Blanca Navidad, que vuelas por los cielos, blanca Navidad, que tiñes en blanco los aires del invierno. Los copos caen como algodón por entre los átomos, las partículas y sus vuelos, reflejo de pureza virginal, de castidad de intelecto, el elemento puro refrigera el ambiente; sin saber alcanzar a guardar mis sentimientos. Por más

que cambien las temperaturas, que pase el Tiempo o el humor, la noche deje paso al día o el ayer al mañana; cae la nieve, cuanto menos en mis adentros. Sin ti soy el de la melodía, vacío en la nada. Sin ti la nieve suspende por los cielos, frío testimonio de mis entrañas, tirana que no tiene piedad alguna de un mortal siervo.
Las caras de la felicidad se borran cual mala tiza al pasar tu recuerdo. Tus besos, tu silueta, tus cariñosos comentarios y miradas, tu complicidad sincera, compañía bienaventurada. ¡Quién pudiera dominar al Sol, hacer derretir la nieve en que se congela mi alma, para poderme transportar, con viperina técnica, por tu silueta y curvas, tus costillas, tu cuello, tus senos! ¡Maldito sea el cambio, maldito sea yo, maldito sea el nacer, maldito el despertar de un sueño! Nieva sobre el hielo, el Tiempo tiende a marginar, y yo a quedarme a un lado.
Quisiera acabar con todas las excusas, ser Luna en todas tus noches, Sol de tus amaneceres. Quisiera ser gota para impregnarte, estar siempre contigo, dentro o fuera, pero siempre juntos, cuales lapas enamoradas, compañeros congelados por el Tiempo, cuales enamorados pétreos. Y es que el invierno jamás me fue tan desdichado. Cual desgraciado árbol, mis hojas han sido barridas por el viento, quedo desnudo a la intemperie, sin salud fortalecida, con rotos sueños. El clima no aplaca sino enerva, el desahucio mortal se consuma, acontezco peregrino por los tiempos, grano en la arena, soplar del más común viento.
Quisiera pensar que existe Monte Esperanza, que toda sensación no es nada más que pura física, ejemplo de termodinámica, energía transmutada en nuevas experiencias, nuevos amores, nueva alma. Sin embargo todo se rompe ante mí, no alcanzo a comprender cuál es del Mundo su gracia, sus contornos, sus pilares, mis anclas. Por más que la Odisea siga mi cuerpo busca tu isla, tu recodo de felicidad, tu reminiscencia. El mar del Destino amaga con esclavizar, el Tiempo con ser su consecuencia fáctica. Pese a todo siempre queda el neuronal eco, ese Dios de la melancolía,

siervo de la memoria y del pensamiento; azote del incrédulo y del necesitado. ¡Te invoco fuerza universal, monarca del Sueño!
Nieva sobre blanco, redundancia del acontecimiento. El tulipán siempre sabe abrirse un hueco, la altiplanicie turca deja el frío a la primavera, el silencio al color, el blanco al negro. Cuál flor pienso en ti, en el sueño de volver a contemplarte. Volverte a ver, volver a besarte, ser tulipán que venza a nuestro común invierno, que la Navidad triunfe, que nada se marchite entre nosotros ni conmigo y ese mundo entero.
Soy indisociable ya de ti, cuanto sea en mis pensamientos. Los escalones siguen construyendo una escalera, que no tiene inicio, destino o paradero. Todo es etéreo, misterioso, pura metáfora de un malestar, de un amor dolido, de un cariñoso recuerdo. ¡Quién pudiera ser Pegaso y volar hacia el Sol! Dejar la nieve, dejar el invierno. El Sol volverá a renacer, quién sabe si en rojo terciopelo. La Luna le sustituirá a diario, el solsticio a acaecer cada año. Pese a todo siempre habrá una constante, un ente religioso-inteligente, un punto alrededor del cual todo gire, nada se estanque, una sensación, una decisión, un atrevimiento, una repetición, una sentencia, un te quiero.
Segunda imagen sujeta a: GNU Free Documentation License