, ni el más mínimo detalle, de lo que va a desplegarse ante sus ojos.
El mejor equipo de la Historia ante un equipo aún en crecimiento pero muy ilusionante. En principio, la balanza podría parecer claramente decantada de antemano. Pero, como decía ayer, hay algo en este tipo de partidos que hace que el Athletic Club se crezca, que se transforme. Que olvide sus limitaciones técnicas sobre el césped y se eleve varios metros sobre el mismo. Como el Ejército de los Muertos del Sagrario de Tolkien. Un grupo tan osado que, a veces, cuando está arropado por su público y cobijado en su guarida, se siente invencible.
Lo que FC Barcelona y Athletic Club regalaron anoche al aficionado al fútbol durante los 93 brevísimos minutos en los que midieron fuerzas tiene un punto de teatral. Escenario imborrable, ambientación idónea y puesta en escena digna de la mejor dramaturgia. Dos equipos cercanos en cuanto a su ideario futbolístico, aunque con maneras muy diferentes de desarrollarlo. El Barça, con los mejores y más virtuosos solistas del mundo. El Athletic, con la cohesión y la fuerza de un colectivo que hace mejores a sus integrantes. La lluvia, el barro, la épica.
Y, con un derroche físico que ya de por sí constituye un espectáculo, los dos equipos se retan a un pulso. Unos, triangulando en tres cuartos de campo con una efectividad imposible. Otros, ahogando con su presión al rival y lanzando dentelladas, contadas pero certeras, a los órganos vitales de su rival. La primera, un aguijonazo de Ander Herrera, soberbio en sus incursiones entre las líneas rivales. El balón a la red y Víctor Valdés, diciendo adiós a su récord de imbatibilidad, manchándose de barro y dando forma y color a la más expresiva de las metáforas sobre lo que estaba siendo el partido.
Si el primero de los locales llegó fruto de un error de Javier Mascherano, el primero de los visitantes contó con la participación de Fernando Amorebieta (desde ayer, el jugador con más expulsiones en la historia del Athletic Club, sucediendo en tan dudoso honor al hoy presidente Josu Urrutia). Centro de Abidal desde el costado izquierdo, el internacional vinotinto mide mal en la marca, y apareciendo desde atrás, desde esa posición de falso nueve a la que tan exitosamente se está acoplando, Cesc Fàbregas, mayestático en su primer partido en San Mamés, cabecea al fondo de la red de Iraizoz para teñir de justicia el marcador.
Fue entonces cuando la lluvia, invitada de lujo, comenzó a golpear con violencia. Sin arredrar las intenciones de ninguno de los dos contendientes, el espectáculo se elevó hasta niveles inhabituales. Cada disputa implicaba vaciarse. Cada balón dividido, un territorio por explorar y conquistar. Pero siempre con buenas artes, siempre con la nobleza por delante. Con el convencimiento mutuo de que el juego subterráneo y las malas artes no tenían sitio, el choque se fue endureciendo en el plano físico sin miedo a la lesión. Sin temor a que las cosas se saliesen de madre. Como si todo hubiese sido preparado y dispuesto por un director de escena.
Y, para rubricar el espectáculo, los diez minutos finales. Con los actores derrumbados por el agotamiento pero negándose a dar por concluida su entrega, el número llegó a su máximo nivel de paroxismo. Primero fueron dos errores culés. De Mascherano, concediendo un córner en los minutos finales de un partido empatado con un San Mamés entregado, y de Piqué, fallando en la respuesta al córner botado por el Athletic y habilitando a Llorente para el segundo tanto rojiblanco. Nueve minutos más tarde, el desenlace final. Esta vez el error vino en el área del Athletic. Iraizoz e Iturraspe evidenciaron que la tensión acumulada dificulta la toma de decisiones con frialdad. Un balón suelto a escasos metros de la portería bilbaína. Quita, que yo la cojo. Deja, que yo la rompo y la despejo. Y la pelota, entre la indecisión, que cae en los pies del actor principal. Leo Messi, quién si no, el que nunca jamás había conseguido marcar en Bilbao, echaba el cierre a la gran obra con una interpretación sublime, magistral, tan brillante como eficaz. Ojalá el empate hubiese supuesto mayor premio para ambos.
Leído 1 veces

|