Por pocote el 25-Sep-2008 | Dice el refrán popular que ?el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones?, lo traemos a cuenta a raíz de declaraciones formuladas por dos directores ejecutivos de la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP), sobre la necesidad de trabajar y proteger a miles de salvadoreños en pobreza extrema, esa que el presidente Saca nos recuerda todos los días al proclamar que ?ningún salvadoreño debe resignarse a la condición de pobreza?. En este país es muy fácil hablar del diente al labio, dar migajas a los pordioseros en las esquinas, darse golpes de pecho en las iglesias mientras se deposita una cora en la canasta o secarse hipócritamente una lágrima cuando vemos los desastres causados por los fenómenos naturales en las regiones miserables donde sobreviven centenares de compatriotas. Los funcionarios organizan sendas conferencias informativas para anunciar alertas amarillas o rojas o solicitar ayuda internacional para ?socorrer a las víctimas de los desastres?; pero nunca se adelantan medidas o planes de desarrollo estratégico para enfrentar semejantes fenómenos. El gobierno central demanda austeridad a un mayoritario sector de la población cuando es notoria la incapacidad secular de miles de salvadoreños para cubrir necesidades exiguas y está claro que no tienen, por lo tanto, posibilidades del derroche en lo superfluo. Es lo mismo cuando aliados con los banqueros piden cuidar sus centavos y educarse en la cultura del ahorro. ¡ah raza de víboras! Lo primero que debe hacer el régimen es predicar con el ejemplo al abstenerse de esa campaña propagandística millonaria y en el mejor de los casos destinar esos fondos a la construcción de viviendas seguras o campañas de prevención en los lugares más vulnerables. Lo mismo con las elecciones. Nuestro sistema electoral obliga a una disciplina que impide la participación de los gobernados en la designación de sus gobernantes y sólo se considera lícita la sumisión del elector ante los hechos consumados. El Tribunal Supremo Electoral nunca ha tomado en serio un plan estratégico que permita a los millones de salvadoreños que viven en el extranjero emitir su voto, un derecho que establece la constitución para los nacidos en este país y con documento legítimo para ejercer el sufragio. Todas estas tareas no son nuevas, por desgracia, pero han sido postergadas por los cuatro gobiernos areneros. En estas y otras realidades, nada se ha hecho más allá de los enunciados demagógicos y las explicaciones cantinflescas del mismo presidente del Tribunal Electoral. Los cuatro gobiernos de Arena no se han preocupado de satisfacer las deudas que se tienen con los salvadoreños más humildes. La empresa privada tampoco ha contribuido a resolver añejos problemas. En anteriores comentarios hemos dicho que si los capitalistas en verdad quisieran ?ayudar a sus hermanos?, deberían asumir el compromiso de construir hospitales, institutos de educación superior, centros tecnológicos y de investigación. O al menos, cumplir con sus obligaciones constitucionales de pagar honradamente los impuestos, evitar la evasión y el contrabando. Todo esto, desde luego, es pedirle peras al olmo. Este, como los tres presidentes anteriores, nunca se ha preocupado por establecer un diálogo franco con todos los sectores de la población y una preocupación por demás ineludible de dejar a su sucesor ?lo más seguro a un mandatario de izquierda?un país más libre y de más armónica convivencia interna. Hasta el día de hoy se ha limitado a increpar a sus adversarios, a mentir descaradamente como esa última gracia de endosarle la culpa y la responsabilidad al partido FMLN por la deuda pública y externa y por los mismos límites de endeudamiento a que hemos llegado. Es el colmo de la hipocresía, cinismo y la insensatez: el presidente debe ser la última voz de aliento y el orientador de las grandes políticas nacionales, pero jamás el disociador, el militante o el agitador que confunda o promueva el enfrentamiento. Por ello en las encuestas públicas, el país considera más inexplicables, más incongruentes, las contradicciones que dentro del aparato oficial se advierten y que propician un ambiente tenso y nada confortable para hacer frente a los graves acontecimientos ya sobre nuestras cabezas como eso de la deuda externa, la crisis alimenticia y energética, el peligroso deterioro ambiental y el alto costo de la vida que tiene al borde la histeria y el pánico colectivo a la mayoría de familias salvadoreñas. Son esa clase de acontecimientos y fenómenos provocados o no, las múltiples crisis que azotan al país las que pueden atentar contra las libertades individuales y colectivas consagradas en la Constitución y para nada el cambio democrático de un gobierno, como perversamente sostiene la empresa privada y los órganos de propaganda del régimen, encabezados por el diario de hoy. Nos queda claro que falta coordinación y capacidad dentro del gobierno para atender y superar todos estos problemas, mucha de su energía se va en agitación y en atacar al adversario político. Muy poco para adelantarse a los acontecimientos, asegurar y proteger el futuro de los gobernados. Los salvadoreños a fuerza de golpes, de soportar las carencias, de ver como se desintegra su familia por la impuesta migración hacia los Estados unidos, debido a que su propio país no les ofrece oportunidades de trabajo, han ido aprendiendo y por fin parecen haber despertado del largo sueño de las promesas y los propósitos no cumplidos. Una vez más, como dice el refranero popular ?No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista?.
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