Por CAMINO MISIONERO el 31-Dec-1969 | 
Por Leonardo Biolatto
Los relatos de resurrección joánicos abarcan los capítulos 20 y 21 del Evangelio. Dentro de estos relatos, cuatro corresponden a visiones del Resucitado. La primera escena es la del descubrimiento que hace María Magdalena del sepulcro vacío y la comunicación a Pedro y al otro discípulo (cf. Jn. 20, 1-2); la segunda es el descubrimiento que hacen Simón Pedro y el discípulo amado de la tumba vacía (cf. Jn. 20, 3-10); la tercera escena de resurrección y primera visión es el encuentro en el jardín de la Magdalena y Jesús (cf. Jn. 20, 11-18); la cuarta escena y segunda visión es la que tienen los discípulos sin Tomás (cf. Jn. 20, 19-25); la tercera visión ya cuenta con la presencia de Tomás (cf. Jn. 20, 26-29); y, finalmente, el largo episodio del capítulo 21, que leemos hoy, es la cuarta visión del Resucitado. De una u otra manera, más allá de la cristología de las cuatro visiones, tenemos profundas miradas eclesiológicas en estos textos. Se nos dice una palabra sobre el Cristo, pero también una palabra sobre la Iglesia. Se nos habla de la vida nueva del Hombre Nuevo, pero también de la vida nueva de la Comunidad Nueva. Íntimamente ligadas, la resurrección de un hombre es la re-fundación del Pueblo de Dios. En este sentido se puede entender por qué el relato de Pentecostés, que Lucas sitúa en los Hechos de los Apóstoles, cincuenta días después de la Pascua (cf. Hch. 2, 1), Juan lo posiciona el mismísimo domingo de resurrección (cf. Jn. 20, 22). Lucas, pedagógica y catequéticamente, separa la resurrección de la ascensión y de Pentecostés. Juan, teológicamente, reconoce que la Pascua es el paso a la nueva calidad de existencia, que comunitariamente se expresa en la Iglesia.
En esta línea interpretativa, la figura de la Magdalena es figura eclesial. Llorosa y acongojada porque ha perdido a su Señor, recibe el anuncio pascual, aunque no logra comprenderlo del todo (cf. Jn. 20, 11-15). Será cuando Jesús la llame por su nombre que reaccionará y se volverá evangelizadora, transmisora de la Buena Noticia (cf. Jn. 20, 16-18). Su mensaje es simple: ?He visto al Señor?. Luego, la comunidad eclesial reunida vive el Pentecostés joánico, recibe el Espíritu Santo y se vuelve evangelizadora, enviada como el Hijo es enviado del Padre y con el poder de perdonar los pecados (cf. Jn. 20, 19-23). A Tomás, el ausente, se le comunica la Buena Noticia simplemente, como lo hizo la Magdalena: ?Hemos visto al Señor?. Ocho días después (cf. Jn. 20, 26), siguiendo el rito dominical, ritmo de reunión eclesial, se les vuelve a aparecer Jesús. Tomás no había creído porque estaba separado de la comunidad, y por eso no pudo experimentar al Resucitado. Ahora, entre los hermanos y en el día de celebración, puede hacer la experiencia íntima de la Pascua, y puede confesar el sublime credo de un Jesús que es Señor y Dios (cf. Jn. 20, 28). Como vemos, el mensaje eclesiológico es vital. La Iglesia es la comunidad que se reúne regularmente para celebrar la Pascua, y que en esas reuniones puede experimentar la presencia real del Resucitado. Tiene una Buena Noticia que no comprendió en un principio, pero al reconocerla, la asumió como misión. La Iglesia es llamada por su nombre para evangelizar, para comunicar que ha tenido un encuentro profundo con Jesús en su vida nueva, y que esa vida nueva afecta al ser humano al punto de constituir nuevos lazos que forman una comunidad nueva. Esta comunidad es capaz de creer lo imposible y de vivir el sueño sacramental de un Dios que está presente siempre, cercano y accesible.
El capítulo 21 del Evangelio según Juan, si bien responde a una pluma distinta de la que redactó el resto de la obra, no pierde el hilo conductor del capítulo 20. Hoy leemos la primera parte del capítulo, pero de su totalidad se puede decir que es eclesiológico. La intención parece estar en dar respuesta a una crisis que ocurre en el momento de redacción de este apéndice. No podemos saber con precisión qué tipo de crisis ocurría en la comunidad autora, pero los énfasis puestos en la universalidad de la misión, el hecho eucarístico y la vocación de Pedro (también la del discípulo amado), orientan a una situación de institucionalización, una transición entre la organización eclesial más carismática (estereotipando) y la jerárquica (estereotipando nuevamente):
Universalidad. El capítulo 21 empieza a orillas del Mar de Tiberíades, que es el mismo Mar de Galilea. Esta última denominación es la judía; el nombre Tiberíades era la designación pagana del lago. El contexto, por lo tanto, parece referir a los gentiles. Los discípulos presentes en este caso son siete, enumerados en el versículo 2. El siete es el número de los pueblos de la tierra, así como su múltiplo, setenta, pues setenta son las naciones que re-pueblan el mundo tras el diluvio (cf. Gn. 10). Marcos y Mateo hacen memoria de este simbolismo numérico cuando, en la segunda multiplicación, los panes iniciales son siete (cf. Mc. 8, 5 y Mt. 15, 34), signo de que el pan también es para los gentiles. Lucas no narra dos multiplicaciones de los panes, pero sí dos envíos misioneros; el segundo es, justamente, para setenta y dos discípulos (cf. Lc. 10, 1), porque la misión es tarea de todos y para todos. Los siete discípulos pescadores que encontramos hoy son, por lo tanto, los pescadores de la humanidad, destinados a todo el mundo. Cuando hacen caso de la voluntad del Resucitado, arrojan las redes y pescan abundantemente. En este caso, 153 peces. Según algunos comentaristas, 153 es el número de especies marítimas conocidas en el mundo antiguo. Esta pesca escatológica y misionera es universal, está destinada a todos.
Eucaristía. La similitud con que comienza esta escena comparada con el inicio del capítulo 6 del Evangelio según Juan ya es un indicio: ?Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades? (Jn. 6, 1). Aquella vez, nos recuerda el autor que estaba cerca la Pascua judía (cf. Jn. 6, 4); aquí, la Pascua de Jesús es el trasfondo. Lo interesante es que esta aparición es definida como manifestación. El Resucitado se manifiesta, se hace visible, se hace presente, se auto-revela. Paralelamente, la multiplicación de los panes del capítulo 6 es una manifestación de Jesús, un signo de su presencia real, que la gente al verlo identifica como el signo del profeta que había de venir (cf. Jn. 6, 14). Los panes y los peces, su ausencia o presencia disminuida, y su multiplicación, son los parámetros de la situación cambiante en ambos casos. Jesús es el sujeto dador. Toma los panes, toma los peces, y los da. El gesto eucarístico es un gesto de gracia que, saliendo libremente de Dios, alimenta al que no teniendo nada, confió en Él. Primero, es el Jesús pre-pascual quien preside una comida a campo abierto, en libertad, sin restricciones. Luego, es el Resucitado quien preside un banquete entre los discípulos. Sigue siendo la misma fuente del amor. La Pascua no provoca una interrupción ni un corte; al contrario, se profundiza y radicaliza la presencia jesuánica, que ya no manifiesta aspectos de su identidad en el hecho eucarístico, sino su propia persona. La gracia de Dios es el Hijo dado (cf. Jn. 3, 16a) y el Hijo que se da a sí mismo (cf. Jn. 10, 11.17-18).
Vocación de Pedro. La liturgia del día da la opción de leer hasta el versículo 14 o extenderse hasta el versículo 19. En esta parte se contienen las tres preguntas del Resucitado a Pedro sobre el amor que le tiene. Las tres preguntas vienen a contrarrestar las tres negaciones del discípulo (cf. Jn. 18, 17.25-27). La vocación de Pedro, al asegurar solemnemente que ama a Jesús, es la de pastor. Pero este pastoreo no puede realizarse de cualquier manera. En primera instancia, ser pastor no es ser superior, sino discípulo como los otros, por eso Pedro recibe nuevamente la invitación al discipulado: sígueme. De la misma manera, Felipe había sido llamado al inicio del libro (cf. Jn. 1, 43). En segunda instancia, para ser pastor hay que amar como ama el modelo ideal, el Buen Pastor, que es capaz de dar la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15). Por eso Pedro debe superar su negación de la pasión con el amor que es capaz de hacerse pasión y martirio. El verdadero pastoreo no se realiza desde arriba y en la comodidad, sino siguiendo al Maestro por el camino de la tierra y dándose por entero a cada instante.
La reflexión eclesiológica joánica nos obliga a hacer la hermenéutica de una Palabra de Dios que sigue resucitando a la Iglesia en medio de sus crisis. Una Palabra que nos interpela sobre nuestra universalidad. ¿Cuántos peces pueden caber en nuestras redes? ¿Dónde está el espacio debido a los pueblos de la tierra? ¿Puede expresarse la gentilidad en el cristianismo? ¿O sólo es válido el cristianismo del pueblo homogéneo occidental? También la Palabra es recuerdo eucarístico. ¿Cómo celebramos hoy un banquete del Resucitado entre tantos muertos? ¿Qué significa la multiplicación en un mundo donde disminuye el acceso a la comida? ¿Qué sucede cuando pedimos algo a cambio por la participación en la celebración de la gratuidad de Dios? ¿Se experimenta la gracia en nuestras celebraciones? Finalmente, la Palabra pone los límites al ministerio jerárquico. ¿Están dispuestos al martirio los pastores, líderes o coordinadores? ¿Se ven como parte del Pueblo de Dios que camina o por encima del resto? ¿Su ministerio es carisma para el amor, o una estrategia organizativa?
La Iglesia nunca puede dejar de cuestionar su misión, su celebración y su organización. Y el parámetro del cuestionamiento es la Pascua del Resucitado. Desde esa experiencia es posible rever la evangelización, sopesar los métodos, definir el anuncio, hacer hincapié en esto o aquello. Es posible rever la liturgia, las maneras, las participaciones, la mayor o menor inculturación. Es posible estructurarse mejor, discernir los ministerios, formar y formarse en perspectiva. La Iglesia del Resucitado, eso sí, es universal, bien abierta, bien amplia, siempre dispuesta a recibir, siempre dispuesta a salir a pescar, siempre atenta al sitio que señala el Señor como prioridad; es eucarística, con una mesa donde pueden comer los hambrientos, donde Cristo preside dando y dándose, en un banquete de gracia, sin exigir pago de tarjetas ni participaciones; es de pastores que aman hasta la muerte, que no aplastan, que no tienen cátedras por encima del resto. La Iglesia del Resucitado vive de la vida de Dios, y no puede existir como si la Pascua no hubiese sucedido. La Pascua ha sacudido de tal manera los cimientos, que indiferencia no es una actitud eclesial.
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