Por Ramón Flores el 17-Aug-2011 |
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Fue en el 87, en Sevilla. A primera vista, un simple torneo que dirimiría el título de campeón del mundo de ajedrez: dos tipos frente a un tablero durante horas, prácticamente inmóviles, repitiendo un ritual en el que, a pesar de desarrollarse bajo reglas conocidas, sólo los muy iniciados poseen la capacidad para discernir si una jugada ha resultado genial o errónea, si alguien lleva ventaja, o si están perdiendo el tiempo y lo mejor es ir a tablas. A estos niveles, un juego más allá de lo complejo, despiadado y fríamente elitista, que uno podría pensar muy alejado del interés de los mass media y del público en general.
Sin embargo, aquel otoño, todos los focos apuntaban a España. Los telediarios informaban puntualmente de los resultados de cada partida ?el campeonato estaba pactado al mejor de 24-, los periódicos se llenaban de analistas prestos a desentrañar los arcanos del juego al aficionado de a pie, y muchos nos esforzábamos sin descanso para lo que, en otros juegos o deportes, es inmediato de las imágenes: saber qué demonios estaba pasando en esa habitación. A veces, incluso colocábamos las piezas en el tablero y repetíamos los movimientos de los maestros, en un intento normalmente vano de capturar algo de la magia que sabíamos que, pese a todo, estaba ahí.
Si el duelo de Sevilla alcanzó tal relevancia mediática, fue sin duda por el carisma y la personalidad de los dos contendientes, y también por el contraste ?al menos aparente- entre ellos. Con Fischer desaparecido en combate, se trataba de los dos mejores jugadores del momento, a una distancia sideral de los demás. Kárpov era el representante de la vieja guardia, el niño mimado del antiguo establishment comunista que, en tiempos de perestroika, se estaba desmoronando: Kaspárov, en cambio, mostraba simpatías por el reformismo que estaba al fin abriéndose paso en su país, y era bastante más joven. El cóctel de competividad, genio, ferocidad y capacidad estratégica resultaba irresistible para la opinión pública, y llevaba el duelo a la altura de los más enconados que haya visto el deporte: Foreman vs Ali, Ben Johnson vs Carl Lewis, Nadal vs Federer, o el más visceral y prolongado de estos tiempos, Mourinho vs Guardiola.
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Es fácil a priori establecer el paralelismo entre las dos prima donna de los banquillos y aquellos dos genios de los escaques. José tiene mucho de Anatoli: las virtudes como estratega en condiciones difíciles, el caràcter hosco y autoritario, un cierto conservadurismo en su concepción del mundo, y haber llevado al límite de su eficacia algunos sistemas tácticos bien conocidos. Pep, en cambio, ha destacado por lanzar el fútbol hacia el futuro, por mirar más hacia delante. Más cercano en el trato personal, la semejanza con Kasparov llega hasta un apego desaforado a sus raíces: tanto da Cataluña como Azerbaiyán.
Antes de Sevilla, la doble K se había enfrentado tres veces. En el primer duelo, tras 48 partidas y un final muy polémico, Karpov retuvo el título, y podemos decir que la prensa mundial sacó los aspersores. En el segundo, Moscú-85, el cetro cambió de manos; Gari jugó un ajedrez de altísimo nivel, y aunque no pudo coronarse campeón hasta prácticamente el final, todo el mundo sabía desde hace tiempo que ese título tenía dueño. La mítica partida 16, una exhibición del azerí, admite sin problemas la comparación con un 5-0. La revancha se disputó al año siguiente, entre Londres y la antigua Leningrado, y la resistencia de Kárpov resultó tan numantina que el mundo se sorprendió cuando su rival, hasta entonces tranquilo y frecuentemente simpático, mostró su rostro más acre y desagradable vertiendo todo tipo de acusaciones, acusando de espionaje a sus analistas, y exhibiendo una parte de su personalidad desconocida hasta el momento. En cualquier caso, consiguió retener el campeonato en las escasas partidas que restaban, y llegó a Sevilla tanto con el favoritismo por su sensacional desempeño como con la aureola angelical que le granjeaba las simpatías de un público que no dio importancia a su comportamiento en el tenso final del campeonato anterior. Allí, un nuevo empate técnico volvería a dejar el título en sus manos.
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Busquen las semejanzas si las hay, puede que no, pero lo cierto es que Guardiola ha ganado dos partidos más que su rival en los enfrentamientos directos (diríamos 6-4 en términos ajedrecísticos) y también aventaja a Mou en títulos ganados tras dichos choques. Hoy encaran su undécimo enfrentamiento, y es de esperar que, a diferencia del partido de ida, el catalán alinee sus mejores piezas sobre el tablero. Si Villa mantuvo a su equipo en la eliminatoria con un movimiento diagonal digno del mejor alfil y Messi casi la resuelve ?la Pulga es la reina, nadie tan poderoso como él sobre los escaques-, hoy es muy probable que vuelva Piqué para fortalecer el enroque, y retornen Xavi y Busquets para asegurar el centro del tablero, territorio clave cuyo control suele garantizar la victoria; para eso también ha venido Fàbregas. Con estos mimbres, no es fácil que la victoria se le escape al Barça, a quien ?como a Gari en Sevilla- le vale el empate, o al menos los empates habituales.
Habrá que ver también qué inventa Mourinho, que puede envidar con Coentrao, un pura sangre capaz de brincar por todo el tablero, y que debería refrenar un poco a ese Pepe que cada vez que se aventura alocadamente en territorio enemigo se juega acabar demasiado pronto fuera de la partida. En cualquier caso, y tras la buena impresión del partido de ida, puede que el luso vuelva a renunciar a la defensa siciliana de anteriores ocasiones, y plantee de nuevo una apertura agresiva que le otorgue la ventaja de inicio. La solución, a partir de la una de la mañana, mínimo, gentileza de la UEFA y la Federación.
Por cierto, las primeras partidas del envite de Sevilla despertaron una expectación inusitada, pero poco a poco la repetición menguó el interés. Y no es descabellado ver 24 clásicos en tres o cuatro años…
Bwin ofrece un amplio abanico de apuestas para este partido. Que se adelante el Madrid en el primer tiempo, por ejemplo, se paga a 3,10. Un gol de Messi da 1,90, lo cual no está mal si pensamos que ya le ha anotado 11 goles al Madrid. Una combinada “final de Copa” (victoria del Madrid 0-1 con gol de Cristiano) da 30 a 1. La exhibición de una tarjeta roja se paga a 3,10, y que el Madrid no reciba tarjetas en el segundo tiempo se paga a 4,33.
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