Por Pol Gustems el 02-Jul-2010 |
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Holanda 2 – 1 Brasil. Inesperado. Se nos hacía difícil no ver una autopista a la final en una banda del cuadro, una creencia de que por muy fehaciente que saliera Holanda, o muy reconfortado Uruguay o Ghana, Dunga llevaría a su combinado a la final de Johannesburgo. Y que incluso ahí, en el último escalón a la gloria, dónde apenas queda sensación de favoritismo, aglutinarían las apuestas de los indecisos. Esta selección brasileña relucía por orden táctico y brillaba a cuentagotas. Perdía buena parte del espíritu ofensivo que había tenido en épocas exitosas de su historia, pero era un proyecto que no conocía la derrota. Lo demostró en la Copa América 2007 y lo volvió a hacer en la Confederaciones 2009. Dos de dos para Dunga. Hasta que hoy, después de una buena primera mitad dónde sus metros finales han vuelto a dinamitar la zaga contraria, se les ha acabado la fortuna. Una suerte que durante este Mundial parece estar del lado oranje. El conjunto de Bert Van Marwijk ha cambiado el ritmo del partido, una vez más, gracias a un error gravísimo de su oponente. Ha contrarrestado el tanto de Robinho, logrado tras un despiste monumental de los centrales holandeses, con un autogol de Felipe Melo. Ya en el primer partido de la fase de grupos, Agger desequilibró el encuentro introduciendo un centro de Van Persie en su propia portería. En el segundo, el portero japonés Kawashima se comió un tiro de Sneijder. Y además, durante el trayecto, los tulipanes no han ofrecido el juego vistoso que les presumíamos. Han vivido de un muy buen orden defensivo y de actuaciones individuales en ataque. Robben contra Eslovaquia y Van Persie contra Camerún, sumadas a las ayudas encontradas en infortunios ajenos.
Cuando en el minuto 53′ el malo de la película, pero no menos protagonista Felipe Melo, batía a su compañero Julio César, el guión del partido cambió radicalmente. Brasil no se sintió cómoda y Robben tuvo más facilidades para generar peligro en sus contragolpes. No fue el día del holandés cristalino, pero resultó importantísimo forzando faltas y saques de esquina. En uno de ellos, nació el gol de la victoria. La peinó Kuyt, el insustituible, y la remató Sneijder, quién de culminar su temporada con el título de la Copa del Mundo puede llevarse también el Balón de Oro. Tras el segundo gol, la selección brasileña se desquició. Protestó cada ínfimo detalle, asemejándose a lo que había venido haciendo su seleccionador des del minuto 1. La autoexpulsión de Felipe Melo tras pisotear a Robben les sentenció, pudiendo Holanda ampliar su cuenta goleadora si Huntelaar lo hubiera querido. En Brasil terminan época, dejando Dunga la selección allí dónde la encontró, abatida en cuartos de final. En Holanda, todo lo contrario, se plantan en semifinales doce años después. Curiosamente, cuando menos se esperaba de ellos, en la ocasión en la que su juego menos se ha parecido a la de aquél combinado del 98′.
Uruguay 1 – 1 (4:2) Ghana. No diré injusto, pero sí de forma inmerecida. Tras noventa minutos de paridad absoluta, de dominio uruguayo en la primera mitad y ghanesa en la segunda, el partido se condenó a la prórroga. El 90% del tiempo extra, fue insulso, de castigo, no de premio. Parecía una reedición del Japón – Paraguay. Se había apagado la poca lucidez que habían mostrado los africanos en la dirección de sus contras. Y en el otro área, los sudamericanos definían sus empujes sin complicarse en exceso, rematando de primera y más deseosos de penas máximas que no sus adversarios. Los goles de Muntari y Forlán, este último con la inestimable colaboración del portero ghanés Kingson, les habían llevado allí. Al último minuto, al último instante de la prórroga, cuando ya se hacían cábalas sobre a quién podría beneficiar más la lotería de los penaltis. Interrumpiendo el debate, las manos de Luis Suárez, que ahora se congratula de ser el autor de la parada del Mundial. Penalti, momento sublime. Meterlo significaba tantas cosas. Asamoah Gyan era el hombre, el que debía lanzarlo. El que ya había firmado con éxito tantos desde ese punto fatídico contra Serbia y contra Australia. El que se había convertido en uno de los delanteros referencia del torneo. El mejor de África, pero también colándose en las listas generales. Tuvo a su alcance meter a Ghana en las semifinales de la Copa del Mundo, pero mandó el balón al larguero.
Ese lanzamiento es ya historia, de las que se recordarán siempre que Ghana o Uruguay se presenten a una nueva edición de la Copa del Mundo. Aunque quizás los uruguayos prefieran quedarse con lo que vino luego. Dado el fallo de Asamoah, el resultado de la tanda no estaba cantado, pero si tenía un poco de color celeste. Lo insinuaba la previa a los tiros, con los jugadores ghaneses más pendientes de lo que acababa de pasar que no de la piña que estaban formando. Se desquitó Gyan de su error, lanzó primero y arriesgó a la escuadra. Coraje, osadía. En adelante, el pase a Muslera de Mensah y el error de Adiyiah pudieron más que el lanzamiento a la grada de Maxi Pereira. Para colmo, el último lo tiraba el ‘Loco’. Esperando el último lanzamiento, Sergio Santomé se acordó de 2007, cuando Abreu lanzó a lo panenka en una tanda contra Brasil. Adivinó su intención, pero no estuvo a tiempo de avisar a Kingson. Honrando a su apelativo, Abreu enloqueció, levantó suavemente el balón y lo dirigió lentamente al fondo de las mallas. Clasificó a Uruguay para las semifinales, pero dejó a Ghana en el camino del modo más cruel. Han estado muy cerca de un éxito desorbitado, pero también muy por encima del resto de selecciones de su continente.
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