Uno a veces quisiera hablar cosas bonitas del régimen arenero, referirse a grandes proyectos, a hospitales modernos y bien equipados, con tecnología de punta para que los médicos ?se hicieran los bigotes?, así como ocurre en Venezuela, donde cada semana se inauguran policlínicos, hospitales y altos centros de nutrición. Pero, lamentablemente, no es el caso de El Salvador.
El presidente Saca lleva cuatro años aferrado a lo que parece ser la esencia misma de su concepción de gobernante: publicitar y hacer demagogia de obras insignificantes, como eso de inaugurar el año escolar, los juegos estudiantiles o un fraguado de calle en Santa María Ostuma. Los grandes proyectos, los que ?llegan? al corazón de la gente, no parecen caber en su agenda.
Y digamos que la fórmula siempre ha sido sencilla: puesto que fue ?elegido? por una mayoría de votos, entonces debería de gobernar para todos los salvadoreños. Al fin y al cabo el arte de la política es conciliar los intereses más dispares, conciliar las ambiciones. Cuando la fórmula se acerca un poquito a la realidad, comienzan las dificultades: porque en ?todos? esos compatriotas hay algunos miles que lo tienen todo y no pocos millones que viven en el estupor de una pobreza hace ya largo tiempo ?en vías de desarrollo?.
El mismo candidato a la presidencia de Arena, ha declarado públicamente que el modelo neoliberal seguido por todos los gobiernos de su partido, no sirve y debe cambiarse de rumbo, también ha dicho que es necesario ?trabajar para construir un país más justo?. La demagogia tiene cara de tile. Otras voces incluso de intelectuales y profesionales cercanos al régimen se dejan oír cada vez con más frecuencia que, sin decirlo expresamente, parecen insinuarle al mandatario que abandone su política, que escuche a su pueblo y que ojalá que esa docilidad y sumisión mostrada ante el imperio norteamericano fue su doctrina en su propio país.
El país y el mundo viven una realidad distinta, en unos guerras intestinas, conflictos internacionales y en otros pobreza extrema, marginación de las mayorías, racismo y autoritarismo, como nunca antes. El Salvador no escapa a esas dinámicas, por lo tanto se requiere de buenos gobernantes, de verdaderos estadistas para tomar decisiones más realistas, que se inserten con más precisión en tal realidad. Algunos ejemplos:
Los hospitales públicos y el Seguro Social no tienen medicinas, hay una pésima consulta externa y cuando hay periodos vacacionales muchas de las unidades y clínicas de salud cierran hasta por diez días. Desde luego, se establecen turnos en algunas, pero esa no debe ser la fórmula ni la medida para instituciones establecidas para velar por la salud de los cotizantes.
No hay cereales suficientes para abastecer las necesidades del pueblo salvadoreño, el maíz, el frijol, el arroz y todas las verduras tienen que importarse, cuando siempre fuimos generosos en el cultivo y la cosecha de tales rubros. Ocurre que ahora no es así porque desde hace más de 19 años, precisamente con los gobiernos de Arena (si estoy equivocado acepto las críticas y las sugerencias de mis amables lectores), se abandonó la agricultura, las tierras aptas para el cultivo se han lotificado y otras se ha utilizado para distintas funciones, menos para dedicarlas al cultivo de granos básicos, árboles frutales y hortalizas.
Los pocos agricultores en zonas perfectamente ubicadas como Usulután, Chalatenango y Zapotitán, no cuentan con tecnología ni maquinaria para trabajar la tierra, a estas alturas muchos campesinos continúan con la yunta de bajo rendimiento. Además los insumos son demasiado caros, los costos son elevados y la producción muy baja.
La sociedad se disgrega y las familias se dividen y se separan, no por gusto sino por necesidad. El padre o la madre, o ambos, se van hacia los Estados Unidos, en vista de que su propio país no les ofrece ninguna oportunidad, en este punto no urge ningún retorcimiento dialéctico para entender que no importa la disolución familiar, interesa únicamente la remesa, los dolaritos que ya suman más de 4 mil millones al año.
Así que, al menos que se olvide el valor de las palabras, el presidente Saca no gobierna para todos, nada más quedan incluidos los grupos de presión, los que llevan casi dos siglos de disfrutar del gobierno que lo han hecho ?para ellos?. Vean y lean la historia, cuando no han sido directamente los administradores de ?la hacienda salvadoreña?, han puesto a sus capataces. Es la simbología del poder y el dominio social y político.
En el país, nos faltan demasiadas cosas: un cultura política y un conocimiento exacto del lenguaje, del sentido de las palabras, de distinguir de que lado está la demagogia y la promesa fácil, y dónde se encuentran las soluciones y el verdadero rumbo de la patria. Nos falta que esas pequeñas protestas, esas discrepancias de la sociedad civil organizada, se traduzcan en actos de justicia social, para esas mayorías que cada vez tragan con menos resignación las ?pastillitas de esperanza? que con tanta frecuencia les receta, sin decir dónde queda la farmacia, la retórica y demagogia oficial.