Por Mónica el 08-Aug-2007 | Hay enchufes y cables, están por todas partes. Tantos que podría llegar a entender a esa gente que tiene una manía casi compulsiva a esconderlos, que no soporta verlos en medio de sus habitaciones, por el suelo de sus casas. Los he desconectado todos, por unos días, semanas. Desconectar. Mar. Terraza. Modem usb prometido para navegar por el Mediterráneo y a la vez por mi nuevo portátil. No me lo mandaron. Ni me lo mandarán. El OCU se ocupará de ellos, pensé al empezar el periplo de reclamaciones, con la ceja izquierda levantada y la mirada imperturbable. Y si es necesario demanda... Eso me hizo sentirme como Don Quijote con cien o doscientos Sanchos guardándome las espaldas. Aunque no sirva de nada. Pero yo protesto. Estoy harta. Los Call Centers en España no son lo que eran. He lidiado en muchos antes de tirar el micrófono a lo Madonna y dejar de currar en ellos y lo digo sintiendo absoluta vergüenza ajena e indignación. Con la vergüenza de soportar lo que hay que soportar cuando llamas a cualquiera de ellos, a las benditas compañías telefónicas, de internet? He sido de las que ha dejado a clientes con sus respuestas contestadas, con sus dudas resueltas y con la conciencia sucia si no era así y tres mil notas para solucionarlo y llamar si era necesario a las tres de la mañana para quitarle el marrón al cliente. Ahora son una bazofia. Una paranoia mezcla de subcontrata temporal, formaciones nulas y sueldos basura. Un absurdo. Un compendio de conversaciones surrealistas con gente que no tiene ni idea de dónde dar simplemente al mute para que no les oigas de fondo mientras preguntan qué coño quiere esta tía?
Y así en una de esas llamadas llegó el temido OFF, me desconectaron. Ahora unas semanas después, me dado cuenta que me han hecho un favor. A veces uno necesita tirar los cables y las conexiones a la basura como los Call Centres de este país.
Dos años ya ¿saben? Dos años lleva esta casa abriendo y cerrando puertas y ventanas. No culparé sólo al Modem Usb no recibido. Deberán perdonar las ausencias, las visitas debidas, las llamadas no hechas, porque para los que no lo hayan notado todavía siempre fui una mal quedada. Pero es que a veces hay que echar de menos las cosas para volver a ellas con más ganas y este agosto con su permiso desconecto. Desconecto con ese Mediterráneo que me lleva de calle como si fuera mi primer amante y con la dolorosa y maravillosa prosa de Nabokov:
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
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