Por Ramón Flores el 07-Nov-2007 | Inzaghi. Al chaval que juega al fútbol en el patio de un colegio hay un par de cosas que le suelen molestar sobremanera: una, el ratonero que se queda pegado al portero rival esperando el pelotazo de sus defensores; y dos, que alguien se lleve la gloria del gol en un golpe de fortuna mientras él se la mañana corriendo para nada. Quizá la ojeriza del niño que todos llevamos dentro hace que muchas veces se mire a Inzaghi con un cierto desapego, como la personalización de esas pesadillas; el tipo al que le llegan los rebotes, el que marcó con el culo en una final de la la Champions. el hombre que le debe media carrera a los linieres, Segurola dixit. Pero aunque no pongamos pósteres suyos en nuestra pared, sí habrá que reconocer que para firmar 300 goles en partido oficial algo más tendrá. O si no, que le pregunten al Shakhtar.
Gago. Lo veíamos en Boca, semana tras semana, y parecía Guardiola con la envoltura de Redondo; un fenómeno comparable a la Estrella de África, el diamante más grande del mundo, engarzado en la Corona Imperial que dominaba el orbe. Luego llegó al Madrid, y el peso del mito, tan inhumano como el de la gran tiara de la Reina Victoria, se llevó el brillo; ya sólo veíamos el porte enclenque de Pep y la melena de Fernando. Es ahora tras un año cuando, uqizá ya adaptado, conociendo mejor a sus compañeros, y con esa confianza que es tan necesaria, el chaval de REF comienza a vencer la timidez y pedir en el Madrid esos galones que muchos ya veían fuera de su alcance. Aún le falta profundidad, algo de rapidez y afirmarse en un escenario mayúsculo ?aunque algo de eso hubo en Mestalla- pero en los últimos partidos Gago parece ir espantando, poco a poco, el fantasma de la bisoñez, y su crecimiento lento coincide, quizá sin ser coincidencia, con el del equipo. Se vio anoche en Karaiskakis.
Sektioui. Una vida entera en equipos de segunda fila esperando los warholianos quince minutos de gloria, que le llegaron ayer. Como su homónimo medieval cuando salió de Marruecos para vislumbrar el peñón que hoy lleva su nombre, Tarik Sektioui oteó el marco rival desde la lejanía del centro del campo, decidió que su momento había llegado, y procedió a eliminar contrarios a golpe de riñón y regate, con la precisión de un cirujano y la potencia de un rinoceronte. La cara del guardameta Mandanda al recibirle reflejaba el horror de quien se ve obligado a enfrentarse a un iluminado, y quizá fuera el estupor lo que dio con sus huesos en tierra. Puerta vacía, y a dar la vuelta al mundo. Por fin.
Koeman. Cuando era futbolista, sacaba con frecuencia a pasear el bazooka de su pierna derecha para reducir a fosfatina las redes contrarias. Visto lo visto en Mestalla, una terapia de choque parecida va a necesitar Tintín para reconducir a un equipo al que las convulsiones exteriores han privado de confianza y consistencia: los dos pilares, por cierto, sobre los que se construyó el gran Valencia de los últimos años. Ronald necesita un conocimiento más profundo de su plantilla del que le hayan podido darlos videos revisados estos días, para a continuación reconducir a una plantilla que han reproducido las camarillas que brotan por doquier en el club. Conociendo al personaje, podemos asegurar que firmeza no le va a faltar.
Diego. Tiene guantes en las piernas, el campo en la cabeza y un punto de mira para teledirigir, según convenga, sus pases de tiralíneas, sus parábolas de mortero y sus cañonazos. Nadie duda de que es una de los pocos rubíes que faltan en los anillos de los grandes del continente, y es allí donde muchos le ven a corto plazo. Precisamente por eso, por encontrarse en la lanzadera hacia la gloria, debería cuidar Diego detalles como el de anoche. Porque una expulsión sin sentido, a un minuto del final, cuando te vas a perder un partido contra el Madrid ?uno de los mejores escaparates de Europa, e incluso presunto pretendiente- tu club se la está jugando y además se ha quedado sin su otro jugador franquicia, es precisamente el tipo de detalles que puede determinar una carrera. Hay que pensar un poco más del rectángulo verde.
Benayoun. Hay una clase de futbolistas que flotan en el campo; son como mariposas sobrevolando una siderurgia, entre cuerpos sudorosos que obsesionados por yunques y aceros no reparan en ellas. No se las ve, no se las percibe, y ellas, pacífica y tranquilamente disfrutan golosamente de su melancólico planeo. Hasta que ven la luz. Algo cambia entonces, la paz se convierte en locura, y el antaño contemplativo se transmuta en depredador insaciable. Así bulló anoche la sangre de Benayoun, que transformado en avispa asesina descendió una y otra vez sobre el área del Besiktas para liderar la mayor paliza de la historia de la Champions y devolver al Liverpool la autoconfianza que necesita para una empresa ahora mismo hercúlea: la clasficación para octavos.
Habría que acabar hablando de Binya y su entrada a Brown, pero la verdad, mejor olvidarlo cuanto antes. Que no lo olviden los Comités, eso sí.
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