Por CAMINO MISIONERO el 15-Dec-2008 | Por Luis Zanotto mccj Publicado por Esquila Misional
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 ¿La Navidad? Es una realidad que ha impregnado nuestro calendario religioso y civil, nuestras costumbres, nuestro lenguaje, nuestro «comercio». La poesía, la música, el arte y el pensamiento religioso se han apoderado de la Navidad para verter en ella el sueño del encuentro del ser humano con la divinidad. Desde que san Francisco hizo el primer pesebre con un asno y un buey que calentaban a Jesús, se le ha unido a la Navidad un sentido de romanticismo y ternura que ha terminado con alejarla de su verdadero significado.
¿Cómo se encarna Jesús hoy?
En el presente, cualquier palabra que intente esclarecer o traducir el misterio de la Navidad que se esconde en este lenguaje secular de posadas, luces, piñatas, villancicos, buñuelos y fiestas comunitarias podría sonar a sacrílega, blasfema, irrespetuosa, y no sólo en el ámbito de lo sagrado sino en la cultura y la sociedad. Pero la sociedad va evolucionando, cambiando, transformándose. Muchas posadas celebradas en nuestros pueblos latinoamericanos lo único que conservan de su origen religioso es el nombre. Podríamos intentar explicar el origen de la Navidad y conservar lo «atractivo» de la celebración. Digamos que, históricamente, no sabemos cuándo, dónde y cómo nació Jesús y que la solemnidad del 25 de diciembre fue la sustitución de la fiesta del «sol invicto». Pero dejaré estos temas para centrarme sólo en el aspecto de la «encarnación de Dios en el hoy del ser humano y de la historia».
De la era agraria a la posmoderna La Biblia, los catecismos y el lenguaje religioso que generalmente se utiliza en la transmisión del cristianismo, son de una era que bien podemos llamar «agraria». En este contexto se dice, por ejemplo, que Dios habló con Moisés en la zarza ardiente o que lo invitó a subir a la montaña del Sinaí para recibir los 10 Mandamientos escritos sobre piedras. Este lenguaje religioso es de una capacidad expresiva y belleza impresionante.
Todos sabemos cómo en el siglo IV antes de Cristo, cuando se terminó de escribir el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), el pueblo de Israel sentía la necesidad de expresar que Dios había estado con él desde sus inicios y una de las formas en que había percibido la presencia cercana del Señor era la «Ley» que les había sido dada. Dios «se había encarnado» en su historia, «había hablado» a través de personas llamadas «profetas», había «dejado huellas» de su paso en las leyes y en su sabiduría. Dios no tiene voz para hablar a Moisés, no tiene dedos para escribir los Mandamientos, está tanto en la montaña como en la llanura, Moisés había muerto hacía más de 600 años cuando el pueblo de Israel recibió la Tabla de la Ley tal como la encontramos en el texto de la Biblia. Las leyes que Dios escribe en el corazón del pueblo son firmes, sólidas, seguras? más expresada por la piedra que por la arena del desierto.
La sociedad agraria no solamente utilizaba un leguaje propio para expresar su experiencia religiosa, sino que le atribuía a Dios cuantas cosas no podía explicarse o no podía obtener con sus fuerzas: se le pedía a Dios la lluvia, la sanación de enfermedades desconocidas, y se creía que lo rayos y temblores eran enviados por Dios. A través de la naturaleza, la divinidad recompensaba o punía las conductas morales y mantenía su relación de gobierno con las criaturas. Como ejemplo actual de lo anterior, en el temblor de 1985, la UNAM (mentalidad moderna) no obstante todos sus esfuerzos, no alcanzó a derribar la convicción de la mayoría de los mexicanos que el terremoto había sido una maldición divina por el mal ocasionado por el pueblo y no un fenómeno natural.
Que el clima esté cambiando y el planeta esté acabándose no es responsabilidad de Dios, sino del ser humano. Que la comida sea siempre más cara y haya siempre más pobreza, no tiene que ver con Dios. No basta con rezarle, sino trabajar para cambiar la situación.
Mientras en la era agraria la dinámica del razonamiento partía de Dios y terminaba en la vida humana, en la era moderna, el punto de partida es exactamente lo opuesto: la vida humana. En la era agraria Dios habla, interviene y actúa directamente en la persona y en la historia. A Dios nunca nadie lo ha visto con estos ojos o tocado con estas manos y él nunca habló para ser alcanzado por nuestros oídos o percibido directamente por nuestros sentidos. Que Dios le haya hablado a Moisés o que Jesús haya oído (físicamente) una voz del cielo, en la mentalidad moderna, con razón, nos rehusamos a aceptarlo. Dirán que Moisés y Jesús han tenido una experiencia espiritual e interiormente han vivido la comunicación con Dios. Si la comunicación es espiritual, ¿no podría ser que uno se haga la ilusión de haberse comunicado con Dios? Si a Dios no lo puedo alcanzar directamente con los cinco sentidos, ¿podríamos pensar que Moisés y Jesús se «crearon» su propio Dios?
El descubrimiento de Dios Y entonces, ¿existe Dios?, ¿quién lo inventó? y ¿para qué sirve? El pasado daba por descontada la existencia de Dios y sus intervenciones. Ahora hay que replantearse todo nuevamente. Cuando los españoles llegaron a América Latina ¿inventaron América Latina? ¡desde su perspectiva, la descubrieron! A Dios no se le inventa, sino que se descubre su existencia. Puedo vivir toda la vida sin hacerme preguntas acerca del aire. Esto no significa que no exista y que no sirva. Cuando me hace falta, es cuando más me doy cuenta de su existencia y necesidad. La necesidad del aire queda clara, pero, ¿y la de Dios? Primero veamos ¿Por qué necesito a los demás? Porque si no me relaciono, no me siento realizado como persona; aunque los demás no paguen mis cuentas y tomen ventaja de mi amor estoy hecho para relacionarme. Respecto a dios, me siento hecho con una dimensión divina, trascendente. Si no me relaciono con el «misterio», no me siento realizado como persona. A ver si esto queda más claro con un ejemplo.
Enviamos una sonda a Marte. ¿Cómo lo sabemos?, ¿la hemos visto con nuestros ojos?, ¿la hemos tocado con nuestras manos? No, pero la sonda está dotada de un dispositivo que envía señales. Éstas se reciben en una «sofisticada» computadora que transforma las señales en imágenes. Existen realidades que no se alcanzan con lo cinco sentidos, Dios es una de ellas. La «sofisticada computadora» capaz de recibir las señales es la dimensión trascendente de la que está dotado el ser humano y que le capacita para captar las señales que Dios envía. Nos vuelve capaces de percibir lo trascedente y entrar en diálogo y comunión con la divinidad.
Dios existe y vive; no se alcanza con los cinco sentidos. Él manda señales y el ser humano está dotado de la capacidad para «detectar sus llegadas» y entrar en comunión. Así como yo vivo por la comunión conmigo mismo y con las demás personas, así vivo por la relación con Dios.
En comunión con Dios Dios se comunica a través de señales y una condición para reconocerlo en las señales es la de estar enamorado de él. Entre los muchos acontecimientos, ¿cuáles revelan la presencia de Dios?, ¿cómo reconocerlo? Seguramente muchas cosas que le atribuimos a Dios son nuestras proyecciones, pero esto no quita que él se comunique, que lo podamos reconocer, y así, establecer un diálogo en un lenguaje «simbólico». La divinidad puede asumir cualquier realidad para alcanzarnos, para llamar nuestra atención y entrar en comunión con nosotros.
Entrar en comunión con Dios sigue la misma dinámica que relacionarse con una persona; es como conocer a una novia o a un novio. Hay que observar, escuchar, dejarse envolver, respetar, querer? La atracción afectiva es importante. En el proceso hay que «dejarse hacer» por la otra persona. Son actitudes importantes: la capacidad de diálogo, de caminar juntos, de compartir, de discutir opiniones con apertura y humildad, de presentarnos honestamente como somos. El camino llega al enamoramiento y a la entrega. El amor, si no los encuentra iguales, iguales los hace. Poco a poco, caminando juntos vamos encarnando la manera de pensar y de ser del otro. Es Dios que nace en nosotros.
En la Navidad vamos encarnando el amor de Dios en las personas, encarnamos la manera con que Dios estima las cosas, el dinero, el tiempo, las diversiones y el trabajo. Esta relación nos hará siempre más nosotros mismos, más humanos, y esta humanidad se hará manifestación de lo divino que está dentro de nosotros. Es Dios que se hace carne en nosotros, y nosotros que nos hacemos divinos.
Amor a los necesitados: lugar preferido para las «llegadas de Dios» El Evangelio de Lucas narra que a los pastores se les anuncia el nacimiento del Salvador. ¿Cómo reconocerlo? «Ésta será la señal para que lo reconozcan: encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» Lc 2,12. ¿Qué señal puede ser ésta? ¿Quién es la mamá que ni pañales prepara para el nacimiento de su niño? Si no logramos reconocer a Dios en la humanidad de un niño, no lo encontraremos en ningún lado. Lo «humano» es la señal.
Desde la cárcel, Juan Bautista oyó hablar de lo que hacía Jesús, ¿cómo saber si es enviado por Dios o un charlatán? ¿Qué señales ofrece para reconocerlo? «Le envió unos discípulos suyos para que le preguntaran: ¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro? ?Vayan y cuenten a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Mt 11,3-5).
Según el Evangelio, son dos los lugares privilegiados para encontrar a Dios: la humanidad y los necesitados. Estos son los lugares donde él se encarna, son las señales de su presencia. Esto nos aleja de la visión griega o clásica de un Dios todopoderoso, Dios de los ejércitos? y nos invita a tener una imagen de un Dios sumamente humano: en lo máximo de lo humano está lo divino.
Jesús encarna el amor de Dios a la humanidad Jesús era «buena gente» y pronto se formó un grupo de amigos y amigas. Juntos soñaban un mundo diferente, más fraternal, más humano. Cuando iban a las aldeas «se regalaban» literalmente a la gente. Los predilectos de su atención eran las personas más desdichadas. Las ayudaban, les infundían estima, aprecio, deseo de superación. Las invitaban a ser solidarias y a perdonar. La gente, en su sencillez, viendo a Jesús, le parecía ver a Dios mismo; esa misma gente siempre había soñado un Dios compasivo, cariñoso, providente. Jesús encarnaba todas sus expectativas. Era tanto su amor a la gente que por ella se metió en problemas con las autoridades romanas y judías. Ante el peligro, no se doblegó, sino que pagó el precio de su amor entregando su vida. La comunidad cristiana vio en esto la manifestación más grande: Jesús había encarnado el amor que Dios lleva a la humanidad, un amor hasta la entrega completa de sí mismo. Jesús era la Palabra Encarnada de Dios.
La palabra que Dios siempre dice a la humanidad es: te amo. Es un Dios que no vive en las estrellas, sino que camina con la humanidad. Dios es cercano a las personas que sufren y sufre con ellas. No busca privilegios u honores, solamente ama y se entrega.
Jesús encarna lo que para Dios es la vida: amor incondicional y sin medidas. ¿Dónde está Dios cuando sufrimos?, ¿dónde está Dios en las injusticias, en la violencia, en la muerte? Jesús «hace carne» la presencia de Dios en la persona que sufre, en la violencia y en la muerte. La muerte de Jesús es revelación: el oficial romano que estaba ante él, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). La manera de morir de Jesús reveló el paso de Dios. En la muerte injusta y violenta de Jesús, Dios no lo había abandonado, sino que estaba sufriendo en la cruz con él.
Jesús, encarnación de Dios, significa que la gente percibió en Jesús a Dios y su amor por la humanidad.
Dios sigue encarnándose hoy Toma carne en las circunstancias de la vida y la historia. ¿Dónde?, ¿cómo reconocerlo? En el asfalto es más difícil. Reconocer las huellas que dejó un animal al pasar en la nieve o en la tierra es más fácil. Y nosotros que conocemos bien las gallinas, los caballos y los perros sabemos distinguir de quiénes son las huellas. La persona que tiene «los lentes de Dios»: reconoce en las personas, en los acontecimientos y en la historia, así como en la creación y en el devenir, las huellas de Dios. Desde pequeños nos llevan a la escuela para desarrollar la inteligencia. En la familia, papá, mamá, hermanos y abuelitos se preocupan por educarnos en cómo relacionarnos con nosotros mismos, las demás personas y la sociedad. ¿Y la relación con Dios? Parece no haber un proceso educativo explícito. En parte, la religiosidad popular sensibiliza a la presencia de lo divino y del misterio. Si sabemos distinguir entre atracción sexual y amor, también debemos aprender a distinguir entre atracción religiosa y experiencia y encuentro con la divinidad, ya que las prácticas religiosas muchas veces resultan insuficientes para iniciarnos a relacionarnos con la divinidad. Todo esto explica cómo la relación con Dios se vive más como problema que como dimensión natural.
Hay personas que se dejaron plasmar por Dios y revelan que él «tomó carne en ellas». La mayor parte de ellas pasan desapercibidas para los medios de comunicación social: radio, televisión o prensa. El amor no es ostentoso. Una que otra de estas personas salta al proscenio como Teresa de Calcuta y Monseñor Romero. Por ejemplo, Teresa ha sido signo del paso de Dios entre nosotros y esto lo reconocieron no solamente los católicos o cristianos, sino los hindúes, los musulmanes y la gente «de a pie».
Hay dimensiones sociales que revelan la encarnación de Dios. Jesús llamaba la atención a las personas de su tiempo: «¿Saben discernir el aspecto del cielo y no pueden discernir los signos de los tiempos?» (Mt 16,3). Se llaman «signos de los tiempos», las realidades que dejan ver el paso de Dios en la historia humana y su acción que construye su proyecto de dignidad y fraternidad.
Podríamos enumerar como signos de la acción de Dios en el presente de la historia de la humanidad la sensibilidad y la lucha para el reconocimiento de la igualdad entre varón y mujer (igualdad de género), la solidaridad humana dentro del proceso de globalización económica y mundialización humana, el esfuerzo para un encuentro fraternal de las razas y religiones en la situación generalizada de pluralidad y multiculturalidad de la convivencia humana, el esfuerzo común y la corresponsabilidad para la ecología y la salvación del planeta.
Dentro de la comunidad católica hay tres elementos significativos de la encarnación de Dios: la comunidad, la Biblia y la Eucaristía. Jesús, después de su muerte, va a buscar a sus discípulos y discípulas y les permite renacer en su espíritu haciéndolos capaces de amar como él amó: hasta entregar la propia vida. En esto reconocerán que son mis discípulos: si se aman. Los transforma así, en signo visible de su presencia y de su proyecto. Dios puede servirse de miles de cosas para hacerse presente y actuar. Una de estas realidades es la Biblia. Nosotros no somos una religión del libro, sino de alguien. La Biblia no es Dios, sino que él se nos da a través de la Biblia y nos transforma en «palabra viva» comunicada al mundo. Así nos trasforma en memorial de su presencia: cuerpo entregado y sangre derramada. La comunidad cuando celebra se compromete a hacer de su vida, «memorial de Jesús»: entregar su cuerpo y derramar su sangre por amor como camino a la realización del proyecto de fraternidad. Solamente así encarnará el amor de Dios para la humanidad.
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