Por Ramón Flores el 28-May-2011 |
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?mucho antes de que el impersonal mamotreto de Norman Foster ocupase el solar del único campo que podría disputarle con razón a San Mamés el título de catedral. Sí, de acuerdo, es moderno y enorme, cinco o seis estrellas de la UEFA, qué mas da. Se sigue reservando para los grandes momentos, y sólo para ellos, ningún club puede reclamarlo como propio. Y el arco impacta por tamaño, y se distingue en lontananza desde muy, muy lejos, como una puerta de entrada a un impoluto siglo XXI de metales y tecnología. Pero la gran experiencia, la de bajarte del metro y contemplar el viejo coloso y las torres gemelas que no por casualidad recordaban un templo, se fue para siempre. Al menos, queda el pasillo que allí lleva, el White Horse Bridge, ye eso hablaremos hoy. Del caballo.
Fue en 1923, cuando el viejo Wembley, recién inaugurado, respondía aún flamante al nombre del Estadio del Imperio Británico, y era el campo más grande del mundo. No había ni Mundiales, y aunque la Copa inglesa se dirigía ya a su edición número 48, nadie en las altas esferas pensaba que pudieran llenarse las más de cien mil localidades del nuevo coliseo; máxime si los oponentes eran el Bolton ?que está muy lejos de Londres- y un West Ham que penaba en Segunda, exactamente como lo hará la próxima temporada. De hecho, por la mente de las autoridades vagaba una sombra de gradas vacías, el fantasma de un estadio desierto, lóbrego e impersonal, vacío como el estómago de una vaca en la Antártida. Como dice Galeano, nada hay más triste que las gradas sin nadie. Ni más vergonzoso, con el Rey en el palco.
No podía ser, así que se decidió no pedir entrada, abrir las puertas del campo ?nunca mejor dicho- y que viniese quien quisiera. Ahora ya todos sabemos de las consecuencias que produce minusvalorar el poder del fútbol como fenómeno de masas, pero es dudoso que pudieran calibrarlo aquellos optimistas políticos de entreguerras. Como no podía ser de otra manera, la gente acudió a Wembley, y no fueron uno ni dos, ni cien ni mil. Si acudió en turbión la hinchada trotter, qué podía esperarse de los hammers, que sólo tenían que cruzar la ciudad de este a norte. En medio del ambiente festivo, ríos de multitudes se acercaban al recinto, que dos horas antes del comienzo del match presentaba ya unas gradas repletas. Se dio orden a la policía de que cerrase las puertas, pero la los aficionados las reventaron con total tranquilidad, apartaron al bobby más cercano y siguieron entrando. A la hora del partido, la estimación es que había 250.000 personas allí dentro, que ocupaban gradas, pasillos, corredores, baños y techos; de hecho, el césped tenía tanta gente encima que hubiera podido cambiar su color a amarillo limón sin que nadie se hubiera enterado. No es que no se pudiese empezar a jugar, es que allí podía pasar cualquier cosa. Hasta que llegaron George y Billie.
Sentado tranquilamente en el salón de su casa, George Scorey seguramente pensaba en un tranquilo fin de semana cuando recibió la llamada. No estaba de servicio ese día, pero las cosas en Wembley se estaban poniendo feas, y la Policía Metropolitana necesitaba todo el personal disponible. Así que George se puso el uniforme, embridó a Billie y marchó hacia el estadio. De algún modo, y no fue esta su menor hazaña del día, consiguió abrirse paso por el mar de cabezas del exterior y penetró en el estadio. Una vez dentro, se las arregló para poder colocarse en el mismo círculo central; sin duda le ayudó el color de su compinche, un gris claro que en medio de la multitud, parecía tan blanco como Sombragrís.
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Es en este momento cuando la historia y la leyenda se confunden, quizá porque lo real tiende a lo legendario para darse importancia, o porque este mito goza de la plausibilidad y la verosimilitud de las grandes historias. Sea como fuere, parece ser que Billie empezó a trotar en círculos concéntricos cada vez más grandes, mientras su jinete gritaba a los que le rodeaban para que entrelazasen sus manos y fueran retrocediendo. Lentamente, inexorable pero dócil, mansa como la marea que se retira de la orilla, la multitud se fue retirando, hasta que acabó situándose justo detrás de las líneas de cal. Y el partido, aunque constantemente interrumpido por la gente que entraba al campo como las gotas de sopa se desparraman al borde de una escudilla, se acabó jugando. Un milagro como cualquier otro, que dejó como herencias un título para el Bolton, la fama eterna de un policía y su caballo, y, entre otros millones de ellas, las entradas impresas que esta noche facilitarán el acceso, en el mismo lugar, a otro estadio.
Sólo con que la final de hoy produzca una historia como ésta, habrá merecido la pena.
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